Teatro
Crítica de 'Contra Antígona': Andrea Jiménez convoca en el Lliure una democracia de cartón piedra
El montaje convierte a catorce espectadores en coro griego, pero la promesa de fricción política queda atrapada en una lectura sin sorpresas del mito.

Una escena de 'Contra Antígona', en Teatre Lliure. / EPC

Antígona está de moda, nunca dejó de estarlo. Coinciden en la cartelera dos versiones de la obra de Sófocles. En el TNC, Carlota Subirós quiso volver a los orígenes del texto, pero su lectura se atascó en las trampas recurrentes del teatro clásico. En el Lliure, Andrea Jiménez ('Casting Lear') plantea ahora una operación más innovadora en 'Contra Antígona': devolver al coro su papel central en la tragedia mediante un dispositivo participativo del público, una gran idea que tampoco acaba de lucir como esperábamos.
Es cierto, como indican, que el coro es un elemento que se atasca en nuestro “teatro burgués”: o demasiado solemne si se monumentaliza o de atrezo si se reduce a comparsa. Su carácter colectivo simboliza la opinión del pueblo y su naturaleza musical hoy ha caído en el olvido. Jiménez intenta devolverle cuerpo real a través de la participación de catorce espectadores (voluntarios, sin imposición), convertidos cada noche en parte del conflicto entre Antígona, decidida a enterrar a su hermano pese a la prohibición, y Creonte, defensor de la ley de la ciudad. La idea desplaza el foco hacia una pregunta: ¿qué hace el ciudadano ante una ley injusta? Y sí, el coro está ahí, visible y activo, aunque pocas veces genera la fricción política o emocional que el espectáculo promete. Roger Bernat y otros creadores ya exploraron dispositivos participativos más arriesgados que los convocados: ¿miedo a que la espontaneidad desborde la función?
Esa sensación de coro decorativo convive con una representación bastante canónica de la tragedia, sin enfoques novedosos. A pesar del título, Contra Antígona no cuestiona a la protagonista ni dinamita Sófocles; al contrario, lo convoca fielmente mediante una dramaturgia de Jiménez y Victoria Szpunberg. En el entramado, destaca el líder del coro, el Corifeo bufonesco y satírico de Olga Onrubia, contrapunto a la solemnidad de base, aunque también excesivamente didáctico en sus explicaciones, como si la obra no pudiera explicarse sola. Júlia Truyol compone una Antígona más que correcta, economía del gesto guiada con determinación, mientras Xavi Sáez se deja desbordar en el clímax trágico de Creonte. Clara de Ramon, por su parte, intenta insuflar algo de peso a Ismene, la hermana tradicionalmente cobarde.
Tampoco el vestuario modernizante de Sílvia Delagneau ni, sobre todo, la escenografía de Judit Colomer consiguen crear el impacto de la novedad. La acción se sitúa entre columnas griegas medio derruidas, un marco bastante evidente. Más que ciudadanos activos, con sus pinganillos tipo audioguía, los espectadores del coro parecen turistas que se pasean distanciados entre estatuas colocadas en su pedestal.
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