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Los 33.000 restos sin identificar del Valle de los Caídos, protagonistas del documental 'Atlas de la desaparición'
El documental 'Atlas de la desaparición' analiza la manera en que el régimen franquista convirtió el valle en el lugar perfecto para eliminar toda posibilidad de verdad para el futuro

El documental narra el Valle de los Caídos –hoy llamado Valle de Cuelgamuros– como herramienta suprema de ese estudiado proceso de aniquilación. / EPC

Al inicio de ‘Atlas de la desaparición’, del realizador colombiano Manuel Correa sobre la restauración de la memoria y de los cuerpos de las miles de personas enterradas en el Valle de los Caídos después del triunfo del fascismo –se proyecta los próximos lunes y martes en el festival DocsBarcelona–, una simple frase explica lo que fue y para lo que sirvió realmente aquel emplazamiento convertido en gigantesca sepultura de más vencidos que vencedores: “Primero se secuestra. Después se asesina. Y después lo que define este crimen es la violencia contra las pruebas: se borra todo rastro, los cuerpos se esconden y los testigos se silencian”.
Aterrador. La maquinaría represiva del nuevo régimen convertida en una arquitectura mayestática que no es más, como indica el título del filme, que el atlas de la desaparición. Desaparición es sinónimo de ocultación, volatilización y aniquilación. No se puede enterrar los cuerpos y hacer el duelo, los desaparecidos existen fuera del tiempo, comenta la voz narradora de la película. Correa entrevista a familiares de desaparecidos de la contienda española, apunta métodos de hipnosis a los que algunos se han acogido, filma sus encuentros anuales para recordar a los suyos. La cámara recorre las páginas de los libros de registro de inhumaciones en el valle, repletos de errores, y después se centra en los procedimientos en un taller público de arquitectura que intenta llevar a cabo una especie de reparación simbólica con mapas tridimensionales de criptas y osarios.
Los datos que obtienen estos nuevos procedimientos digitales, arquitectónicos y forenses son más devastadores aún, ya que permiten ver cómo estarían amontonados los huesos y cráneos dentro de cajas de muy reducido tamaño. Los cuerpos convertidos en números. La banalización del mal, se comenta en el filme. Eliminar toda posibilidad de verdad para el futuro. La estrategia de la desaparición total. El Valle de los Caídos –hoy llamado Valle de Cuelgamuros– como herramienta suprema de ese estudiado proceso de aniquilación.
Luego las excusas y mentiras para impedir la exhumación de los cuerpos: el agua se había filtrado por las rocas y la humedad había destrozado los restos. Un dato terrorífico: algunos restos humanos sirvieron para llenar cavidades internas de las criptas y ahora forman parte de la estructura del edificio. Ni en su peor pesadilla cinematográfica se le habría ocurrido algo así a David Cronenberg, esa fusión de los cuerpos con el edificio.
Todo el proceso está muy bien contado por Manuel Correa en otro documental que debería ser decisivo en cuanto al tema de la memoria histórica. El filme explica lo que ideó el arquitecto del valle, Diego Méndez; la lucha actual por la exhumación y la reparación y la negativa de la comunidad benedictina que administra el valle a que pudiera filmarse en su interior, razón por la que se han diseñado modelos digitales de lo que permanece oculto en el mausoleo
La historia comenzó en 1940, “cuando el polvo de la guerra no se había asentado”, dice la narradora. Es el año en el que se puso la primera piedra del lugar, dinamitando montañas enteras para conseguir las piedras y utilizando como mano de obra gratis a los presos políticos. El cementerio como arma burocrática de sistemática desaparición. Hay 33.000 restos sin identificar en los osarios del valle. Solo dos lápidas tenían inscritos los nombres de los sepultados: José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco Bahamonde.
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