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Filosofía

El JOMO, el 'joy of missing out', es el nuevo FOMO: "La persona que quiere ir a todo ahora da 'cringe'"

El ensayo 'JOMO. El gusto de perder' de Juan Evaristo Valls Boix explora el 'joy of missing out' como reacción al agotamiento y la presión social por estar siempre conectado

Juan Evaristo Valls Boix, escritor y filósofo, autor del ensayo ‘JOMO’ .

Juan Evaristo Valls Boix, escritor y filósofo, autor del ensayo ‘JOMO’ . / Ferran Nadeu / EPC

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Leticia Blanco

Leticia Blanco

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Juan Evaristo Valls Boix es escritor y profesor de Filosofía de la Cultura en la Universidad Complutense de Madrid. Autor de 'Metafísica de la pereza' y 'El derecho a las cosas bellas', lleva tiempo explorando qué nos hace estar tan cansados siempre y cómo luchar contra uno de los malestares de nuestro tiempo, esa hedonía depresiva que nos convierte en zombis adictos al trabajo, el ocio y la novedad. En el ensayo 'JOMO. El gusto de perder' (Anagrama) explora el 'joy of missing out', el reverso del FOMO, el 'fear of missing out'.

¿Cómo surgió la idea del libro?

Llevo años escribiendo sobre la pereza, el rechazo del trabajo y cómo podemos imaginar una vida buena que no pase exclusivamente por acumular cosas. El JOMO [joy of missing out], la alegría de perderse cosas, me interesó porque más allá del meme, creo que es representativo de una generación que está resignificando la pérdida. Perder, tanto en un sentido moral como económico, siempre ha estado demonizado. Nadie soporta al perdedor ni a los fracasados. Y este rechazo revela la sintonía entre nuestros valores morales, políticos y el de la cultura de la pasión por el trabajo.

¿A qué se refiere con el gusto por perder?

Parece que la relación con lo demás siempre nos tiene que aportar un retorno, el aportas o apartas, y creo que lo que necesitamos es pensar la vida en común de otro modo. Por ejemplo: salir de la cultura narcisista del trabajo.

¿Detecta un cambio de sensibilidad entre los más jóvenes?

Es un trend, sí. Y además es algo deseable. La gente de base, cualquiera, puede ir poco a poco reescribiendo el imaginario popular de las artes de la pérdida: descansar, no ir a los sitios, parar de trabajar, no invertir en uno mismo, no superarse. Es una gran diferencia crucial respecto a los imaginarios millenial de los 2000, que eran más los de viajar a mil sitios, estar espléndida, ser flexible, ser tu propio jefe, etc. Estamos ante una oportunidad política para desenamorarnos del capital, de nosotros mismos, del triunfo obligatorio y enamorarnos de otra forma de vida.

¿Las nuevas generaciones han superado entonces el FOMO?

Es difícil, porque hace décadas que vivimos en una economía terciaria que tiene un solo desafío: captar nuestro deseo y atención. Por eso se ha tiktokizado todo. Pero veo en el imaginario popular memético y sobre todo en una generación, la Z, que tiene niveles de depresión muy altos, que el FOMO empieza a ser visto con suspicacia y desagrado. La ‘hustle culture’, la persona que quiere ir a todo y siempre está contenta, como que da cringe. Antes, dormir hubiera sido de perdedores. Venimos de un tiempo en el que la vida era demasiado interesante: siempre con muchas cosas que hacer, me compro un viaje 'low cost' a no sé dónde… Hoy, en el fondo, todas queremos echarnos una siesta. Estamos todas muy cansadas y empezamos a tomar conciencia de ello.

Juan Evaristo Valls Boix, escritor y filósofo, autor del ensayo ‘JOMO’ .

Juan Evaristo Valls Boix, escritor y filósofo, autor del ensayo ‘JOMO’ . / Ferran Nadeu / EPC

Entonces, ¿el que es demasiado entusiasta ahora genera recelo?

