Opinión | La caja de resonancia

Periodista
¿Pagaría usted por ir al concierto de su cantante favorito sin poder verlo?
Las entradas ‘audio only’, sin visión del escenario, como las que Bruno Mars vendió hace unos días en Wembley, son un paso más en la concepción del concierto como evento y experiencia donde lo importante es estar ahí y participar de una vibración colectiva, de la forma que sea

Bruno Mars, en un concierto de su gira 'The Romantic Tour'. / Instagram
Interesante y divertida tormenta la que ha desatado Ticketmaster al poner a la venta entradas sin visión del escenario en el último de los seis ‘shows’ de Bruno Mars en Wembley, el pasado martes. Localidades presentadas con la leyenda ‘no view – audio only’ que, mapa en mano, se encontraban en unos laterales tan forzados que quedaban ya, ‘de facto’, detrás del escenario.
¿Ir a un concierto para no verlo? Bueno, el público de la música clásica sabe de eso, sobre todo cuando acude a salas antiguas, con asientos detrás de columnas, barandillas o elementos ornamentales aguafiestas. Pero una cosa es la clásica, donde figura que solo la música y nada más que la música cuenta, y otra el pop, donde flotan otras cositas: el culto al artista-ídolo, su carisma y su expresividad, y el ‘pack’ escenográfico, con sus coreografías, luces, pantallas, pasarelas, fuegos artificiales y plataformas que suben y bajan.
En el pop, las entradas de visión parcial no son algo nuevo. Sí que representan un paso más las localidades sin ningún acceso visual, si bien Bruno Mars no es el primero en probarlo: Beyoncé se adelantó en algunos conciertos de 2023, donde vendió asientos ‘listening only’, y Taylor Swift lo replicó al año siguiente en las fechas finales del ‘Eras tour’ (¡con pantallas detrás del escenario!). Estas entradas de Bruno Mars se han vendido a 58,35 libras (68 euros), frente a la gama que iba de 71,70 a 588.60 libras (84-688 euros) en los asientos convencionales.
Se puede ver ahí el enésimo ejemplo de la codicia del ‘show business’, pero no podemos hablar de engaño, ni de coacción: quien compra ese ‘ticket’ sabe lo que hace y nadie le obliga a ello a punta de pistola. Son localidades que se perderían y que pueden hacer feliz a quien daba por perdida esa actuación con ‘sold out’ de un artista que, si cerrara seis noches más, quizá las llenaría también. Es una opción plausible para los invidentes, cabe añadir.
La idea invita a dar vueltas sobre qué significa hoy disfrutar de un concierto y sobre el punto en el que situamos el umbral de la frustración por no participar de lo que se conoce como ‘la experiencia del directo’. ¿Antes asistir al concierto desde una localidad casi humillante que quedarte sin él? ¿Qué te hace sentir menos desgraciado? La industria hace sus probaturas para dar con la respuesta, y no parece disparatada su intuición de que, en esos grandes eventos, lo importante es estar ahí y fundirse con la vibración colectiva, aunque sea poco menos que de cara a la pared.
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