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Arte y aventura

La Vespa pintada por Dalí, la más cara del mundo con la que dos jóvenes dieron la vuelta al mundo en 79 días

El 1962, Antonio Veciana y Santiago Guillén tenían veinte años cuando subieron a la Vespa Dulcinea y dieron la vuelta al mundo en setenta y nueve días. Atravesaron doce países e hicieron veinte mil kilómetros. Una de las curiosidades es que Dalí los animó decorando la carrocería de la moto con su nombre y el de Gala

Los jóvenes aventureros Antonio Veciana y Santiago Guillén en lo alto de la Vespa pintada por Dalí durante su viaje por el mundo.

Los jóvenes aventureros Antonio Veciana y Santiago Guillén en lo alto de la Vespa pintada por Dalí durante su viaje por el mundo. / Archivo Antonio Veciana

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Cristina Vilà Bartis

Albacete/Cadaqués
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Antonio Veciana (Villanueva de la Jara, 1942) y Santiago Guillén (Airora, 1941-1972) se conocieron en Albacete. Eran jóvenes inquietos, entusiastas de los viajes. Los habían hecho por Europa en grupos de estudiantes, ya fuera en autoestop o en tren, y por España en moto. El día antes de que Guillén se marchara a Madrid para continuar sus estudios fueron a ver la película 'La vuelta al mundo en ochenta días' de Michael Anderson, basada en la novela de Jules Verne. Al salir del cine se plantearon un reto que les cambiaría la vida: emular a Phileas Fogg y dar también la vuelta al mundo, pero en un día menos. Y no solo lo consiguieron, en el año 1962, sino que recorrieron los casi 20.000 kilómetros a lomos de una Vespa fabricada en España que bautizaron como Dulcinea y que Salvador Dalí les decoró. Hoy en día es la Vespa más cotizada del mundo y se exhibe en el Museo Piaggio, en la Toscana, recordando aquella gesta.

Cuando Antonio Veciana rememora aquella aventura todavía hoy, sesenta y cinco años después de vivirla, se emociona. Sobre todo recordando a su amigo, que desgraciadamente murió diez años después: "Para mí fue un trauma impresionante pensar que me había quedado solo de alguna manera. El viaje nos unió y nos hizo pensar muchas cosas en conjunto que quedaron en proyecto. Habíamos pensado un proyecto de vida y se me rompieron los esquemas. Tardé en recomponerme". De hecho, Veciana y Guillén eran un tándem muy compenetrado. Ambos compartían, desde los 16 años, una misma pasión. "En aquel viaje tan bonito perfilamos una manera de ser", admite.

Los jóvenes aventureros Antonio Veciana y Santiago Guillén con Salvador Dalí y la vespa pintada en Portlligat.

Los jóvenes aventureros Antonio Veciana y Santiago Guillén con Salvador Dalí y la vespa pintada en Portlligat. / Archivo Antonio Veciana

Dar la vuelta al mundo no fue cuestión de pocos días sino un proyecto que alimentaron poco a poco. Antonio Veciana, desde Albacete, y Santiago Guillén, desde Madrid, fueron estableciendo una red y "vinculándose con amigos" que los "podían ilustrar". Veciana recuerda que la España de finales de los años 50 no era la actual: "No estábamos en la Comunidad Económica Europea, el papa era Juan XXIII, Juan Carlos era príncipe, se iniciaba el Plan de Desarrollo y no había teléfono en la mayoría de los lugares. Incluso tardamos entre cinco y seis meses en encontrar los mapas de viaje de la zona de Irán, Afganistán y Pakistán". La razón es que estos países no tenían embajada en el país. Antonio Veciana reconoce que la complicación no residía en dar la vuelta al mundo sino en "hacerla en un día menos" de como la imaginó Verne. Lo de los setenta y nueve días no era azaroso sino que surgió cuando buscaban fechas señaladas y se dieron cuenta de que encajaba si salían el 25 de julio, día de Santiago Apóstol o san Jaime, patrón de España, y llegaban el 12 de octubre, fiesta del Pilar y patrona de la Hispanidad.

Con la vespa en la inclinada torre de Pisa

Con la vespa en la inclinada torre de Pisa / Archivo Antonio Veciana

La ruta, que se extendía 20.000 kilómetros, pasaba por doce países: Francia, Italia, Grecia, Turquía, Irán, Afganistán, Pakistán, India, Malasia, Hong Kong, Japón, Hawái, Estados Unidos, Inglaterra y, de nuevo, Francia y España. "Nosotros estábamos convencidos de que podíamos hacerlo, al menos teníamos la ilusión y el coraje suficiente, pero el problema era el tiempo porque nadie lo había hecho antes en las circunstancias en las que nosotros queríamos hacerlo", explica Veciana aclarando que dentro de la ruta necesitaban coger un avión y gestionarlo. "A los veinte años no teníamos ni el dinero ni la posibilidad de sangrar a la familia para financiar una historia así". Para hacerlo realidad fue necesario dedicar dos años y medio de gestiones, tiempo durante el cual muchos amigos y simpatizantes se sumaron al proyecto ayudándolos a resolver problemas que iban planteándose.