Creo que empezamos a ver con una suerte de asco o desagrado la cultura el ajetreo, de la agitación. Sobre todo después de la pandemia, con la Gran Renuncia. La fantasía de vida buena a través del trabajo, del éxito y de llegar a todo se ha agrietado un poco. Nos hemos dado cuenta de que una vida enganchada al trabajo y a la conexión constante es una vida miserable. Precisamente porque en la pandemia todo paró, menos la conexión y el trabajo. Ha habido una reordenación de prioridades.

Escribió el libro cuando se rompió un pie y se perdió un montón de planes, ¿cómo fue ese descanso obligado?

Cuando me caí, me tumbé, y entonces pude escribir. Aquí hay varias cuestiones. Una es el entender que la filosofía no es un ejercicio de autoridad o de dar consejos, sino que tiene que ver con escuchar el dolor, con hablar desde el punto de vista del enfermo, y no desde alguien que va a resolverte la vida. La posición de la filosofía es la de la ignorancia, no la de la autoridadr. He escrito el libro enfermo porque es una forma de decir: no te voy a dar ningún consejo, yo soy el primero que está empantanado.

¿Se consideraba enfermo?

La enfermedad no era tanto que me rompiese el pie, sino el FOMO loco que tenía. Con el lector comparto esa vulnerabilidad, esa sobreexposición mediática, esa obligación a tener varios trabajos, como cualquier académico, el cansancio acumulado.... Fue una manera de disociarme un poco del yo. Es algo que ocurre también con la enfermedad. Al romperme, me separé de mi yo, que tenía que estar en otros sitios.

En un congreso por trabajo, en un viaje, en todas las fiestas que se perdió…

Sí, es como si hubiese un fantasma: ahí no estoy yo, pero tendría que estar. En vez de eso, estoy aquí en la cama, descansando. Y esa obligación de tumbarte, o ese empezar a pensar desde el cansancio, me pareció interesante porque era, en cierto modo, darle la palabra al cuerpo. Demasiadas veces vivimos en el entendido absolutamente falso de que poseemos nuestro cuerpo y de que gobernamos sobre él. Eso es mentira. Existe una protesta inconsciente de nuestro cuerpo contra un régimen laboral que quiere de nosotros la parte extraordinaria, que nos pone enfermos. Solemos querer seguir trabajando a toda costa. Si fuera por nosotros dormiríamos una hora, nos tomaríamos un paracetamol y un kitkat y a trabajar. Nuestra locura no tiene límites. Y es ahí donde el cuerpo es el gran límite, el que dice basta. Me interesaba explorar esa idea: la protesta de los inconscientes.

Juan Evaristo Valls Boix, escritor y filósofo, autor del ensayo ‘JOMO’ .

Juan Evaristo Valls Boix, escritor y filósofo, autor del ensayo ‘JOMO’ . / Ferran Nadeu / EPC

En el libro cita ‘La soledad del corredor de fondo’ y también a Mark Fisher, un filósofo muy presente en otros títulos como el reciente ‘Imaginar el fin’ de Eudald Espluga, ¿qué tiene Fischer para resultar tan relevante hoy?

Durante la década de 2010 y estos primeros años de los 20 Fischer ha sido una referente para la generación millenial y la Z. Todo el mundo lo lee. Es muy buen pensador, tiene ideas muy lúcidas. Pero empieza a haber una respuesta crítica a la posición de Fischer sobre la cuestión del apocalipsis. Hoy hay muchas imaginaciones del fin del mundo y el hecho de estar pensando en ello continuamente es una revelación en sí misma de la imposibilidad de nuestras condiciones de producción. Es ahí donde surgen los activismos, que proponen cambiar las cosas para que se produzca el fin de ‘nuestro’ mundo, no del mundo. Pensar en el colapso, al final, tiene algo de privilegio.

Una de sus ideas más repetidas es que "es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo".

