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Estrena 'La truita'

Emma Vilarasau, actriz: "Barcelona está consiguiendo el sueño de cualquier ciudad: tener público de los 18 a los 80 años"

La veterana actriz debuta en el Poliorama a finales de junio con ‘La truita’, una comedia dramática de Baptiste Amann sobre sobre relaciones familiares y de pareja en la que actúa por primera vez junto a su hijo Marc Bosch y un destacado reparto

Emma Vilarasau encarna a una madre que lidia con la familia en la obra 'La truita'.

Emma Vilarasau encarna a una madre que lidia con la familia en la obra 'La truita'. / Marta Mas

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Marta Cervera

Marta Cervera

Barcelona
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Con tantos años de carrera y ¿nunca había debutado en el céntrico Poliorama de La Rambla?

Nunca. He venido muchísimas veces como espectadora pero es la primera vez que actúo aquí. Todo el mundo del sector me ha contado que desde su escenario se establece una muy buena conexión con el público. Tengo muchas ganas de trabajar en él.

¿Es comparable esta obra con ‘Agost’, otro ácido retrato familiar y social?

No tiene nada que ver. ‘Agost’ es muy americana y esta obra, en cambio, es muy mediterránea y tiene una estructura particular. Combina una comida familiar realista con diálogos muy picados y entrecruzados con grandes monólogos. Son momentos en los que la obra se detiene y explican a un personaje. Ese contraste resulta estimulante. Esos momentos serán muy bonitos porque hasta entonces la gente lo ve todo de una manera pero los monólogos les harán cambiar porque permiten conocer lo que realmente sienten los personajes. Es como si se desnudaran ante el público y eso, espero, creará una intimidad con el espectador.

Usted y su marido en la ficción, que encarna Jordi Boixaderas, acaban de empezar una nueva etapa en la madurez. ¿Es una pareja que se reinventa?

Somos una pareja que nos hemos instalado en un pueblo y montado una panadería ecológica tras una vida de trabajo. No creo que fueran panaderos antes, pero tras jubilarse quieren hacer otras cosas en la vida. Como son gente activa, se reinventan. En esta obra hay muchos símbolos. No es casualidad que monten una panadería.

¿No?

El pan es algo elemental hecho con harina, agua, fermentación… es algo esencial. No quiero desvelar mucho pero hay muchos símbolos en la obra relacionada con la comida. El propio autor explica por qué se llama ‘La truita’ en un fragmento que hemos tenido que cortar porque el montaje era demasiado largo. Durante años se había creído que las truchas eran carnívoras, como la familia protagonista, pero que se ha descubierto que no. Las truchas se dejan la vida luchando, tratando de remontar el río para llegar al lugar donde desovar.

¿El público saldrá con una idea reforzada de la familia o se la replanteará?

Se refuerza la idea de familia, pero hay que hacer un ejercicio de sinceridad. La obra muestra que todo aquello que no se cuenta, cosas que tarde o temprano hemos de expresar. Y si hay algo que decir, mejor no guardárselo dentro y decir las cosas a tiempo.

No sé si en la vida real le dará tiempo de reinventarse algún día a Emma Vilarasau, porque no para de trabajar.

Me gusta mucho mi oficio, el teatro es mi vida. Esta temporada no he dejado de empalmar proyectos. Muchos de ellos los he impulsado yo misma. 'La truita' es uno de ellos. He tenido la suerte de encontrarme con productores como Domènech, de Bitò, que nos abrió la puerta, se leyó la obra y nos dijo: “La he empezado y no la he podido dejar. Quiero estar en este proyecto”.

Teneniendo su popularidad, le será fácil convencer a los productores.

No siempre. Con el director Ferran Utzet, con quien trabajo por primera vez, habíamos llamado a otras puertas que descartaron 'La truita'. Es algo que entiendo porque son ocho personajes, supone mucho dinero para una productora privada. Pero Domènech siempre acaba arriesgando cuando una obra le gusta y busca cómplices. En este caso ha sido el Festival Grec, a quien agradezco su apoyo. Su directora estuvo muy abierta desde el primer momento.

Hace unos años, antes de estrenar ‘Lali Symon’, una obra hecha a su medida por Sergi Belbel, se quejaba de la falta de papeles para mujeres de su edad. Desde entonces no ha parado de estrenar montajes. ¿Qué ha cambiado?

Me he espabilado en buscar personajes y obras como 'La truita', que es muy coral. No hay un personaje protagonista. Es una obra muy equilibrada donde todos los intérpretes tienen dos monólogos para explicarse y toda una cena que comparten todos juntos.

