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Las máscaras de los escritores

Las mil y una caras del pseudónimo literario: ¿estrategia comercial o ejercicio de libertad creativa?

La publicación de 'Todos siguen aquí', colección de cuentos firmada bajo el enigmático nombre ficticio de Liadan Ní Chuinn, reabre un debate que han alimentado en los últimos años autoras como J. K. Rowling, Elena Ferrante o Freida McFadden

Liadan Ní Chuinn, la nueva voz sin rostro del trauma de Irlanda de Norte

De izquierda a derecha, J. K. Rowling, inventora de Robert Galbraith; Anita Raja, la supuesta Elena Ferrante; Saran Cohen disfrazada de Freida McFadden; y Yasmina Khadra, de nombre real  Mohamed Moulessehoul

De izquierda a derecha, J. K. Rowling, inventora de Robert Galbraith; Anita Raja, la supuesta Elena Ferrante; Saran Cohen disfrazada de Freida McFadden; y Yasmina Khadra, de nombre real Mohamed Moulessehoul / EPC

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David Morán

David Morán

Barcelona
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Las hermanas Brontë publicaron bajo los nombres de Currer, Ellis y Acton Bell porque, según explicó Charlotte, tenían la "vaga impresión de que las autoras son susceptibles de ser vistas con prejuicios"; George Eliot era en realidad Mary Ann Evans; y, sin necesidad de cambiar de siglo, ni siquiera de década, Antonio Mercero, Jorge Díaz y Agustín Martínez le dieron la vuelta a la tortilla saliendo del pastel del primer Premio Planeta millonario convertidos en Carmen Mola. O viceversa.

Otro ilustre premiado reciente, el británico Julian Barnes, firmó un par de novelas policiacas con el apellido de su mujer, la agente literaria Pat Kavanagh; Stephen King se inventó a Richard Bachman para dar rienda suelta a su lado más tenebroso; y la escritora argelina Yasmina Khadra se reveló en 2001 como Mohamed Moulessehoul, un exmilitar que había publicado casi una decena de novelas con el nombre de su esposa para burlar la censura y homenajear a su compañera.

Vale que Sylvia Plath escribió aquello del hombre que "usa un pseudónimo y se arrastra tras él como un gusano", pero en ocasiones un nombre de mentirijilla es lo que marca la diferencia. Es el caso de L. J. Ross, a quien su editorial mantiene a buen resguardo tras sus iniciales "para no espantar a potenciales lectores masculinos". No es un pseudónimo, pero el efecto viene a ser el mismo, como bien sabe Joanne Rowling, a quien Bloomsbury sugirió que mejor firmar las aventuras de su joven aprendiz de mago con un nombre un poco menos femenino. Un nombre como el de, pongamos, J. K. Rowling.

Jorge Díaz, Antonio Mercero y Agustín Martínez, los autores detrás del seudónimo Carmen Mola, con el Premio Planeta.

Jorge Díaz, Antonio Mercero y Agustín Martínez, los autores detrás del seudónimo Carmen Mola, con el Premio Planeta. / Quique Garcia

El secreto de Robert Galbraith

"Si me hubieran dicho que me llamara Rupert, probablemente lo habría hecho", reconoció años más tarde la creadora de Harry Potter y futura Robert Galbraith, alias que se sacó de la chistera en 2013 para estrenar una nueva línea de crimen y misterio. "Anhelaba volver al inicio de mi carrera como escritora en este nuevo género, trabajar sin bombo ni platillo y recibir comentarios totalmente sinceros", explicó la autora, a quien el anonimato le duró poco más de tres meses. Más o menos hasta que un abogado de la firma que la representaba se fue de la lengua y la noticia apareció al día siguiente en 'The Sunday Times'. Rowling, dicen que furiosa, demandó al bufete, pero 'El canto del cuco', su primera novela como Galbraith, pasó de vender 1.500 ejemplares en tres meses a más de 18.000 en apenas una semana. Curioso, cuanto menos.

No he escogido el anonimato, ya que mis libros están firmados. Más bien me he retirado de los rituales que los escritores se ven más o menos obligados a realizar para apoyar sus libros, recurriendo a la imagen desechable del autor. Y hasta ahora me ha ido bien"

Elena Ferrante

Nada que ver, que se sepa, con la enigmática persona que se esconde detrás de los relatos de 'Todos siguen aquí', imponente debut que se ha convertido en uno de los fenómenos literarios del año sin apenas sustento biográfico. Solo un nombre ficticio, Liadan Ní Chuinn, y un par de pistas geográficas y temporales que refieren que nació en Irlanda del Norte en 1998. Y se acabó. Ni una fotografía ni una aparición pública ni una entrevista cara a cara, solo cuestionarios atendidos vía correo electrónico.

