PERIFÉRICOS Y CONSUMIBLES
Javier García Rodríguez, el profesor que quería lectores más inteligentes que él
El libro póstumo ‘Periféricos y Consumibles’ recoge las columnas escritas por el autor en EL PERIÓDICO entre 2020 y 2025

Javier García Rodríguez, columnista de abril y 'El Periódico'. / EPC

Podría empezar escribiendo que, aunque no toca, “hoy vengo a contarte mi vida. A sincerarme contigo, hipotenso lector, hipotensa lectora, hipotense (Hannibal) ‘lecter’, mi hermano, mi semejante”. Ya les digo que no va a ser fácil porque, aunque sigue sin tocar, este libro del que voy a hablarles lo escribió alguien muy querido, alguien que se hacía querer y quería. Créanme.
Porque Javier García Rodríguez (en adelante, cómo no, JGR, como David Foster Wallace, qué duda cabe, DFW) no solo era -qué horror el imperfecto- profesor de teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Valladolid y después de Oviedo, profesor de escritura creativa, fundador y director del Festival de Poesía VERSÁTIL.ES y del Aula de Poesía de la Universidad de Oviedo y director, entre 2014 y 2016 de la Cátedra Leonard Cohen, y coordinador del Ciclo “Pala-bra” del Centro Internacional Niemeyer de Avilés. Y vaya usted a saber de cuántas cosas más.
Pero antes que nada (y después de todo) era poeta porque sabía que había que “hundirse en el fuego / y quemarse hasta el fondo” y porque no cejaba en el empeño gigantesco y alocado de encontrar “un termómetro / que pudiera medir las alegrías”. Casi nada.
Un millón de amigos en un club de lectura planetario
Tenía debilidades innegociables y las compartía como si fueran los cuatro Evangelios de los evangelistas y que recitaba, a quien le quería escuchar y a quien no, como si fuera el Salmo 23 (ya saben, “La Literatura es mi pastor, nada me falta./ En verdes pastos me hace reposar. Me conduce a fuentes tranquilas, / allí repara mis fuerzas. Me guía por cañadas seguras haciendo honor a su nombre”): Lorrie Moore, DFW, John Barth, Manuel Puig, Julio Ramón Ribeyro, Ricardo Menéndez Salmón, Alejandro Basteiro, Ángel González, Juan Bonilla, Leila Guerriero, Agustín Fernández Mallo, Vicente Luis Mora, Rafael Reig, Manuel Derqui Martos, Álvaro Cortina Urdampilleta, Leonard Cohen, Kiko Veneno, Luis Eduardo Aute, Silvio Rodríguez, Vigo Mortenssen, David Lodge… De este último dejó escrito que le dio la vida porque él quería ser como el escritor de ‘¡El autor, el autor!’.
JGR lo que pretendía, el muy animal, era conseguir “un millón de amigos en un club de lectura planetario, ecuménico, en absoluto restrictivo” y concederle “el premio Nobel de Literatura a todo el mundo”. En todo lo que escribía tenía un solo afán, una sola norma: “Yo quería que mis lectores fueran más inteligentes que yo. Mucho más. Y que me pillaran mis chistes a la primera, como si tal cosa, pero los dejaran pasar solo por el placer de mirarlos de reojo”.
El profesor que abría horizontes a diestra y siniestra “quería enseñar literatura como lo hacía Lodge” que le enseñó “a no diferenciar la ficción de la teoría, a hacer crítica en cada línea literaria, a hacer literatura en cada párrafo de teoría. A salir del castillo.” Puro Kafka. Se movió como nadie “entre la teoría literaria y el baile por bulerías”, peregrinó como todos aquellos que ‘ayer no más decían el verso azul y la canción profana’ “de la ficción narrativa al ensayo, del diario al poema, del estudio académico a la receta culinaria siempre con el mismo calzado y con mochila ligera”.
Aunque no toca tengo que decirles que llegué a JGR muy tarde ya y de la mano amigable de otro querido Javier, Aparicio Maydeu, un 23 de febrero de 2007 que ahora no viene al caso en la Universidad Pompeu Fabra. Parecía que entre ‘Javieres’ andaba el juego y vaya juego, señores.
Reflexiones sobre teoría literaria al alcance de todos
No era difícil llegar a JGR, un escritor que no se andaba ‘por las tramas’ nunca, siempre iba al grano. De hecho tengo que contarles que no había instrucciones ni reglas, ni teorías ni comparadas. Buscaba el grial como si no hubiera un mañana y te mostraba todo el entusiasmo posible y el imposible a todas horas. A sangre y fuego. Hodierno “porque el mundo me ha hecho así”, quería romper, el muy alocado, “la cuarta pared, la primera persona, el segundo sexo, la tercera ley de Newton [...], el quinto pino, el sexto mandamiento o el séptimo sello”. Quería “vivir del cuento o contar la vida” y “contar para seguir viviendo. Vivir para seguir contando”. A lo GGM, ‘muchos años después’.
Sí toca decirles que “Periféricos y Consumibles”, del que he venido a escribir hoy aquí, recoge las columnas que JGR escribió primero en EL PERIÓDICO y después en su suplemento “Abril” desde 2020 hasta 2025. Son columnas escritas bajo el calor de lo inmediato que le sucedía, que leía, que veía o que escuchaba. Aquí un libro leído o un artículo académico escrito, allí una película vista, por aquí reflexiones sobre teoría literaria al alcance de todos, un poco más allá una conversación oída como si no, un poco más acá reflexiones sobre dimes y diretes del circo de la literatura, ‘Showtime!, señoras y señores, al otro lado del espejo una reflexión sobre la Vuelta o el Tour del ciclista “pasivo, como los fumadores de terraza” que decía que era y de este lado del bosque de la contemporaneidad una reflexión de largo alcance sobre los clásicos que “nos invitan a crear y a revolverse contra ellos. Si no, no son clásicos. Escribir contra todos los muertos”.
Encontrará el lector en este ‘Periféricos y Consumibles’ (que podrían haberse titulado “‘Labios de papel. ‘Prohibido tirar flores u escombros’. ‘Líbero en zona’. ‘La habitación del pánico’. ‘Delirios de grandeza’. ‘La galleta de la fortuna’. Tengo que parar”) un estilo propio, que no es poco, un querer jugar con las palabras marca de la casa (“si Pynchon o Corto (Maltés)”, “lo mismo valen para un Rothko que para un descosido”, “quien a Dior tiene, nada le falta”), un querer retorcer el lenguaje hasta decir basta para encontrar ‘el giro lingüístico’ (y no lingüístico) que abra la cueva de Ali Babá y los cuarenta ladrones y la única instrucción posible, ahora sí, para llegar a JGR: “hacer de la redundancia un modelo de claridad”, escribir sin parar sobre plagios, repeticiones, espejos, cópulas, reproducciones e identidades “con la palabra clara a punto de nieve” para “que los libros nos consuman” y para que aprendamos “a ser incandescentes”. Y vaya si emitía luz el hombre.
Pero no puedo, ni quiero, dejar de decirles que este libro hará más llevadera “la masa hojaldrada de nuestros días más complejos” y les confortará como les ha confortado a Rafael Nuñez, prologuista, Julián García, responsable del “Epílogo” (y primo de JGR) y Claudia García Morán, hija de JGR y responsable de un texto final que les pondrá la piel de gallina.
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