Teatro
Crítica de 'Ophelia’s Got Talent': Florentina Holzinger desborda el Grec
La artista austríaca debuta en el festival con una superproducción anfibia que mezcla performance, varietés y una relectura insumisa de la feminidad.

Una escena de 'Ophelia’s Got Talent'. / GREC

Después de una inauguración más bien gris, el Grec subió de revoluciones con el debut en el festival de Florentina Holzinger, la sensación del teatro germano que señorea Europa a golpe de talonario. 'Ophelia’s Got Talent' es una superproducción anfibia llena de ideas chapoteantes, donde la Ofelia de Shakespeare muta su imagen de fragilidad y noñerío para situarse en el centro de una maquinaria escénica con piscinas, acróbatas, cuerpos desnudos y números de varietés. Holzinger trabaja con el exceso: mezcla en el mismo líquido amniótico el accionismo vienés, el cabaret, el circo y una reescritura del cuerpo femenino que rompe con la pasividad para devolverle fuerza, humor y subversión.
Es cierto que, en su collage de lenguajes posdramáticos, Holzinger no aporta elementos sustancialmente nuevos respecto a los grandes referentes de la performance —sombras de Marina Abramović y Gina Pane, por ejemplo—, con una dimensión espectacular y pop, en la línea de Jan Fabre. Introduce, eso sí, un esquema más colectivo, con la directora en el centro coral de una tropa de 14 intérpretes con capacidades diversas. La obra comienza como un tópico 'talent show', televisión para trastear con las construcciones culturales de la imagen: quién merece ser mirado, bajo qué condiciones nos exponemos, quién nos evalúa y qué violencia queda camuflada bajo la apariencia de entretenimiento y arte.
La imagen más persistente de Ofelia sigue siendo la que fijó John Everett Millais: una joven ahogada flotando entre flores, bella incluso antes de desaparecer. Holzinger recoge ese mito acuático, junto a otros códigos de la representación de la mujer en el arte, y los desplaza hacia una sucesión de estanques que se van enturbiando, donde el agua funciona como espejo narcisista y promesa masculina de libertad: marineros, piratas, aventura. La pieza contamina ese imaginario con sangre diluida, signos de reproducción, cuerpos en movimiento y detalles orgánicos, incluso gore de serie B, que devuelven la carne a su condición elemental. En una de las imágenes más potentes, un helicóptero introduce la frialdad sexual de Crash Ballard, como si el erotismo ya no pasara por la belleza pasiva, sino por el choque entre organismo, máquina y accidente.
Sirviendo coño —literal—, Holzinger hace saltar por los aires la imagen femenina estetizada y la vuelve activa, incómoda e insumisa. El Grec acierta cuando apuesta por la primera división europea: a ver si así nuestros grandes teatros toman nota de cómo transformar un buen presupuesto en un océano de riesgo y aventura.
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