Opinión | La caja de resonancia

Periodista
Pánico a no llenar estadios: ¿qué es la epidemia de los puntos azules?
Llega de Estados Unidos el eco de un posible enfriamiento en la venta de entradas de macroconciertos, pero se equivoca quien fantasee pensando que si hubiera menos ‘shows’ grandes habría más oportunidades para los clubs: son mundos distintos

Un concierto en una imagen de archivo. / MIGUEL LORENZO
Mientras vemos a Shakira elevando a once sus noches en el recinto hecho a la carta en Madrid, a Celine Dion pasando de diez a dieciséis estadios en París y, en Barcelona, a Olivia Rodrigo multiplicando por cuatro sus ‘shows’ del año que viene en el Palau Sant Jordi, llegan de Estados Unidos señales que matizan la euforia por la ‘live music’ de gran formato perceptible desde 2023. Se habla de la ‘blue dot fever’, la epidemia de los puntos azules, el efecto de ver cómo los mapas de localidades de ciertos macroconciertos dejan a la vista zonas de asientos por vender, identificados en Ticketmaster con el color azul, frente al gris de los ya despachados.
Se apunta a ciertos ‘tours’ que han suspendido fechas o las han reprogramado acudiendo al eufemismo de las “causas logísticas”: Post Malone con Jelly Roll, Zayn Malik, Demi Lovato, Pussycat Dolls o Meghan Trainor. El último auge del ‘ticketing’ “ha convencido a algunos artistas de que son más grandes de lo que son”, titula ‘Business Insider’. Cada caso es un mundo, hay figuras que viven crisis de público específicas, así como razones relativas a las agendas personales y, sí, también, errores de cálculo: números altos en las plataformas que no se traducen luego en entradas vendidas, porque son situaciones distintas. Como telón de fondo, los precios de las entradas, que han pasado de una media de 82 dólares en 2020 a los 144 de 2026.
Si se está saturando el mercado ya lo iremos viendo. Siempre flota ese afán algo morboso por aguar la fiesta del ‘show business’ y anunciar el inminente estallido de la supuesta burbuja. Es posible que las piezas se reajusten, porque hoy todos los artistas con vocación ‘mainstream’ tratan de acceder a esa primera división de ‘sold outs’ exprés y ‘superfans’ dispuestos a pagar lo que sea, y casos como Bad Bunny o Rosalía no son una unidad de medida.
Pero se equivoca quien se frote las manos calculando que en un mundo con menos macroconciertos se haría justicia porque habría más oportunidades para los clubs y escenarios pequeños. Nada que ver. La competencia de los grandes ‘shows’ no es la programación de la sala de tu barrio, sino la entrada para la Champions o el gran premio de F1, la reserva en un restaurante con estrella Michelin, el fin de semana en Disneylandia, el tratamiento de salud 'premium' o la visita a la exposición inmersiva de la que todo el mundo habla. Ah, la ‘experience economy’. Y puede incluso que haya quien reserve ese dinero para pagar la cesta de la compra de la semana.
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