Crítica de ópera
Vasilisa Berzhanskaya enamora a los liceístas con Rossini
La cantante rusa interpretó una protagonista de ‘Semiramide’ para el recuerdo, derrochando talento y convirtiéndose en favorita del público liceísta

La cantante rusa Vasilisa Berzhanskaya, con el rol titular de la ópera ‘Semiramide’ de Rossini, en el Liceu. / David Ruano

El Liceu ha regalado a su público un debut de esos que seguro que harán historia. Reemplazando a Adela Zaharia en el complejo y, para muchos, inabarcable rol titular de la ópera ‘Semiramide’ de Rossini, los liceístas quedaron impactados por el impresionante talento de Vasilisa Berzhanskaya, un auténtico portento vocal. Con solo 32 años ya es un prodigio de la naturaleza en cuanto a la amplitud vocal, proyección, expresividad, técnica y virtuosismo. Posee una tesitura inmensa, casi como para ser objeto de estudio: se presenta como mezzosoprano (el papel de Semiramide está escrito para soprano), habiendo incluso interpretado personajes de soprano ligera de coloratura como la mismísima Reina de la Noche de ‘La flauta mágica’ mozartiana...
Con su visión de la monarca de Babilonia, los liceístas pudieron volver a evocar a ese Gran Teatre de hace unas décadas convertido en meca de peregrinación internacional del belcantismo gracias al reinado de Caballé y Gruberova que, defensoras de este repertorio, pusieron al Liceu en el mapa de ‘bel canto’ romántico. Con su Semiramide muy asimilada, Vasilisa Berzhanskaya lo hizo todo defendiéndola con una facilidad insolente, consiguiendo en sus momentos en solitario atrapar al espectador con su magia y transformando los números de conjunto en toda una lección de canto. Su ‘finale primo’ resultó inolvidable, aplicando un ‘canto legato’ de no creerse tras marcarse un 'Bel raggio lusinghier' –escena exigente donde las haya– de absoluto impacto. El público la ovacionó y es de esperar que pueda regresar lo antes posible para ocupar el lugar que se merece junto a las divas liceístas del momento como Nadine Sierra, Asmik Grigorian y Lise Davidsen.

Franco Fagioli y Vasilisa Berzhanskaya, en el Liceu. / David Ruano
El auspicioso debut contó con un experimento que resultó fantástico, encomendarle el papel de Arsace, propio de mezzosopranos, a un contratenor. Y no podía ser otro que Franco Fagioli, quien se mostró impresionante por su dominio del bel canto más ornamentado, superando los escollos del pasaje con un fraseo de experto y con un control del ‘fiato’ marca de la casa. Ambos encontraron en el maestro Paolo Arrivabeni un apoyo constante, controlando con generosidad a la Simfònica del Liceu –en gran forma pese a los escasos ensayos, aunque el conjunto acusó cansancio en las últimas escenas– y un Coro motivado.
Del resto del reparto destacaron el Idreno del tenor Maxim Mironov, sobre todo si se tiene en cuenta lo ingrato de este papel de tesitura imposible y de dificultad extrema a nivel interpretativo –impecable su canto florido de “Ah, Dov’é il Cimento”–, así como el Oroe de Antonio Di Matteo, de sonoro timbre y graves profundos. Mirco Palazzi, como Assur, se mostró siempre en estilo, asumiendo con rigor un personaje con incontables retos que asumir. Muy acertadas las intervenciones de Patricia Calvache como Azema y de Carlos Cosías como Mitriane, junto al Fantasma de Nino dibujado por Marc Pujol.
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