Entrevista
Becky Chambers: 'Friends' en el espacio (y la belleza de las plantas eólicas)
Becky Chambers, en el Festival Celsius de Avilés, nos habla de su ciencia ficción esperanzadora, que mira a la gente corriente en lugar de los héroes y plantea futuros esperanzadores en lugar de distopías

Becky Chambers / Ernest Alós
Imagínense que el apartamento de los protagonistas de ‘Friends’ es la cantina de una nave interestelar, que el café Central Perk es la taberna en una estación espacial y que sus protagonistas pueden tener la apariencia de un velociraptor, el cerebro de una IA o el cuerpo de la oruga de ‘Bichos’ pero que arrastra el trauma de la extinción de su especie. Que sus relaciones son mucho, pero mucho menos convencionales, pero que el buen rollo es el mismo. Esa es una de las sensaciones que puede tener el lector de la serie ‘Wayfarers’, las cuatro novelas de la autora de ciencia ficción Becky Chambers (Los Ángeles, 1985) cuya publicación en España quedó interrumpida en su segunda entrega de los viajes de la tuneladora espacial 'La Peregrina' y que ahora retoma la editorial Runas con el primer título, ‘El largo viaje a un pequeño planeta iracundo’. De Chambers nos han ido llegando sus otros títulos, ‘Monje y robot’ y ‘Aprender, si tenemos suerte’ (Crononauta / Mai Més). Nada más opuesto a la ficción distópica: en sus libros Chambers plantea la posibilidad de que tecnología, humanidad y naturaleza puedan convivir. Cuando faltan cuatro meses para que llegue a las librerías su nuevo libro, ‘As you wake, breack the shell’ (Runas y Mai Més), Chambers ha visitado por segunda vez España, en el Festival Celsius de Avilés.
Incluso la podríamos considerar como la Nora Ephron del género especulativo, le decimos. “Desde luego escribo una ciencia ficción mucho más centrada en los personajes, y lo hago deliberadamente. Escribo historias que se apartan del modelo tradicional de la ciencia ficción militar o de cualquier relato basado en pistolas láser y planetas explotando. A mí me interesan mucho más esas conversaciones de sobremesa que la gente mantiene de forma casual. Para mí todo nació de una fascinación infantil por los personajes secundarios de series como 'Star Trek' y 'Star Wars'; más que los héroes me interesaba saber cómo sería la vida de la gente corriente en uno de esos futuros fantásticos”.

Becky Chambers / Ernest Alós
El género, explica, tiene “muchísimo más potencial” que enseñar “cómo salvar la galaxia o encontrar nuevas formas de matar alienígenas”. Una de estas posibilidades es especular con distintos modelos de género, de familia, de sexo biológico incluso. Algo que enlaza directamente con otro de sus grandes referentes, la Octavia Butler de la trilogía ‘Xenogénesis’. “Cuando era niña, veía lo que echaban por televisión y la ciencia ficción me intimidaba un poco, porque pensaba que era un género para chicos. No leí a Octavia Butler y Ursula K. Le Guin hasta bien entrada la veintena y entonces descubrí que las mujeres siempre habían estado ahí; explorando y descubriendo. Pero tenías que buscarlas, esa puerta siguió cerrada durante los años 80, 90 e incluso los dos mil y tenías que conocer a alguien que te ayudase a cruzarla. Lo que hago no es especialmente nuevo, pero esa tradición había que mantenerla viva y darle visibilidad. Todavía hoy me encuentro con personas que me dicen que nunca habían leído ciencia ficción porque no sentían que fueran bienvenidas. Por eso, para mí es importante que mis libros creen ese espacio acogedor. Me gusta pensar que mis libros son como un apretón de manos amistoso que dice: ‘Ven, pasa. Eres bienvenido’”.
Acogedor, como sus novelas, pero también esperanzador. Porque precisamente si algo caracteriza (o debería) a la ciencia ficción es plantear que “todo es posible”. Incluso que de una crisis climática salga un mundo mejor, no un escenario posapocalíptico. Y que la tecnología sea la que lo permita. Que en las placas solares o los molinos de viento se vea belleza y esperanza, no la “fealdad” que obsesiona, por ejemplo, a Donald Trump. “He estado viajando estas semanas por Alemania. Veía esos enormes campos verdes salpicados de gigantescos aerogeneradores y me parecían absolutamente preciosos. No creo que tengamos que entender la tecnología y la naturaleza como dos cosas enfrentadas por definición. Precisamente en una obra como 'Monk & Robot' quería mostrar un futuro donde ambas conviven. Es un futuro altamente tecnológico: hay ordenadores, robots y todo tipo de sistemas de producción de energía sostenible. Pero todo ello está concebido para funcionar en armonía con el entorno y, además, para que la gente disfrute de su presencia. Creo que nuestra relación actual con la tecnología suele ser, como mucho, una relación de tolerancia. La gente se desespera con sus teléfonos. Se habla de lo feas que son las centrales eléctricas o ciertas infraestructuras. Yo creo que existe una manera de integrar esas herramientas, que ya forman parte inseparable de nuestra cultura, de modo que no solo complementen el mundo natural en el que vivimos, sino también el mundo construido que compartimos”.
De ahí algunas de las etiquetas (‘hope punk’, ‘solar punk’) que se aplican a sus libros. “Hoy existe una enorme cantidad de miedo, desesperanza y ansiedad respecto al futuro, especialmente entre la gente de mi generación. Mucha gente piensa que el final ya está escrito. El futuro se ha convertido en algo que nos da miedo, porque el mensaje dominante, tanto en las noticias como en la ficción, es que el futuro será aterrador. Y creo que las distopías cumplen una función cultural importante: sirven como advertencias y ofrecen a los creadores un espacio donde expresar sus propios temores y compartir esa catarsis con los demás. Pero también creo que hace falta equilibrio. Junto a los futuros distópicos, también necesitamos futuros esperanzadores. Necesitamos contar historias que digan: ‘Así fue como sobrevivimos. Así afrontamos el colapso y la catástrofe. Conseguimos evitarlos, o logramos superarlos y construir algo mejor al otro lado’».

