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Crítica

'La verdadera historia de Ricardo III': Bieito, una excesiva familiaridad

Joaquín Furriel encarna al tirano en el regreso del director al Grec, 17 años después, en una versión turbulenta y barroca de Shakespeare.

Un momento de 'La verdadera historia de Ricardo III', el viernes, en el Teatre Grec.

Un momento de 'La verdadera historia de Ricardo III', el viernes, en el Teatre Grec. / Alice Brazzit

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Manuel Pérez i Muñoz

Manuel Pérez i Muñoz

Barcelona
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Ha vuelto. Calixto Bieito construyó buena parte de su inconfundible lenguaje en los teatros de Barcelona, y muchos crecimos como espectadores a su lado. Llevaba 17 años sin pisar el escenario del Grec, donde cosechó algunos de sus primeros grandes éxitos, y tiene miga que regrese para el 50º aniversario con otro Shakespeare turbulento de los que han hecho de él uno de los directores más codiciados de Europa. 'La verdadera historia de Ricardo III' recupera las constantes de su teatro, pero también el catálogo de tics y excesos familiarmente previsibles.

Suculenta idea de partida: en 2012, los restos de Ricardo III aparecieron bajo un aparcamiento de Leicester (Inglaterra). La versión de Bieito y Adrià Reixach aprovecha el hallazgo para confrontar al rey histórico con la figura monstruosa que Shakespeare impuso como propaganda de los Tudor: la historia la escriben los ganadores. La investigación forense contrasta mito y ciencia, una capa de la obra que funciona más como gancho que como columna vertebral. Una excusa, en el fondo, para volver sobre la fascinación por el tirano, esta vez menos definido por su deformidad que por su capacidad de saltar de forma abrupta entre el seductor, el bufón, el niño y la bestia.

Ese villano mutante encuentra en Joaquín Furriel su intérprete ideal. Impulsor del proyecto del Teatro San Martín de Buenos Aires y de nuevo junto a Bieito tras 'La vida es sueño', el actor argentino ocupa el el centro de esta producción con una presencia física arrolladora, un fraseo musical grave y una frenopática seducción cada vez que traspasa la cuarta pared. Su magnetismo eclipsa el desarrollo y los vínculos con los demás personajes, reducidos a menudo a satélites de su recorrido criminal. Remontada para la gira por el propio Furriel, la propuesta distribuye con inteligencia mesas, pantallas, cadáveres y golpes de efecto visuales hasta conseguir que el barroquismo plástico de Bieito llene con convicción la inmensidad insaciable del escenario del Grec.

Pasa que, después de tanto Bieito, hemos perdido el efecto sorpresa de una dirección casi siempre más preocupada por la pirotecnia que por explicar un argumento ya de por sí farragoso. La farsa, el clown y el grotesco siguen iluminando el carácter ridículo y obsceno del poder, pero encajonan la función en una misma nota de histeria y dejan al descubierto ciertos automatismos, algunos mal envejecidos, como la sexualización de los personajes femeninos. Habrá quien descubra a Bieito y quede impactado; otros, conocedores de su gramática escénica, se debatirán entre la complicidad del reencuentro y una sensación de 'déjà-vu'.

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