Artista y catalizador social
Bad Bunny, ¿un gran músico o ‘solo’ un fenómeno cultural y político?
El cantante puertorriqueño se ha convertido en el gran icono del mundo latino, capaz de desafiar al imperio estadounidense en su propio territorio y de estimular el orgullo colectivo, mientras sigue viva la discusión sobre su perfil artístico y el carácter revolucionario de su música: ¿un creador y cantante brillante, además de un símbolo?
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Bad Bunny con una bandera de Puerto Rico, durante su actuación en el descanso de la Super Bowl 2026, el 8 de febrero en Santa Clara (California, EEUU). / Associated Press/LaPresse / LAP

Todavía tenemos fresca la imagen de Bad Bunny en la Superbowl, el pasado febrero, llenando un estadio californiano con su plantación tropical y su casita del abuelo, con jíbaros tocados por sombreros pava, reguetón, folclore pasado por lo ‘urban’, perreo y canciones en castellano. Un golpe festivo y desacomplejado en el corazón de la América de Trump, en tiempos de furia, del que salió propulsado un ‘Conejo Malo’ erigido en héroe, no ya para los puertorriqueños, sino para la comunidad latina global. Pero, antes que todo ello, Bad Bunny es un cantante y un músico, y son sus canciones y su voz (tan discutida) lo que ha precipitado esta bola de nieve.
¿Es pertinente distinguir una cosa de la otra, el fenómeno y la sustancia artística, el catalizador de debates culturales y el músico? Estos días, en vísperas del arranque de la gira europea ‘Debí tirar más fotos’ (este viernes y sábado en el Estadi Olímpic), se percibe una discusión pública a raíz de la lista de los 30 mejores compositores estadounidenses vivos de ‘The New York Times’, en la que aparece Bad Bunny (y no Tom Waits, por ejemplo). El prestigioso pianista Brad Mehldau ha publicado una carta (en Substack) en la que acusa al diario de “dejarse llevar por el fenómeno cultural y no por el fenómeno musical”. Pero no parece claro que ambas esferas vivan alejadas una de otra. Así lo ve un profesor de composición musical como Àlex Pérez, del Taller de Músics. “Cuando un artista tiene un impacto popular es porque ha confluido con algo más grande”, observa, dado que “la música no flota en el cosmos, tiene que ver con lo que ocurre en el mundo”, y leerla tal cual, “solo como música”, es un ejercicio que “no tiene sentido”.
Despertar identitario
Tratándose de Bad Bunny, todo luce muy interconectado: su poder para “despertar la identidad de todos los latinoamericanos, reprimida históricamente”, y su lenguaje musical, que funde ahora el folclore tropical con las capas electrónicas, trabajando “con grandes músicos y productores 100% puertorriqueños”, así lo explica la cantante y compositora Marina Molina. Boricua asentada en Barcelona, su grupo, Marina y su Melao, está especializado en la bomba (ahí está su álbum ‘Rezo al agua’, 2025), género con raíces africanas, muy percutivo, que, junto con la plena, se filtra en ‘Debí tirar más fotos’.

Bad Bunny, durante su actuación en el descanso de la Super Bowl 2026, el 8 de febrero en Santa Clara (California, EEUU). / CHRIS TORRES / EFE
En la bomba hay crónica social y protesta, lo cual conecta con el espíritu que envuelve este disco. “Es una música de resistencia desde que nació”, subraya Marina Molina. “En el batey, el lugar donde se tocaba la bomba, las canciones muchas veces deslizaban mensajes secretos en ‘criolle’ sobre cómo iban a escaparse los cimarrones”. Por eso no es raro que Bad Bunny acudiera a esos patrones rítmicos (no hay solo uno: “la bomba es un metagénero con ritmos base como el sicá, el yubá o el cuembé”), en una de sus canciones más acusatorias, ‘El apagón’. Un tema que refleja el maltrato percibido por la metrópolis estadounidense. Como ilustra Molina, “viene la tormenta y todo el país se queda sin luz, hospitales incluidos”.
Con instrumentos reales
El simple hecho de integrar estos géneros tradicionales en su música ya tiene “un valor político”, destaca la cantante puertorriqueña. Y el modo en que procesa esos ritmos con perspectiva ‘urban’ no es ninguna perversión, añade, porque “utiliza los instrumentos reales, no pasando los patrones a la electrónica”. Además, hay que valorar que “proyecte al mundo talentos de la isla”, como Los Pleneros de la Cresta o Chuwi.