Una deliberada apuesta por el anonimato, el camuflaje y, en fin, por alejar la firma de los focos y dejar que la obra hable por sí misma. El pseudónimo como espacio de libertad y no como socorrida estrategia de marketing, lo que nos lleva al que probablemente sea el caso de ocultación literaria más célebre de las últimas décadas: el de la italiana Elena Ferrante. La autora de 'La amiga estupenda' fue un completo enigma hasta que un periodista italiano la ‘desenmascaró’ en 2016 y publicó que se trataba en realidad de la traductora Anita Raja. Nada grave, ya que el mundo prefirió seguir creyendo en Ferrante, fuera ese su nombre real o uno inventado. "No he escogido el anonimato, ya que mis libros están firmados. Más bien me he retirado de los rituales que los escritores se ven más o menos obligados a realizar para apoyar sus libros, recurriendo a la imagen desechable del autor. Y hasta ahora me ha ido bien. Mis libros demuestran cada vez más su independencia, así que no veo razón para cambiar de postura. Sería una incongruencia lamentable", justificó la autora de 'La vida mentirosa de los adultos' en declaraciones a 'Vanity Fair'.

El misterio, sin duda, es parte del encanto, pero también una manera de separar vida pública y privada y, por contradictorio que parezca, reafirmar la propia identidad. “Usar el nombre de Elena solo sirvió para reforzar la veracidad de la historia que estaba contando. El tratamiento ficticio de material biográfico está lleno de trampas. Decir ‘Elena’ me ha ayudado a aferrarme a la verdad”, detalló Ferrante, siempre por correo electrónico, a ‘The Guardian’.

La escritora Freida McFadden, autora de 'La asistenta'.

Freida McFadden, autora de 'La asistenta' y pseudónimo de Sarah Cohen / EP

Dobles vidas al descubierto

De Freida McFadden, la exitosa autora de la serie iniciada con 'La asistenta', conocíamos su habilidad para hacer saltar la banca del thriller psicológico, un buen puñado de fotografías promocionales y que, además de escritora, era también doctora especializada en lesiones cerebrales. La sorpresa llegó hace unos meses, cuando ella misma anunció que llevaba años firmando con pseudónimo y posando con gafas y peluca. Su nombre real, desveló en ‘USA Today’, es Sara Cohen. "Mi objetivo era mantenerlo en secreto hasta que estuviera lista para dejar mi trabajo como médica, para que no fuera como si todos mis compañeros lo supieran de repente y eso afectara mi desempeño laboral", explicó el pasado mes de abril, cuando ya se había percatado de que sus colegas la miraban con curiosidad renovada. La doble vida, además, se había empezado a convertir en un lastre. "He llegado a un punto en mi carrera en el que estoy cansada de que esto sea un secreto. Estoy cansada de que la gente debata si soy una persona real o si soy tres hombres", dijo.

Mi objetivo era mantenerlo en secreto hasta que estuviera lista para dejar mi trabajo como médica, para que no fuera como si todos mis compañeros lo supieran de repente y eso afectara mi desempeño laboral"

Freida McFadden

Aún más sonado, por extraño y extravagante, es el caso de Antoni Casas Ros, fantasma ‘premium’ que irrumpió en las letras francesas con una primera novela, 'El teorema de Almodóvar', que rozó el Goncourt, y una biografía francamente insuperable. En ella, se le presentaba como hijo de madre italiana y padre francés que había quedado desfigurado de por vida tras un terrible accidente de tráfico. Su mujer, que viajaba con él, había muerto en el siniestro. De eso iba, de hecho, un primer libro que causó sensación y del que únicamente habló por correo electrónico.

Nadie lo vio ni habló con él jamás, lo que empezó a alimentar la sospecha de que en realidad era pura invención, un entretenimiento literario que, como se publicó en su día, podrían haber urdido Enrique Vila-Matas, Eduardo Mendoza, Sergi Pàmies, José Carlos Llop o el editor y escritor francés Hugues Jallon. El enigma permanece, aunque hay quien cree que no es casualidad que Casas Ros no haya vuelto a publicar ni una línea desde 2018, año en que Jallon fue nombrado presidente de la editorial Seuil.

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