Teatro
Crítica de 'L’últim àtom': Jordi Oriol ensaya sobre el fin de las certezas en el Teatre Goya
El espectáculo cruza física cuántica, comedia política y crisis de lenguaje en una propuesta llena de inteligencia teatral y una contundente interpretación de Joan Carreras

Joan Carreras en 'Lúltim àtom'. / César Font

En el Goya, un teatro poco propenso a los experimentos, estos días se puede disfrutar de una fórmula curiosa. Conocido por sus juegos de palabras, su dominio del calambur, la torsión verbal y el equívoco lingüístico, Jordi Oriol deja atrás su shakespeariana 'Trilogia del lament' para abrazar un reto que se asoma a la escena comercial. Etiquetada como tragicomedia apocalíptica, 'L’últim àtom' cruza drama familiar, física cuántica y crisis de lenguaje en un espectáculo disparatado aunque de argumento reconocible. La rareza, esta vez, no está tanto en la forma de explicarlo como en la cantidad de ideas que se superponen en escena.
En el cruce entre la leyenda de 'Edipo rey', la paranoia distópica de 'Ensayo sobre la ceguera', de Saramago, y un perfume de Monty Python, Oriol presenta una historia con la claridad narrativa de un telefilme de sobremesa. Hay una hija desaparecida, una pareja rota por esa ausencia —él, profesor de física; ella, lingüista—, una abuela que pierde el habla y un grupo de asesores atrapados en la urgencia de responder a una amenaza global. A partir de ahí, la pieza mezcla dolor íntimo, comedia política —con vestigios de 'Europa Bull'— y especulación científica. La acumulación de capas necesita mucho ritmo para avanzar, aunque no todas las escenas consigan mantener la misma vibración.
El reparto sostiene en buena parte de esa maquinaria frenética, en especial Joan Carreras con su rotunda presencia y energía. El actor cierra una temporada de papeles histriónicos con un científico desbordado por un duelo que no sabe cerrar ni con ecuaciones ni con palabras. A su lado, Mia Esteve aporta el contrapunto más contenido como una lingüista que se agarra al lenguaje para ordenar el mundo y los sentimientos.
Carme Milán hace lo posible por sostener la tensión como hija postiza, aunque su personaje queda atrapado entre la función simbólica y el escaso desarrollo dramático. Carles Pedragosa se mueve con soltura entre la música y el desdoblamiento de figuras, convertido en motor lateral del absurdo. La broma con Lara Segur —eco de Clara Segura, que finalmente no pudo participar en el montaje— funciona como running joke que Ruben Ametllé suple con entrega, incluso cuando el gag se estira hasta rozar el límite.
Original y acertado, el espacio escénico de Sílvia Delagneau y Max Glaenzel convierte las pizarras donde se esbozan teorías en paisaje físico del montaje. Allí dialogan el gato de Schrödinger, la relatividad de la ciencia y una sociedad que no encuentra refugio ni en la religión ni en el Estado. Oriol no resuelve el desconcierto, lo expande y convierte la falta de certezas en materia primera de la mentira permanente del teatro.
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