El vehículo con menos riesgos

Elegir la Vespa para dar la vuelta al mundo tampoco fue casual. Santiago Guillén ya tenía una, explica Veciana que, "aunque era italiana, ya se fabricaba en el país". El modelo de los años 1959-60, que utilizaron, de 150 cc, "era muy interesante y muy asequible porque no llevaba radios, las ruedas eran pequeñas y tenía una mecánica muy sencilla y elemental que conocíamos perfectamente". Era también el vehículo que menos riesgos les suponía y, además, la marca estaba presente en todo el mundo, algo fantástico si durante el viaje les hacían falta recambios. Aunque Vespa aceptó ayudarlos, no quiso "asumir el riesgo de fracasar en el proyecto". También los apoyó, pero sin asumirlo, la organización juvenil española, la antigua Frente de Juventudes (FJ), con la que habían hecho otros viajes. Fueron, pues, "un montón de gente y de amigos los que nos ayudaron".

A lo largo del viaje sufrieron 18 accidentes y superaron varios contratiempos

A lo largo del viaje sufrieron 18 accidentes y superaron varios contratiempos / Archivo Antonio Veciana

La idea era salir en el año 1961, pero fue necesario aplazarlo un año, ya que les falló el medio para atravesar el Atlántico y el Pacífico. Habían pensado hacerlo con aviones de transporte de las fuerzas aéreas americanas. Ya había precedentes con otros atletas, pero pese a la buena voluntad, la crisis de los misiles hizo que suspendieran los vuelos de personal civil en aviones militares. Esto los abocó a las compañías comerciales, pero "ya no teníamos tiempo". Al final firmaron un contrato con la compañía British Overseas Airways Corporation (BOAC) que, a cambio de apoyo, les pidió que en el libro y las entrevistas que harían los citaran.

Salvador Dalí y Gala les abrieron las puertas de la casa de Portlligat donde el artista les pintó la moto desinteresadamente

Salvador Dalí y Gala les abrieron las puertas de la casa de Portlligat donde el artista les pintó la moto desinteresadamente / Archivo Antonio Veciana

Salvador Dalí fue uno de los colaboradores del proyecto, aunque de forma totalmente improvisada. Después de que los jóvenes consiguieran un pasaporte blanco o diplomático para evitar obstáculos en fronteras internacionales, y que el alcalde de Madrid les hiciera una carta con un mensaje de buena voluntad con motivo del cuarto centenario de Madrid como capital de España, "buscábamos a un artista que fuera capaz de darle prestigio, de ilusionar y dar imagen", comenta Veciana. De entrada pensaron en Picasso, pero lo descartaron porque "estaba en Francia y no tenía buenas relaciones con el país". Mientras que Dalí estaba en Cadaqués. Así que no dudaron ni un minuto y, desde la cabina de teléfono del colegio mayor, llamaron a la centralita de Cadaqués "porque no había teléfono directo". Era el año 1961 y el mismo Salvador Dalí les respondió. Después de explicarle el proyecto, el pintor los invitó a ir a Portlligat el fin de semana con la moto para poder pintarla. "Llegamos, nos atendió fenomenalmente bien, desayunamos juntos y les dimos todas las explicaciones tanto a Dalí como a Gala", rememora. El artista "se ilusionó" y, después de que los jóvenes y gente del puerto le dejaran la moto en el hall de la casa, pintó en ambos lados del vehículo su firma y la de Gala, con una corona, así como una cruz y una espada, "mirando a los ojos de un oso blanco". Mientras se secaba, los jóvenes pasaron el fin de semana allí y al volver los visitaron de nuevo llevándoles todo tipo de obsequios: "Dalí fue delicioso y Gala encantadora".

Con todo a punto, iniciaron el viaje el 25 de julio de 1962. "El mundo era muy diferente al de ahora: no había teléfono móvil y no teníamos posibilidad de comunicarnos si no era por carta que, por cierto, las de Calcuta llegaron más tarde que nosotros", explica Veciana, quien todavía recuerda cómo en Afganistán "nos veían como bichos raros, dos tipos en una moto atravesando el desierto". Allí se les rompió el cárter y "estuvimos cuatro horas en la carretera esperando a que pasara algún vehículo; sabíamos que era una avería que no podíamos resolver porque había que soldar". A pesar del imprevisto, no desfallecieron y subieron, ellos y la moto, a un autobús hacia Kabul donde, en un taller de reparaciones de una empresa americana que construía una parte de la carretera que uniría Kabul y Farah, les hicieron un arreglo provisional que les permitió llegar hasta el final.

