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Música

Pat Metheny no es de este mundo: el guitarrista ofrece un recital abrumador en el Festival de Jazz de Barcelona ante un público entregado

El guitarrista de jazz, que actuó en el Palau de la Música, demostró un virtuosismo intacto

Metheny en el Festival de Jazz de Barcelona, anoche en el Palau.

Metheny en el Festival de Jazz de Barcelona, anoche en el Palau. / Hal Masonberg/Festival de Jazz de Barcelona

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Carlos Pérez Cruz

Carlos Pérez Cruz

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El jazz no tiene tantos nombres capaces de congregar masas y el guitarrista es uno de ellos. La incapacidad de la mayoría no se explica tanto por la falta de nivel ni interés en las propuestas -que las hay de muy alto nivel, como las ha habido siempre-, sino por cuestiones extramusicales que han hecho que esta música dejara de disfrutar de la transversalidad que lograron músicos cuya carrera se forjó en la segunda mitad del siglo XX como el propio Pat Metheny, Miles Davis o Herbie Hancock, entre otros. A punto de cumplir 72 años, el estadounidense es capaz de convocar a 1.700 personas en el Palau de la Música.

Se percibe más nostalgia entre el respetable que sobre el escenario, porque Metheny sigue a lo suyo, componiendo nuevos temas y reuniendo nuevas bandas, como Side-Eye III+, un trío con teclados y batería a los que se han añadido un bajista y un percusionista-vocalista (de ahí el signo +, que todavía es más numeroso en el disco). Hay quienes ven en esa configuración el renacimiento del Pat Metheny Group, la formación más famosa del músico de Missouri, pero es que su estilo lleva tan definido tanto tiempo que es muy difícil que todo aquello que toca no esté atravesado por una estética común.

Lo del guitarrista la noche del jueves fue de otro mundo. Más de dos horas y media de música sin apenas descanso y con cuatro bises, que se dice pronto. No es de este mundo su velocidad en el mástil y la definición del fraseo a una edad en la que otros habrían apostado por los tiempos medios y las baladas. Es quien siempre fue, no ha perdido un ápice de su virtuosismo, de la capacidad de construir largos solos que, de forma ineludible, conducen a un clímax reforzado por la generosa amplificación y una banda siempre atenta a subrayarlos con golpes de efecto (y luces). De hecho, es en el permanente estado de excitación de la música y en la reiteración formal y estética donde se le puede poner algún pero, aunque la aprobación fue general. Ni hubo respiro en el escenario ni decayó la celebración en la grada.

Rodeado de una banda sincronizada al detalle -incluso con metrónomo lumínico-, Metheny desplegó gran parte del repertorio de su último disco, pero también hizo algunos guiños a clásicos de su trayectoria, en algún caso con medio siglo de vida, que fueron recibidos con entusiasmo de público pop. No solo eso, también las primeras notas emitidas con determinadas guitarras, de las que emerge un sonido muy suyo, lo que parece activar algún tipo de resorte de celebración por familiaridad. Porque todo era muy familiar en esta sexta visita al festival que en 2018 le hizo entrega de la medalla de oro, a la que sigue sacando brillo con su admirable profesionalidad.