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Opinión | La caja de resonancia

Barcelona

La encrucijada del Rock Fest y los festivales de metal

Las muestras ‘heavy’ tratan de combatir el envejecimiento de los cabezas de cartel históricos debatiéndose entre dos soluciones: fortificar el ascendiente metalero con bandas más jóvenes que tengan tirón o ampliar el campo visual, convirtiéndose en festivales de rock en un sentido más amplio

Los Sex Pistols en el Barcelona Rock Fest.

Los Sex Pistols en el Barcelona Rock Fest. / Ferran Sendra

El heavy metal (con su hermano el hard rock) representa un imaginario muy definido que alimenta su propio circuito de macrofestivales desde que, en el lejano 1980, Donnington (Reino Unido) acogiera el estreno del Monsters of Rock. Pero hay un problema: el sucesivo apagón de los cabezas de cartel históricos. Por retirada o por deceso, se han ido borrando del mapa nombres como Dio, Aerosmith, Kiss, Whitesnake, Ozzy Osbourne, Black Sabbath... Este año se despiden Megadeth y Sepultura. Otros siguen en pie en su pulso contra el tiempo (Judas Priest, Alice Cooper, Deep Purple), iremos viendo hasta cuándo.

En los despachos de los festivales de corte metalero, como el Barcelona Rock Fest, bullen las cavilaciones sobre el camino a seguir, dado que, año tras año, tiende a reducirse el número de tótems disponibles y urge vislumbrar soluciones. Llevamos unos años hablando del conveniente relevo generacional, a cuenta de bandas como Ghost o Bring me the Horizon. Ahí hay un flanco en el que trabajar. El Rock Fest apostó por él cuando en 2024 colocó a Parkway Drive entre los ‘headliners’. En 2025 rejuveneció (un poco) la franja alta del cartel con Slipknot.

Pero el festival de Can Zam apuesta a su vez por otro camino, la ampliación del campo de batalla, superando el nicho del metal y acogiéndose a una noción amplia y más o menos clásica de rock: el año pasado, con Lynyrd Skynyrd; este, abrazando el punk de Sex Pistols, The Offspring y Bad Religion, un movimiento que en 1980 tal vez habría causado un motín, pero que hoy es asimilable. Los lenguajes musicales se han cruzado, y las estéticas, y las tribus urbanas apenas existen, aunque este fin de semana todos sacaran del armario sus camisetas negras con nombres de bandas para acudir a Santa Coloma.

Vistos los carteles de los festivales, la respuesta pasa por una combinación de ambas recetas: atención a bandas metaleras emergentes con tirón y extensión del paisaje más allá del género, haciendo piña en torno a la noción de rock. El mastodóntico Hellfest, en Francia, juntó hace dos semanas a Iron Maiden con The Offspring y Social Distortion. Pero ojo con sobreanalizar las programaciones, porque, a menudo, los festivales (y no solo los 'heavy') no pescan a los artistas que querrían, movidos por un plan maestro, sino a los que pueden, en función de fechas, cachés y tramas industriales, y es luego cuando construyen su relato. Que no es el caso del Rock Fest, un festival más bien dado a la acción y que no dedica tiempo a justificarse.

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