Ir con una sola moto era intencionado. Antonio Veciana argumenta que "era más simple y eliminaba la mitad de los riesgos y costes, también la mitad de peso". Mirando atrás, admite que "convivir dos personas durante tres meses en uno o dos metros cuadrados no es fácil, pero nosotros éramos amigos íntimos". Así, cuando se producía algún desacuerdo "lo solucionábamos con un abrazo". A lo largo de aquellos veinte mil kilómetros, la pareja sufrió hasta dieciocho accidentes "sin importancia, es decir, no nos rompimos ningún hueso, pero nos caímos bastantes veces". Antonio Veciana no olvida las profundas balsas de hasta medio metro de altura que encontraron en las carreteras de Afganistán y Pakistán. "Subíamos la moto a una carreta, atravesábamos la balsa y la bajábamos. También había puentes que no aguantaban nuestro peso".

Cuando llegaron a Estados Unidos llevaban nueve días de retraso, lo que les obligó a hacer jornadas de hasta 17 horas encima de la moto

Cuando llegaron a Estados Unidos llevaban nueve días de retraso, lo que les obligó a hacer jornadas de hasta 17 horas encima de la moto / Archivo Antonio Veciana

Cuando llegaron a Estados Unidos, la pareja de viajeros llevaba nueve días de retraso sobre el plan previsto. Esto los llevó a hacer alguna jornada maratoniana para recuperar, recorriendo 1.150 kilómetros en diecisiete horas. "Todo esto lo teníamos previsto porque nos informamos de la ruta, del recorrido y de lo que podríamos encontrar hasta el aburrimiento. Lo que nos forzaba eran los setenta y nueve días y no era modificable. Teníamos la obligación de estar en Calcuta tal día para coger el avión o llegar a Nueva York en tal fecha porque no había muchas más posibilidades de resolver ciertos problemas".

Dormir con la moto en marcha

En aquellas jornadas tan largas, para ganar tiempo, cuando uno de los jóvenes llevaba la moto, el otro aprovechaba para dormir cuatro o cinco horas. En este punto, Veciana recuerda la llegada a Madrid: "Salimos de París de noche y llegamos a Madrid en treinta horas. Lo hicimos lloviendo. Yo llevé la moto hasta Irún donde nos encontramos con la familia y de Irún a Madrid la condujo Santiago. Subí detrás y me desperté poco antes de entrar en Madrid, dormí como un señor", ríe.

La moto pintada por Dalí la vendieron a Vespa por 100.000 pesetas y con ese dinero crearon una fundación para dar un premio a jóvenes aventureros.

La moto pintada por Dalí la vendieron a Vespa por 100.000 pesetas y con ese dinero crearon una fundación para dar un premio a jóvenes aventureros. / Archivo Antonio Veciana

Antonio Veciana y Santiago Guillén vivieron un montón de aprendizajes y de emociones vinculados a aquel viaje, entre ellos que el papa Juan XXIII los recibiera para darles la bendición. Sorprendentemente, quien lo hizo posible fue un compañero de seminario del capellán que tenían en el Colegio Mayor, Eduardo Martínez Somalo, quien sería medio siglo después camarlengo del Vaticano entre 1993 y 2007 y sustituto del papa Juan Pablo II hasta la elección de Benedicto XVI.

Además, la aventura les hizo entender que "esto solo se puede hacer cuando dos personas han forjado una gran amistad". Veciana reconoce que uno de los secretos era "tener la ilusión suficiente y contagiar a los demás, hacer de nuestro proyecto un proyecto de todos". También "tener fe y ponerla en Dios, en uno mismo y en los demás. Necesitábamos esta concepción de la vida". Para Veciana está claro que "si tú te entregas a los demás, estos te acogen con mucho cariño. Encontramos ayuda en todas partes".

Una de las consecuencias del viaje: un premio y un libro para Manos Unidas

Quizás por eso, ellos, cuando acabó escribieron el libro que se comprometieron a hacer donde narraban punto por punto todo lo que habían vivido y anotado en el dorso de las facturas de gasolineras, bares y hoteles por donde pasaban. También lo ilustraron con las fotografías que hicieron: treinta y dos carretes. Al final, aunque les sobró dinero, vendieron la moto a Vespa por 100.000 pesetas y con ese dinero crearon una Fundación Premios Dulcinea que tenía como patronos a muchos de los colaboradores. Durante cinco años y hasta que se acabó el dinero, reconocieron al mejor proyecto de aventura presentado por jóvenes de entre 15 y 25 años. Por otra parte, desde la segunda edición del libro 79 días. Vuelta al mundo en Vespa cedieron los derechos de autor y de edición a beneficio de Manos Unidas y sus proyectos en África y Asia. Ahora ya van por la cuarta y es desde la web de esta ONG que se puede conseguir haciendo un donativo.

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