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Un verano astronómico

Eclipses de ficción (2): Un 'deus ex machina' colonial en el altar de los sacrificios

De cómo un ardid atribuido a Cristóbal Colón se convierte en un cliché literario que Tintín utiliza contra los incas, lo que irrita a un escritor guatemalteco que se acaba vengando en un cuento sangriento

Eclipses de ficción (1): Malos augurios y listillos en apuros

Un momento de la escena del eclipse en 'El templo del Sol'

Un momento de la escena del eclipse en 'El templo del Sol' / Editorial Juventud

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Rafael Tapounet

Rafael Tapounet

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Cuando, en la primera entrega de esta serie, se mencionó el pasaje de 'Un yanqui en la corte del rey Arturo' en el que el avispado comerciante de armas Frank Morgan se sirve de un eclipse de sol para hacer creer a los britanos del siglo VI que tiene poderes sobrenaturales (y así salvar el pellejo), obviamos apuntar que el tipo copió el ardid de un suceso histórico más o menos real. Él mismo lo admite en el relato con un lenguaje impregnado de colonialismo que hoy nos vemos obligados a desaprobar: "Me vino a la memoria, en el momento crítico, que Colón, Cortés, o alguno de los conquistadores se había valido de un eclipse para salir de algún apuro en que se encontraba con los salvajes, y vi ahí mi oportunidad. Y ni siquiera sería un plagio, porque yo lo haría casi mil años antes que esa gente". Qué tío.

El episodio al que se refiere ocurrió, en efecto, el 29 de febrero de 1504. En el curso de su cuarto y último viaje a las Américas, Cristóbal Colón y su tripulación quedaron varados en el norte de Jamaica, a la espera de un rescate que no llegaba y sin apenas provisiones. Durante un tiempo, lograron subsistir intercambiando diversos objetos por alimentos con los nativos taínos, pero llegó un momento en que estos últimos se negaron a darles más comida. Sabiendo que se avecinaba un eclipse lunar, el Almirante anunció a los caciques locales que Dios estaba muy enojado por su falta de colaboración y que así se lo haría saber con una señal en el cielo. Presenciar esa misma noche cómo la luna desaparecía y después se volvía roja (por efecto de la refracción de la atmósfera terrestre) convenció a los aborígenes de que lo mejor era mantener a los extranjeros bien alimentados hasta que alguien viniera a rescatarlos.

Cristóbal Colón muestra el eclipse a los indios taínos en un grabado francés de 1881.

Cristóbal Colón muestra el eclipse a los indios taínos en un grabado francés de 1881. / WikiMedia

La historia del eclipse fue relatada en su testamento por Diego Méndez de Segura, que en aquel viaje ejerció de escribano de la armada -él fue el elegido por Colón para dirigirse en canoa a Santo Domingo en busca de ayuda cuando se produjo el naufragio-, y ha servido a lo largo de los años de inspiración a numerosos autores que buscaban un 'deus ex machina' más o menos convincente con el que salvar in extremis a sus personajes. Uno de los casos más célebres es el del historietista belga Georges Remi, alias Hergé, que utilizó el truco del eclipse en 'El templo del Sol', segunda parte del díptico de aventuras incas de Tintín iniciado con 'Las siete bolas de cristal'.

Aventuras en los Andes

Tintín, Milú y el capitán Haddock viajan a Perú en busca de su amigo el Profesor Tornasol, que, acusado de sacrilegio, ha sido secuestrado por unos descendientes de los incas y conducido al recóndito Templo del Sol, último reducto de las civilizaciones precolombinas, en el corazón de los Andes. Tintín es apresado y condenado a morir en la hoguera, pero se le permite elegir la hora de la ejecución. Como ya imagina el lector, la cosa coincide con la fecha un eclipse, así que el reportero del tupé pide ser incinerado justo en el momento en el que el sol desaparece. Cunde el pánico. Se producen gritos, llantos, forcejeos y postraciones. El aterrado príncipe inca suplica a Tintín y este le pide al sol que brille de nuevo. Se hace la luz y el Inca ordena liberar a los prisioneros. El capitán Haddock, ebrio de felicidad, canta una canción de Charles Trenet (volveremos sobre eso en otro momento) y, en su bailoteo, tropieza y se cae en la pira. Que está apagada.

El movimiento de la Luna en las viñetas del eclipse en 'El templo del Sol'

El movimiento de la Luna en las viñetas del eclipse en 'El templo del Sol' / Editorial Juventud

El díptico 'Las siete bolas de cristal / El templo del Sol' se empezó a publicar por entregas en diciembre de 1943 en las páginas del diario bruselense 'Le Soir', controlado entonces por el gobierno ocupante nazi. Con la entrada de las fuerzas aliadas en la capital belga en septiembre de 1944, el rotativo dejó de imprimirse y la historia quedó interrumpida hasta que, dos años después, reapareció en la nueva revista 'Tintin'. En 1948 y 1949, la editorial Casterman la publicó en formato álbum en dos volúmenes de 62 páginas cada uno. Para estas ediciones, Hergé eliminó varias secuencias, incluida una en la que Haddock consume coca para combatir el mal de altura. Más lastimosa aún fue la decisión de alterar el orden de los dibujos en la representación del eclipse solar: si en la serialización original la luna se movía en la dirección correcta para el hemisferio sur (de izquierda a derecha), en la versión del álbum el satélite se desplaza en sentido opuesto. O sea, mal.

No fue su único error. Hergé lamentó siempre haber recurrido a la fácil treta del eclipse, consciente de que un pueblo tan interesado en la observación de los cuerpos celestes como el inca conocía en realidad esos fenómenos astronómicos. En 1952, tres años después de la publicación de 'El templo del Sol', el escritor guatemalteco Augusto Monterroso escribió 'El eclipse', un cuento en el que un fraile franciscano español que está a punto de ser sacrificado por unos indígenas amenaza a sus captores con hacer que el sol se oscurezca si no lo dejan libre. No consigue impresionarlos. El corazón del fraile acaba chorreando sangre sobre la piedra de los sacrificios mientras uno de los indígenas recita con absoluta precisión las fechas de los eclipses solares y lunares que están por venir.

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