Teatro
Crítica de la 'Dinamarca' podrida de Lluïsa Cunillé, donde brillan las interpretaciones de Imma Colomer y Pere Arquillué
Albert Arribas desmonta en la Beckett la lectura más atmosférica de la autora y convierte su 'Hamlet' de cámara en una fiesta contra las convenciones de la escena

Pere Arquillué y Lluïsa Cunillé, en un momento de 'Dinamarca' / Sala Beckett

Desde el salón de un humilde apartamento en Copenhague nos llegan imágenes de soledad articuladas como un enigmático cuadro de Edward Hopper en movimiento. Por poco que conozcamos a la autora del texto, Lluïsa Cunillé, esperamos un teatro nutrido de largas pausas, de conflictos insinuados y de una poética de la sustracción que la crítica emparenta con Harold Pinter y sus silencios amenazantes. Y hasta aquí el tópico, porque también el público sabe, o debería saber antes de comprar la entrada, que Albert Arribas ('Opereta imaginària') es un director poco amigo de las convenciones de la escena, proclive a girar cualquier tortilla por más densos que sean sus ingredientes.
Casualidad o no, esta temporada se han estrenado dos textos que la prolífica Cunillé tenía en el cajón desde 2014: 'Boira' (TNC), con dirección de Lurdes Barba, se ajustaba más a una lectura "tradicional", y ahora 'Dinamarca', en la Beckett, es todo lo contrario. Sobre el papel, ambas obras ejercen de díptico sobre una Europa devastada por el neoliberalismo y la crisis económica, aunque también moral. En la pieza de cámara danesa, además, chocamos con una punzante reescritura del 'Hamlet' de Shakespeare. Prescindiendo por completo de la épica, el dibujo contemporáneo del príncipe en la cincuentena, precario y nihilista, carece de esperanza. Ya no interroga al mundo con el "ser o no ser"; simplemente se preocupa por si su madre anciana ha cenado.
Gamberrismo lúdico
Lo que acaba de convertir la función en un acontecimiento es el gamberrismo lúdico de la dirección de Arribas que −después de tres montajes de Cunillé− prescinde e incluso va a la contra del enfoque más atmosférico y ensimismado. Enfrenta los silencios arquetípicos a un grotesco espacio sonoro, ensucia de maquillaje a los personajes hasta volverlos payasos beckettianos de un absurdo casi hierático. Todo acaba envuelto en un telón rojo que, a lo Lynch, empuja la puesta en escena hacia zonas de extrañamiento que disuelven las mentiras del pacto escénico.
El resultado es una lectura del texto retorcida al límite que incluso explota en momentos cómicos. Cada gesto y añadido extravagante agrieta el conjunto hasta transformarlo en una fiesta teatral desquiciada que tiene su clímax en las interpretaciones. Pere Arquillué saca lo mejor de su apabullante técnica; con inflexión y matiz, salta del sarcasmo a la derrota sin inmutarse. Generosa al límite, Imma Colomer se entrega sin red; hay algo magnético en la dignidad con la que afronta el ridículo de su personaje, una mujer incapaz de asumir el pasado. Intérpretes y montaje piden premios, aunque no sea para nada una obra fácil: para entenderlo todo, dijo Brecht, hay que ir al baño, no al teatro.
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