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Festival Grec 2026: diez claves de una celebración a medio gas
El Grec 2026 aumenta su público hasta los 143.000 espectadores, pero baja al 71% de ocupación

Un instante de 'Ophelia’s Got Talent', la inauguración del festival con una 'Òpera de tres rals' del siglo XXI y una escena de 'La verdadera historia de Ricardo III', tres de los momentos del Grec 2026. / EL PERIÓDICO

A falta de dos espectáculos para cerrar, de las 99 propuestas programadas —imposibles de abarcar en una sola mirada— seleccionamos diez momentos con los hallazgos y las dudas que nos deja la edición del cincuentenario, la segunda con Leticia Martín Ruiz como directora.
Se intuía la polémica y la hubo. La inauguración se tiñó del gris violáceo que Marta Pazos impuso a 'L'òpera de tres rals'. El prólogo cabaretero de Marta Bernal prometía irreverencia, pero la maquinaria se atascó en la monotonía visual y en un ritmo pesado. Salvaron la noche el oficio del reparto y, sobre todo, Míriam Moukhles, capaz de abrir una grieta de emoción en el bochorno térmico. Si se insiste en obras de dos horas o más, el Teatre Grec tendría que jubilar sus incómodas butacas.
En la sala Puigserver explotaron dos talentos de la escena internacional menos complaciente. Florentina Holzinger debutó con 'Ophelia’s Got Talent', una superproducción anfibia que demostró que un gran presupuesto público puede convertirse en aventura y discurso insumiso. Su relectura de la feminidad queda en lo más alto de la edición. La papesa Angélica Liddell nos obligó a madrugar: su 'Seppuku' comenzó a las 4.45 h para recibir el amanecer con sangre, belleza desafiante y algún desmayo entre el público.
Dos iconos de la escena europea añadieron al programa más caché que aciertos. Protagonizado por un Joaquín Furriel magnético, el 'Ricardo III' de Calixto Bieito acabó lastrado por los tics habituales del director: pirotecnia discursiva acompañada de un histerismo uniformador. El misticismo simbólico de Romeo Castellucci compareció a través de 'Creer en las máscaras', una performance mínima y profunda, casi museística, pero demasiado leve como para sostenerse como espectáculo más allá de su firma.
Lo que tuvo de extraordinario el cincuentenario fue transformar el Teatre Grec en una sala de cine. Con aire improvisado, el discurso-prólogo de Mario Gas dio voz a los fundadores y recordó la revolución autogestionada del fundacional 1976. Algo dispersos en su heterogeneidad, los cuatro cortometrajes que dieron cuerpo a la fiesta apenas dialogaron con ese legado humano, testimonios que comienzan a desaparecer. Una velada entrañable, pero lejos de la celebración abierta a la ciudadanía que merecía la efeméride.
No nos engañemos: ni existe una sola África ni su teatro se parece al que proponen los artistas filtrados por las formas y el dinero del circuito europeo. Desde este espejismo, 'Combat des lianes', de Zora Snake, transformó la resistencia de los pueblos baka de Camerún en una postal folclórica buenista, libre de incomodidad. Con su doblete más contestatario, Ntando Cele estuvo más mordaz e incisiva en el pequeño formato de 'SPAfrica' que en el despliegue enfático y algo panfletario de 'Wasted Land'.
Gracias a la lógica sostenible —o franquiciada— de los festivales europeos, del gran foco coreano de Aviñón nos llegaron de rebote dos piezas. 'Muljil', de Elephants Laugh, se inspiró en las buceadoras de Jeju para dar forma a una propuesta acuática bastante marciana, un ecosistema escénico cerrado sobre sus propias reglas. También algo fría y cerebral, '1 Degree Celsius', de Sung Im Her, articuló una danza casi matemática sobre un paisaje humano sin contacto, precisa en su ejecución, pero algo ajena a la emoción.
Destacó con creces en el festival una pieza modesta del Espai Lliure. Subir a la familia al escenario no es un recurso original, pero en 'Mi madre y el dinero' Anacarsis Ramos y Josefina Orlaineta retrataron sin pudor una vida marcada por la precariedad laboral. El humor esquivó tanto el victimismo como la épica y convirtió su recorrido familiar en un brillante ensayo sobre la relación entre pobreza y violencia, entrelazadas con sutileza y una emoción desbordante. Una pieza de calado político que merece volver.
Hubo alegrías más allá de Montjuïc. En las 72 butacas del Heartbreak Hotel, Àlex Rigola convirtió la Factory de Warhol en el bosque mágico de Shakespeare, un sueño pop de deseo y contracultura donde brilló el reparto más veterano. En el Romea, 'El retrato de Dorian Gray', de Marc Rosich, marca un hito de la temporada: un preciosista musical de factura impecable, con una Àngels Gonyalons arrolladora en cada salto de personaje, premio al fregolismlo. Girará en otoño y volverá a Barcelona por Navidad.
La danza elevó la temperatura del festival. La compañía de Hofesh Shechter estuvo entre lo mejor del festival: 'Theatre of Dreams' descargó en el Mercat de les Flors la energía oscura con que se tejen los sueños. Mal Pelo pisó por primera vez el Teatre Grec con una versión expandida de 'Inventions', confirmación del gran estado de forma de su universo coreográfico y de su relación con Bach. El calor y la humedad empañaron la ejecución de 'BREL': Anne Teresa De Keersmaeker no pudo estar a a la altura de su leyenda.
Con sus luces y sombras, el Grec del cincuentenario no fue distinto de las ediciones precedentes. Una ocasión perdida para reivindicar su origen autogestionado y aquel carácter comprometido y contestatario del 76, hoy apenas visible bajo la armadura institucional. El festival puede y debe abrirse a públicos que habitualmente no visitan los teatros de la ciudad, romper su imagen de tendencia elitista. Hay margen para acentuar su singularidad y volver a ponerlo “al servei del poble”, como rezaba el lema fundacional.
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