Figura icónica
Eric Clapton, un arte de la guitarra sereno, magnético y sin efectismos en el Palau Sant Jordi, 22 años después
El músico británico desplegó su carisma instrumental en hora y media de recorrido por sus clásicos y diversos estándares del blues, tras una larga ausencia en Barcelona

Eric Clapton en concierto. / ALLISON DINNER / EFE

Antes de que tocar la guitarra eléctrica se convirtiera en un juego malabar y una competición por ser el pistolero más rápido del oeste, estaba Eric Clapton, con su sentimiento y su elegancia, dejando respirar las notas, pellizcándonos el alma con cada digitación. Casi nos habíamos olvidado de ese sereno modo de hacer, poco propenso al gag y al efectismo, cuando este domingo aquella vieja energía volvió a fluir en el Palau Sant Jordi, 22 años después de la última vez.
Noche que abrió un exmiembro de su banda, Andy Fairweather Low (lujosa hibridación afroamericana, con cita a ‘Don’t think twice, it’s alright’, de Dylan) y que, con la estrella ya ocupando su lugar, deparó tanto blues como citas a episodios históricos de su catálogo. El primero, ‘Badge’, con el eco de Cream (y de George Harrison, su coautor), al que siguieron los estándares ‘Key to the highway’ (que grabó con B. B. King) y ‘I’m your hoochie coochie man’. Banda de altos vuelos, con el lujoso punto de anclaje del bajista Nathan East. Fibrosa pareja corista, que dio fuelle a ‘I shot the sheriff’, el tema de Bob Marley cuyo ‘cover’, en 1974, presagió la popularización del reggae fuera de Jamaica. Clapton manejó con expresividad su voz de 81 años y brindó ahí un solo punzante, trepando hasta las notas altas del mástil.

Concierto de Eric Clapton. / EFE
Homenajeó el blues como fuente de su arte, tanto el de corte más eléctrico, vía Chicago, como el del delta, con sus ofrendas a Robert Johnson, incluyendo un profundo ‘Kind hearted woman blues’ que interpretó solo, sentado con la acústica. Abrió ahí un tramo de perfil recogido que condujo a una adaptación muy pausada, tal vez demasiado, de ‘Layla’, y a la canción más dolida de su repertorio, ‘Tears in heaven’, con el trasfondo trágico de la muerte de su hijo Conor.
Fue un Clapton con temple y magisterio, vibrante cuando, en el tercer y último bloque, eléctrico, devolvió a sus orígenes el ‘Cross roads blues’, y finísimo en la cima que suposo ‘Little queen of spades’ (más y más Robert Johnson). Clapton desencadenado, también en ‘Cocaine’, su préstamo de J. J. Cale, el pico más rockero. Y, como, a diferencia del jueves en Madrid, nadie tuvo la ocurrencia de lanzarle ningún objeto, tuvimos bis: el correoso ‘Before you accuse me’, de Bo Diddley, de nuevo el blues como brújula de un músico venido del siglo XX que sigue marcando estilo en el XXI.
[Eric Clapton no ha acreditado fotoperiodistas en esta gira y las fotos que acompañan este artículo, facilitadas por la promotora Live Nation, corresponden a otro concierto no precisado]
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