Becky Chambers / Ernest Alós
Incluso el nuevo coco de la distopía, la inteligencia artificial (o no tan nuevo; estamos volviendo al tópico de la rebelión de las máquinas, pero con IA en lugar de robots) puede ser vista desde la óptica optimista de Chambers. Las IA autoconscientes (en ‘Wayfarers’) pueden ser seres sometidos a represión y que merecen ser liberados, o los robots una vez descubren su propia identidad (en las dos novelas que protagonizan una monja que practica rituales terapéuticos con té y un robot lleno de curiosidad) pueden convertirse en conservadores de la naturaleza en lugar de siervos.
Bueno, con matices. “Respecto a la inteligencia artificial, creo que ahora mismo tenemos un problema porque utilizamos el mismo término para hablar de cosas muy distintas. Está la inteligencia artificial en un contexto de ficción, donde hablamos de máquinas conscientes, pensantes y sintientes. Hasta el momento no he visto ninguna prueba de que algo así exista en el mundo real. No creo que ninguno de los modelos actuales sea consciente o tenga autoconciencia. También usamos el término ‘inteligencia artificial’ para referirnos a modelos analíticos: herramientas que sirven para detectar cáncer, analizar el canto de las ballenas o procesar datos de radioastronomía. Son modelos muy específicos, diseñados para tareas muy concretas que requieren analizar enormes cantidades de datos, algo que un ser humano no puede hacer de manera realista. Sin embargo, cuando la mayoría de la gente habla hoy de inteligencia artificial, en realidad se refiere a los grandes modelos de lenguaje o a los modelos agentes que encontramos en nuestros teléfonos, en nuestros ordenadores y prácticamente en todas las industrias. Que han sido entrenados sin permiso, por ejemplo, con mis obras. Y no puedo decir que tenga una visión positiva de esa tecnología. Creo que, en un contexto de consumo, está causando muchísimo más daño que beneficios”.
Mientras esperamos su nuevo libro, aún inédito también en inglés, Chambers nos da un avance de qué podemos esperar de él. “Es una historia que es, al mismo tiempo, una novela espacial y una historia de amor. Transcurre en dos líneas temporales distintas, a través de dos personajes diferentes y en dos mundos diferentes. Es una novela muy ligada a mis propios sentimientos sobre la exploración espacial humana. Habla de botánica, de nuestra relación con los entornos que habitamos y de la gran pregunta sobre por qué deberíamos aventurarnos ahí fuera y si hacerlo es, desde un punto de vista ético, lo correcto”.
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