JAZZ
Valentía, decisión y obstinación
El trompetista Oriol Vallès protagoniza uno de los últimos conciertos de jazz en El Molino

Oriol Vallès Molino / Carlos Pérez Cruz

Al igual que hiciera Ambrose Akinmusire en mayo del 2025, Oriol Vallès inició su actuación del viernes a solo. Toda una declaración de intenciones, un gesto valiente, un aquí estoy yo marcando el tono desde el primer soplo, invitándoos a escuchar, a dejaros llevar en volandas por una propuesta con vocación inmersiva. Un año después del paso del trompetista más original hoy en el jazz internacional, un colega de instrumento, nacido en Terrassa, tomó el testigo del estadounidense para espantar lamentos por el cierre de El Molino en poco más de un mes.
Después de casi media hora de música ininterrumpida, Vallès dio la bienvenida “al Milano”. Un lapsus que recuerda que antes que El Molino cerraron otros espacios centrales para el jazz en Barcelona. Optimista, o quizás realista, el protagonista de la noche recordó que, pase lo que pase, la música seguirá adelante, que “nosotros seguiremos tocando”, porque el jazz es, en esencia, una forma de superar los obstáculos y de vivir la vida, aunque se le exija comenzar de cero a diario.

Oriol Vallès Molino / Carlos Pérez Cruz
Oriol Vallès se plantó en el local del Paral·lel al frente de su cuarteto, que incluye a un tipo espléndido como Xavi Torres, un pianista que tiene no solo los recursos sino la expresividad y el don de cambiar el rumbo de la música en cada una de sus intervenciones. Cuando el trompetista bajaba su instrumento, Torres subía un grado o dos la temperatura levantando chispas en el camino marcado por el contrabajista Giuseppe Campisi y por Andreu Pitarch, un baterista de enorme riqueza e ideas con el que Torres se sincroniza.
Vallès sabe elegir la compañía, también escribir música para volar y “sacarle jugo a la trompeta”. Su sonido es cálido, controlado, preciso en los siempre delicados saltos interválicos, y su capacidad para llevar el instrumento a los límites del pianísimo es admirable. Faltan quizá más dinámicas, romper un cierto hilo argumental y anímico, pero su expresión parece ir en relación tanto con su gestualidad en escena como con su discurso, sutílmente irónico. Es su personalidad, decidida y contenida apartes iguales. Con los ojos cerrados, permanece imperturbable. Tan solo esboza alguna tímida sonrisa con algunos destellos de la música a trío.
Ironizó al presentar una balada diciendo que, aunque parecieran “cíborgs, también tenemos sentimientos”. Y demostró cuánto jazz lleva dentro. Y aunque la excusa del concierto era la presentación de su último disco, “Manteca Abstracta” (The Changes), quedó en eso, en excusa para seguir avanzando y explorando nuevas composiciones e ideas, defendidas por cuatro jazzistas de la escena barcelonesa que, por nivel, exigen más locales, no menos.
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