Fischer fue un depresivo y al final de su vida se suicidó. Sus ideas tienen algo de melancolía, de negarse a perder lo prometido. Puede servir para él, que nació en los 70, pero no tanto para los que hemos crecido en una cultura española noventera, mainstream, basada en los Backstreet Boys y ‘Operación Triunfo’. Los que no tenemos conciencia de haber perdido algo y, sin embargo, tenemos claro es que el presente aquí y ahora es invivible. La cuestión es que nuestro presente se ha vuelto inhabitable y que tenemos que acolcharlo.

Y para eso, en su ensayo reivindica la cama. Es curioso cómo la cama está en todas partes: en la presentación del disco de Rosalía, en la portada del disco de Amaia...

Está en el imaginario popular, sí. Y también existe la cama como un territorio de disputa: la cama como epítome del descanso está muy privatizada. La cama donde dormir ya no es un derecho, sino un bien de mercado, un activo financiero. Hoy lo personal y lo profesional están más ligados que nunca. Y eso habla de una cultura laboral donde el trabajo ya no es un espacio de obligación ni de necesidad, sino de libertad, de exploración del deseo y de autosuperación. El trabajo ha entrado en casa porque trabajamos desde casa, desde la cama. Aunque la imagen de Rosalía sea bellísima, para mí es la forma clara del capitalismo como religión o de la expropiación de las camas.

Juan Evaristo Valls Boix, escritor y filósofo, autor del ensayo ‘JOMO’ .

Juan Evaristo Valls Boix, escritor y filósofo, autor del ensayo ‘JOMO’ . / Ferran Nadeu / EPC

¿A qué se refiere?

Para mí esa cama gigantesca en la que sólo caben Rosalía y Dios, por eso es tan grande, en realidad es como si Rosalía hubiera juntado, si me lo permites, todas las camas de los pisos con los que ella especula inmobiliariamente. Para mí esa imagen habla justamente del descanso como privilegio. La única respuesta posible, en mi opinión, es sacar las camas a la calle. Hay que politizar el descanso, dejar de pensar que el sueño es algo íntimo o privado, y entender que es un asunto público, que requiere unas condiciones materiales para organizarlo y para garantizarlo para todos igual. El ruido, la luz, un techo, el estrés, el insmonio, el llevarte el trabajo a casa, la ansiedad de no poder dormir… Etimológicamente, quienes comparten cama son los camaradas, igual que los compañeros son los soldados que comparten el pan.

En el ensayo asegura que deprimidos somos el consumidor perfecto, ¿por qué?

El depresivo en un sentido clásico, el que ve que nada de esto vale la pena, señala las fallas del sistema. Es el momento de lucidez en un sistema felicista y entusiasta. Pero si pensamos en la forma de depresión contemporánea que Fischer llamaba ‘hedonía depresiva’, es algo que nos atraviesa a todas: el atiborramiento de estímulos, el cansancio hedónico, la incapacidad de hacer cualquier cosa que no sea obtener placer o consumir. Casi cualquier forma de nuestra acción está mediada por el consumo. Estás enfermo, compra. Se ha roto algo, compra. Estás triste, compra. Quieres crecer, compra. Quieres sentirte bien, compra. En una sociedad que se caracteriza por la tiranía de la elección, acabamos eligiendo muy poco porque compramos compulsivamente para sentirnos bien, necesitamos ese retorno de placer para seguir a flote.

Luchar por el derecho a la desconexión y el descanso es encomiable, ¿pero no hay aquí también algo de privilegio? ¿Quién puede permitirse parar de verdad?

En efecto, si la renuncia es un placer, es también un privilegio. Tanto es así que las distintas prácticas del descanso son una mercancía cara, de lujo. Los retiros, los cruceros, los tratamientos de wellness… no todo el mundo puede darse el gusto de perder. De hecho, muchos estamos condenados al FOMO, no por una cuestión consumista de ‘quiero ir a un concierto y al cine a la vez’, sino al FOMO laboral, al ‘no puedo dejar pasar esta oportunidad’. Porque si eres autónomo piensas que no van a volver a llamarte, o que no llegas a final de mes. El FOMO profundo es el multitasking. Le ocurre al rider, al mensajero, al autónomo... En ese sentido, en efecto, perder es un privilegio.

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