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Noche de inauguración

BEAT, cuatro bestias pardas en algo más que un homenaje a King Crimson en la apertura del Barts Festival

El supergrupo integrado por Adrian Belew, Tony Levin, Steve Vai y Danny Carey dio una nueva vida en el Poble Espanyol a los álbumes ‘crimsonianos’ de los 80, material que sigue siendo de otro mundo

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Jordi Bianciotto

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Barcelona
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Después de su último ciclo de actividad (2013-21), King Crimson ha pasado definitivamente a la historia, como ha revelado su líder supremo, Robert Fripp, quien, por otra parte, ha dado su bendición a un grupo que hereda una parte del viejo espíritu. Se trata de BEAT, cuarteto que rinde honores a la versión ochentera del ‘rey carmesí’, con dos ilustres exmiembros, el cantante-guitarrista Adrian Belew y el bajista Tony Levin, a los que se suman un ‘guitar hero’ situado entre el metal y la vanguardia, Steve Vai, y un batería de alto octanaje, Danny Carey, de Tool, banda extrema y con cierto ascendiente ‘crimsoniano’.

Un equipo de bestias pardas, hay que decir, a quienes correspondió abrir, este domingo, la primera edición del Barts Festival, el nuevo ciclo de conciertos creado por la promotora The Project (3.600 asistentes). Bautismo de altos vuelos, con cuatro músicos de pronunciada personalidad e inventiva, aunque el material que se trajeran entre manos fuera todo él de otros tiempos: en el centro, los tres álbumes del período 1981-84, con los que King Crimson empujó su art-rock setentero hacia el pospunk con renovadas disonancias, cadencias afro-funky y el electrizante desvarío de Belew, que entonces venía de tocar con Talking Heads.

Belew, Tony Levin, Steve Vai y Danny Carey.

Steve Vai durante el concierto de Beat en el Poble Espanyol. / Ferran Sendra

BEAT es así un vehículo bastante distinto de aquel King Crimson neoclásico que vimos por aquí por última vez en 2019, en una doble sesión en el Coliseum, pero no menos estimulante. Con Belew retomando su posición, hubo ese nerviosismo vocal (tan alejado del registro de Jakko Jakszyk o de un Greg Lake), además de un diálogo distinto entre las guitarras: sus tensiones ululantes en complicidad con un Vai que alternó escenas contadas de foco, siempre en los márgenes de las escalas ordinarias, con la función, no necesariamente menor, de guitarrista rítmico y complementario.

El concierto de BEAT constó de dos ‘sets’ y en el primero, que arrancó con los temblores mentales de ‘Neurotica’, pasearon por el casi pop de ‘Heartbeat’ y se acabaron adentrando en el intrincado material de ‘Three of a perfect pair’ (1984). Temas, apuntó Belew, poco interpretados en vivo históricamente (como ‘Model man’), y un tramo final de enrarecida sutileza a través de ‘Industry’ y la tercera parte de ‘Larks tongues in aspic’.

El segundo ‘set’ se decantó por el rompedor álbum ‘Discipline’ (1981), empezando por la instrumental mística ‘The sheltering sky’, con Tony Levin dictando una de sus lecciones (discretas) con el ‘stick’ mientras Belew hacía aullar su guitarra en sutil sincronía con un Vai que acabó soltándose. Sonaron las perlas ‘Frame by frame’ y ‘Matte kudasai’, con su matemática y su poder emocional, y la batida rítmica de ‘Elephant talk’, entregada al baile. Como propinas, nada menos que ‘Red’, rescate del 74 rearmado por un Vai que inyectó ahí un plus de vibración ‘metal’, camino del cierre con ‘Thela hun ginjeet’ y su eco de fusión loca de prog-rock y new wave con vistas exóticas. Una cosecha deslumbrante, aquella, y BEAT no se limitó a recorrerla sino que le insufló un nuevo poder, una mezcla de ciencia y poesía que sigue siendo de otro mundo.

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