Bad Bunny durante su concierto en el descanso de la Super Bowl el pasado 8 de febrero. / JULIO CORTEZ / AP
La dimensión extramusical de Bad Bunny está aparejada con su impronta musical, con ambos parámetros conectados en vasos comunicantes. Su evolución desde el trap al reguetón y, de ahí, a una música latina híbrida que suma capas de historia y de ultramodernidad merece hacerse con un lugar en la conversación. “Lo más destacable de Bad Bunny es que ha reinventado un género, el reguetón, muy rígido en materia de patrón rítmico, códigos y temas narrativos”, cavila Àlex Pérez, que además de impartir clases ha compuesto canciones con figuras de la escena catalana con Lildami, Miki Núñez o Ginestà. “Él es el primer culpable de que el reguetón sea hoy pop, flexibilizándolo y resignificándolo, y fundiéndolo con músicas más atmosféricas o melancólicas. El reguetón de Daddy Yankee y el suyo no tienen nada que ver”.
Discurso y evolución
Que los créditos de autoría de las canciones de Bad Bunny contengan a veces tres, cuatro nombres o más (en línea con la tendencia del pop actual), puede levantar sospechas sobre quien concentra los méritos. “Pero, antes, cuando dominaban los grupos, también podían firmar varios miembros. Ahora, el cantante se junta con otro compositor, un guitarrista y un arreglista y no es tan diferente, Es una tontería pensar que hacer canciones así es menos auténtico”, considera Àlex Pérez. Lo relevante es que Bad Bunny “tiene un discurso”, que presenta “una evolución artística” y que “en cada disco inventa algo nuevo”. Con momentos de extrema sensibilidad, como “esa guitarrita suave que entra en la ‘intro’ de ‘Turista’, o los coros de ‘Café con ron’”.
¿La mejor canción de Bad Bunny? De la última cosecha suele citarse ‘Baile inolvidable’ (la mejor de 2025 en ‘Rockdelux’), tema para bailar llorando, se diría, con ese tránsito del desamparo electrónico a la calidez salsera. Para Oriol Rosell, autor del libro ‘Matar al papito. Por qué no te gusta el reguetón (y a tus hijos sí)’, es otra, ‘Nuevayol’, espejo narrativo-celebrativo-sentimental de la diáspora boricua a la urbe gringa. “Es la canción más grande”, destaca. “Refleja lo que él busca, el vínculo con el pasado, el orgullo de pertenecer a una comunidad”.

Bad Bunny debajo de una pantalla en la que se lee 'perreo', durante su actuación en el descanso de la Super Bowl 2026, el 8 de febrero en Santa Clara (California, EEUU). / EFE
Luego están las aptitudes de Bad Bunny como cantante. ¿Ruiseñor tropical? Bueno, tampoco hace falta exagerar. “Pero la pregunta de si canta bien es un poco antigua”, alega Àlex Pérez. “Si es afinar, tener técnica, un rango vocal, un dominio, podemos decir que él no es un gran cantante, como tampoco lo han sido Bob Dylan o Kurt Cobain”, añade, poniendo ejemplos que podrían parecer provocativos. “Cantar bien tiene que ver con lo que tú puedas expresar y con tener un timbre propio y reconocible, una identidad”.
La ‘psicodelia vocal’
En álbumes anteriores, sobre todo en su etapa más trap, Bad Bunny pasaba su voz por el tan discutido ‘autotune’, que se aprecia mucho menos en ‘Debí tirar más fotos’. Pero usar el procesador de audio no es una manera de disimular que uno no sabe cantar, sino un paso hacia una estética vocal disruptiva, con sus propias leyes, defiende Oriol Rosell. “Se busca una voz cyborg, una abstracción, la evidencia de la máquina, la ‘psicodelia vocal’ de la que habla Kit Mackintosh en su libro ‘Gritos de neón’”, explica, viendo ahí una señal de fractura del marco de valores secular. “Para los adultos que venimos de la cultura del esfuerzo, de saber tocar un instrumento, eso es difícil de entender y causa un choque generacional”.
Quizá por eso, en parte al menos, Bad Bunny propulsa esa corriente consistente en sobreimprimir los lenguajes sonoros urbanos sobre plantillas de música popular tradicional, o al revés, como han hecho otros valores surgidos de reguetón o el trap, de C. Tangana al argentino Milo J. Podría verse ahí una búsqueda calculada de legitimidad. “Todos ellos saben que su discurso más áspero, en el reguetón o el trap, tiene un techo de cristal. Si yo soy Bad Bunny y quiero gustar a los padres de mis fans, debo trascender el género”, estima Oriol Rosell. ¿Acomplejamiento ante las músicas nobles de nuestros ancestros? “Lo hay, sí, pero también un resultado artístico excelente”.
Cuando los estadios se llenan suele ser porque el público ha roto las costuras generacionales. Un logro que Bad Bunny ha alcanzado también en España aun venciendo, apunta Rosell, resistencias iniciales derivadas de la “mirada poscolonial” que dirigimos a Latinoamérica, contrariados porque “este país no ha tenido nunca la influencia en el mercado pop que hoy tienen ellos”. Es, sí, el momento de esa gran esfera cultural, donde Bad Bunny encarna un rol catalizador del que no recordamos precedentes.
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