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Un verano astronómico

Eclipses de ficción (1): Malos augurios y listillos en apuros

De cómo con Homero se empieza a apagar el sol en la literatura occidental hasta que un fabricante de armas de Connecticut lo hace aparecer de nuevo después de que un escritor victoriano se equivoque

William Bendix y Bing Crosby, en una imagen de 'Un yanqui en la corte del rey Arturo', adaptación dirigida por Tay Garnett en 1949

William Bendix y Bing Crosby, en una imagen de 'Un yanqui en la corte del rey Arturo', adaptación dirigida por Tay Garnett en 1949 / EPC

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Rafael Tapounet

Rafael Tapounet

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En el verano homérico de 2026 no parece haber otro modo de comenzar esta serie de crónicas que citando los versos 356 y 357 del canto vigésimo de 'La Odisea': "El sol ha desaparecido del cielo y una terrible oscuridad se extiende por doquier". Con estas palabras, pronunciadas por el profeta Teoclímeno justo después de vaticinar que los pretendientes de Penélope iban a morir esa misma noche, Homero inauguró la tradición literaria de emplear el eclipse solar como metáfora o augurio de un destino aciago. En realidad, no está nada claro que Teoclímeno estuviera en realidad describiendo un eclipse, aunque Plutarco y Heráclito así lo creían y los astrónomos alemanes Carl Schoch y Paul Viktor Neugebauer aseguraron hace un siglo que el 16 de abril del año 1178 antes de Cristo (es decir, poco después de la supuesta fecha de la destrucción de Troya) hubo en efecto un eclipse solar total visible desde el mar Jónico.

Aceptemos, pues, que con Homero llegaron los eclipses a la literatura occidental y, desde ese trampolín, demos un salto temporal de más de 2.750 años para plantarnos en la Inglaterra isabelina, que el 7 de marzo de 1598 (siempre según el calendario gregoriano) quedó sumida en la oscuridad desde Cornwall hasta Escocia a causa de un eclipse de sol, un suceso al que las crónicas de la época se refirieron como el 'Sábado Negro'. Poco después, William Shakespeare incluyó menciones al fenómeno en 'El rey Lear' ("estos recientes eclipses de sol y de luna no nos presagian nada bueno", dice el conde de Gloucester antes de quedar él mismo a oscuras cuando el duque de Cornwall le arranca los ojos) y en 'Otelo' (donde, después de matar a Desdémona, el consternado protagonista pide un gran eclipse "para que el orbe, horrorizado, se abra en dos").

Una luna equivocada

Pero más allá de invocarlo en sentido metafórico, ni a Homero ni a Shakespeare se les ocurrió otorgar al eclipse un papel relevante en las tramas de sus ficciones. Es algo que sí hicieron, ya a finales del siglo XIX, el británico Henry Rider Haggard y el estadounidense Mark Twain. El caso del primero es peculiar. En 1885 publicó la novela 'Las minas del rey Salomón', que relata las peripecias de un grupo de aventureros liderados por el cazador Allan Quatermain que se interna en una región ignota de África en busca de un explorador desaparecido. En el curso de su aventura, entran en contacto con una tribu gobernada por un rey tiránico que se ha mantenido apartada de la civilización occidental; para persuadir a unos jefes nativos de que se pongan de su parte, Quatermain utiliza su conocimiento de la inminencia de un eclipse solar y les hace creer que es capaz de hacer desaparecer el sol. Tras el eclipse, convencidos de que el inglés es un protegido de los dioses, los nativos se preparan esa noche a la luz de la luna llena para enfrentarse al déspota.

Una imagen de 'Las minas del rey Salomón', adaptación al cine que Compton Bennet dirigió en 1950

Una imagen de 'Las minas del rey Salomón', adaptación al cine que Compton Bennet dirigió en 1950 / EPC

Eso es, al menos, lo que ocurre en la primera edición de 'Las minas del rey Salomón'. Pero no en las siguientes. Después de la publicación, alguien le hizo ver al autor que un eclipse solar solo es posible durante la fase de luna nueva, por lo que ninguna luz podía iluminar los trabajos nocturnos de los guerreros nativos. Rider Haggard lo arregló rápido. A partir de la segunda edición de la novela, el eclipse pasó a ser lunar, con lo que la luna llena de después quedaba perfectamente justificada.

Camelot a oscuras

Mark Twain, un hombre cuyo destino estaba ligado a la astronomía puesto que nació y murió al paso del cometa Halley, no tuvo esa clase de problemas, aunque el episodio de 'Un yanqui en la corte del rey Arturo' en el que el eclipse hace su aparición es sospechosamente parecido al de 'Las minas del rey Salomón'. El argumento de la novela, publicada en 1889, es de sobras conocido: un fabricante de armas de Connecticut llamado Hank Morgan viaja en el tiempo de forma accidental y va a parar a la Britania del siglo VI. Allí es capturado por el senescal del rey Arturo, sir Kay, que lo conduce a Camelot, lo presenta como un ser hechizado y lo condena a morir en la hoguera. Pero Morgan, que viene del futuro, recuerda que justo el día en que se debe cumplir la sentencia se había producido un eclipse total de sol, así que aguarda el momento, con la pira a punto de arder bajo sus pies, y, cuando la oscuridad empieza a envolverlo todo, se ofrece a hacer salir el sol de nuevo a cambio de su vida y su libertad. Con ello se gana el favor del rey Arturo y la animadversión del mago Merlín, que acaba resultando ser un pájaro de cuidado.

Después pasan muchas otras cosas, pero ya el lector difícilmente puede recuperarse de la impresión de haber visto a un industrial de Connecticut de 1880 afirmar con rotundidad: "Yo sabía que el único eclipse total de sol en la primera mitad del siglo VI ocurrió el 21 de junio, en el año 528 d.C., y comenzó a las 12 y tres minutos del mediodía". Diantre, con ese nivel de erudición sobrehumano y la capacidad de viajar en el tiempo, bien podía el señor Morgan haberse ganado la vida como concursante de 'Saber y ganar' en lugar de vender armas, ¿no?

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