¿Desde ‘Casa en flames’ la solicitan más para films y series? ¿Qué es lo último?

Ahora se estrenará ‘LIA’, una serie de TV3 sobre Inteligencia Artificial. Y me acabo de comprometer con otra que me va a coincidir con los ensayos de ‘La truita’. Es algo que me prometí que no volvería a hacer pero a veces te presentan proyectos a los que no puedes renunciar porque tratan un tema que considero necesario. Iré más cansada, lo sé, pero tenía que hacerlo.

¿Cómo se organiza?

Cuando pasas la mañana rodando y la tarde ensayando has de ser muy ordenada y planificar bien. Suelo aprender los textos con mucha antelación. ‘La truita’ ya me la sé, ahora solo falta hacerla. El trabajo de estudio, que es lo que requiere muchas horas y energía, lo avanzo todo lo que puedo.

‘La truita’ le permite trabajar con otra generación de actores…

Este es uno de esos repartos que te hacen entrar ganas de venir a trabajar. Me hace mucha ilusión trabajar con Sara (Espígul), Miranda (Gas), con Tai (Fati) y con Júlia (Bonjoch). Con ella tenía muchas ganas de repetir después de ‘Lali Symon’ y también de reencontrarme con Arnau Puig. Además actúo con mi hijo, Marc Bosch. Con Jordi Boixaderas, otro veterano como yo, acabamos de hacer juntos 'Els fills' y tenemos otra cosa a la vista. ¡Pasaremos unos años juntos! Es un actor que admiro mucho, nos entendemos.

Nunca había coincidido con su hijo en escena. ¿Es extraño trabajar juntos?

Acabamos de empezar los ensayos y espero que funcione. Tiene gracia porque nuestros personajes son antagónicos: él no me soporta a mí y vicerversa. Será interesante.

Lleva toda la vida dedicada al teatro. ¿Cómo explica las cifras de asistencia de récord de los últimos dos años en Barcelona?

El éxito actual del teatro es el resultado de muchos años de picar piedra. El sector se lo ha currado mucho para llegar a un público transversal y a la gente más joven. Es bueno tener salas de proximidad donde actores y directores noveles se foguean antes de dar el salto a salas más grandes. Todos ellos llegan a otro tipo de público y eso nos beneficia a todos porque la gente que acude a la salas alternativas también van a ver otro tipo de espectáculo. Es maravilloso contar con tantas cosas en la cartelera. A veces he escuchado decir “hay demasiadas salas en Barcelona”, ¡Nunca! Nunca habrá suficientes salas en esta ciudad. Además las salas de proximidad son pequeñas. La gente que empieza necesita tener dónde actuar porque nadie se arriesgará a darles un Poliorama.

¿La veteranía es un grado?

La experiencia cuenta. Yo doy las gracias al público que nos acompaña mucho en las plateas que se llenan. Lo he visto recientemente haciendo ‘Els fills’ en La Villarroel con Jordi Boixaderas y Mercè Arànega. ¡Y venía público muy joven! Eso da una enorme alegría porque el público de mi edad es un espectador fiel y maravilloso que nunca nos ha abandonado. Nos ha seguido a lo largo de los años. Me encanta ver a grupos de 10 y 12 mujeres que vienen juntas al teatro. Esa gente de mi edad nos han apoyado en momentos muy difíciles. Pero ahora estamos consiguiendo el sueño de cualquier ciudad: tener público de todas las edades, de los 18 a los 80 años.

Se cumplen 50 años del Grec y del Lliure. ¿Hemos ido a mejor?

Todo ha cambiado. Estuve el Grec con el Lliure. La primera obra fue en ‘L’héroe’, de Santiago Rusiñol, en el Teatre Grec [en 1983]. Y después hice ‘Les noces de Fígaro’, un montaje que también se estrenó en el Grec un día que llovió. Tuvimos que empezar con retraso y secarlo todo: escenario y escenografía. Son cosas que pasan en el Grec.

¿Qué supone este 50 aniversario?

Es muy fuerte. Me alegro de poder celebrarlo con esta buena sintonía actual con el público porque hubo un momento en el que no era así. Hay que destacar que Barcelona cuenta con un espacio maravilloso, la Beckett, que da oportunidades a nuevos dramaturgos jóvenes que explican cosas desde aquí y hay una buena cantera. Las salas de proximidad también juegan un papel importante en el ecosistema artístico. Estamos construyendo un 'stablishment' teatral muy sólido y fuerte donde caben propuestas muy diferentes.

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