Arte
Patti Smith y la contracultura con el Vaticano, y EEUU haciendo crowdfunding: abre la Bienal veneciana del mundo al revés
El certamen, que abre al público este sábado, se ha convertido a niveles máximos, e incluso antes de su inauguración, en un escaparate de tensiones geopolíticas, batallas culturales y contradicciones ideológicas del mundo contemporáneo
Este viernes unos 20 pabellones han cerrado por la presencia de Israel en la muestra. La huelga contra “el genocidio en Palestina” ha sido secundada por Austria, Bélgica, Egipto, Lituania, Luxemburgo, Polonia, Eslovenia, España, Turquía, Finlandia, Holanda, Irlanda, Qatar, Malta, Chipre, Ecuador, Reino Unido y hasta Suiza

Patti Smith y Jim Jarmusch, dos de los artistas invitados al pabellón de Ciudad del Vaticano, y una muestra de “Il Gesto”, del artista francés JR, en la fachada de Ca' del Mosto, cerca del puente de Rialto, durante la 61ª Bienal de Arte de Venecia / Reuters

En Venecia siempre acaba pasando algo que parece escrito por Thomas Mann y dirigido por Nanni Moretti. No obstante, la edición de este año de la Bienal de Cultura de la ciudad —que abre oficialmente al público este sábado y cerrará el 22 de noviembre— es posible que incluso los supere. No solo por el terremoto provocado por la reincorporación de Rusia —que vuelve después de cuatro años fuera, desde la invasión de Ucrania— y por la presencia de Israel en medio de las protestas por Gaza. También por algo bastante más asombroso: ver al Vaticano convertido en una plataforma de la contracultura internacional mientras Estados Unidos desembarca en Venecia con un pabellón desorientado, precario y lleno de dimisiones, como si la primera potencia mundial hubiera perdido de repente el interés en representarse a sí misma.
La edición de este año ya venía torcida desde antes de empezar. La muerte inesperada de la comisaria general —la primera africana al frente de la Bienal—, la camerunesa Koyo Kouoh, dejó la exposición principal convertida casi en una obra póstuma. Y sobre esa melancolía cayeron luego las tormentas geopolíticas.

Un miembro de las activistas Pussy Riot con la bandera ucraniana delante del pabellon ruso de la Biennal de Venecia. / MARCO BERTORELLO / AFP
Pasamontañas rosas
En los Giardini, donde los pabellones nacionales parecen pequeñas embajadas de opereta construidas por arquitectos megalómanos, el ambiente recordaba ya esta semana más a una cumbre de la OTAN que a una exposición de arte. Durante la presentación a la prensa, activistas de Pussy Riot y Femen aparecieron con pasamontañas rosas, humo azul y amarillo y consignas contra la presencia rusa. Así, durante unos minutos incluso bloquearon el pabellón de Moscú mientras gritaban que "la sangre es el arte de Rusia".
La escena tenía algo profundamente veneciano: performance política, turistas haciendo fotos y policías italianos observando con esa mezcla de resignación y elegancia burocrática que solo existe en Italia. La discusión, en realidad, es antigua: hasta qué punto se puede llegar para castigar a un país agresor, si silenciar a sus artistas sirve realmente para algo o si el arte debe permanecer como uno de los últimos territorios impermeables al mal humano. La misma pregunta se formula respecto a Israel. Y hace décadas se formuló también respecto a los artistas no franquistas a los que se permitió participar en certámenes internacionales durante la dictadura española.

"Not Yet Titled Works", una de las obras de Alma Allen en el pabellón de Estados Unidos en Venecia. / MARCO BERTORELLO / AFP
Cientos de artistas y participantes han protestado en esta edición. Otros —entre ellos el presidente de la Bienal, Pietrangelo Buttafuoco— sostienen exactamente lo contrario. El argumento, bastante italiano en el fondo, es simple: en el arte no puede haber censura. El Gobierno italiano también le ha criticado y así la Comisión Europea. Tanto que esta última incluso ha amenazado con retirar dos millones de euros de su financiación si la Bienal insiste en no excluir a Rusia. En medio, la pelea también ha provocado la semana pasada la dimisión a último minuto de todo el jurado del certamen.

Una fotografía muestra “Il Gesto”, del artista francés JR, en la fachada de Ca' del Mosto, cerca del puente de Rialto, durante la 61ª Bienal de Arte de Venecia. / MARCO BERTORELLO / AFP
Este viernes unos 20 pabellones han cerrado por la presencia de Israel en la muestra. La huelga contra “el genocidio en Palestina” ha sido secundada por Austria, Bélgica, Egipto, Lituania, Luxemburgo, Polonia, Eslovenia, España, Turquía, Finlandia, Holanda, Irlanda, Qatar, Malta, Chipre, Ecuador, Reino Unido y hasta Suiza.
La contracultura, con el Vaticano
Mientras tanto, el pabellón del Vaticano ha terminado convirtiéndose en uno de los más sorprendentes de esta edición. La Santa Sede ha llevado a 24 artistas a dos conventos venecianos con un montaje sonoro y visual sobre la fragilidad, la memoria y la reparación. Y ahí aparecen Patti Smith, la reina de la contracultura; Jim Jarmusch, el inventor sentimental del cine indie; y otros artistas seleccionados por el suizo Hans Ulrich Obrist, probablemente la figura más influyente del arte contemporáneo europeo y director de la Serpentine Gallery londinense desde hace casi dos décadas. Tanto que resulta difícil comprender lo que ha ocurrido en el arte internacional en los últimos veinte años sin pasar, de una manera u otra, por Obrist.
Pero más aún. Pues el contraste con el pabellón estadounidense —que durante décadas fue una referencia, incluso en plena Guerra Fría, cuando Washington utilizaba el expresionismo abstracto como arma cultural frente al realismo soviético— no podría ser mayor. La elección del escultor Alma Allen, prácticamente desconocido para gran parte del circuito internacional, ha estado rodeada de polémica desde el minuto uno. Y esto porque Allen fue elegido por el Departamento de Estado de EEUU después de que otros artistas rechazaran participar para no someterse a las directivas de la administración Trump contra diversidad, equidad e inclusión y el universo MAGA. Para completar el cuadro, Estados Unidos ni siquiera financió adecuadamente el pabellón y el equipo estuvo semanas intentando reunir dinero para el transporte y el montaje de las esculturas. La primera potencia mundial convertida en crowdfunding cultural.
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