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Perfil

Patti Smith: "Este premio me hace sentir rejuvenecida a punto de cumplir ochenta años"

El descubrimiento temprano del arte como trabajo revolucionario, sus transcendencia espiritual y sus dotes para la improvisación cebados en los sesenta han hecho de la recién premio «Princesa» de las Artes una artista libre y comprometida en el rock, la literatura o la plástica

La artista norteamericana Patti Smith.

La artista norteamericana Patti Smith. / Nacho Nabscab

Chus Neira

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Patti Smith era una niña de poco más de nueve años en New Jersey cuando descubrió en la figura de Jo March, la protagonista de «Mujercitas», de Louisa May Alcott, que una escritora puede ser una heroína y en lo que cantaba Little Richard en la radio que el rock'n'roll era lo más parecido a la energía que le invadía en aquellas horas de la infancia. Con tales epifanías revolucionarias, es fácil acabar desarrollando la firme convicción de que la gente tiene el poder de redimir la obra de los necios, que de los humildes fluye la gracia y que será el pueblo el que, finalmente, mande. Así lo acabaría escribiendo junto a su marido Fred «Sonic» Smith, el guitarrista de «MC5», en la icónica «People have the power», que apareció en el disco «Dream of Life» en 1988, en medio de sus años de retiro doméstico dedicada a la crianza y la poesía.

Smith no acabaría de regresar totalmente a su carrera hasta 1995. Entre una y otra fecha perdió a demasiada gente: su fiel amigo Robert Mapplethorpe, el pianista Richard Sohl, su esposo y su hermano Todd. Hoy Patti Smith lleva todas esas ausencias consigo de una forma pacífica y sanadora y mantiene su actividad artística en todas las formas posible y con la misma fe militante en el progreso social. Cuando esta semana le comunicaron que había ganado el premio «Princesa de Asturias» de las Artes de 2026 escribió: «Cumpliré ochenta años en diciembre, pero más que tener la sensación de estar llegando al final de mi camino, este premio hace que me sienta rejuvenecida. Bendigo cada día como el comienzo de algo nuevo, en un mundo que necesita más que nunca de nuestra comprensión, de nuestro trabajo y de nuestro compromiso para seguir llenándolo de amor y de respeto hacia los demás».

Queda mucho de aquella niña indómita ilusionada con la literatura y cuatro acordes en la mujer que aún hoy, cuenta, cuando está cansada, al final de la noche, agarra su guitarra eléctrica. «Y no siento ninguna diferencia de lo que hice en el 75 o en el 78».

El arte es para ella un trabajo y así, dice, se sintió siempre, desde el primer recital en el que evitó «Patti Smith, poeta» y se presentó como «Patti Smith, trabajadora» a los años neoyorquinos del Chelsea Hotel donde al pasar de los versos en los bares con Lenny Kaye a la banda de rock descubrió que podía ser una actividad remunerada con la que ganarse la vida.

Smith llegó a Nueva York después de haber apurado rápido su primera juventud: un primer hijo entregado en adopción, una estancia en París como artista con su hermana y el debut en el mundo del teatro con Sam Shepard, el hombre del que aprendió a no arrugarse. «Sam solía decirme: 'Si hay un muro delante de ti, derríbalo'. Y eso hice». Por eso cuando llegó a «Horses», el primer disco de art-punk de la historia, del que se cumplieron el año pasado 50 años, el de la portada de Mapplethorpe, la producción de John Cale, y el «Gloria» o «Redondo Beach», Patti Smith ya contenía todo lo que luego iría desplegando: El «Because the Night» con Bruce Springsteen, sus últimos proyectos sobre Rimbaud, Artaud y René Daumal con Soundwalk Collective en forma de discos o de instalaciones, sus fotografías, sus maravillosos libros como el último «Pan de ángeles».

Todo ese camino lo recorrió catapultada por la necesidad de agradecer y reparar. Su generación, explicó muchas veces, había visto desaparecer a Jim Morrison y a Hendrix, Dylan acababa de tener el accidente, los «Rolling» se tomaban un descanso. Al espíritu de los gozosos sesenta en los que había crecido se encomendó, ayudada también por una libertad aprendida en el jazz, en su querido Coltrane. Esa condición de medium —«tienes algo de chamán», le dijo una vez Burroughs— le sigue acompañando hoy en día. Por ella hablan todos los que fueron y los que serán, una humanidad gozosa y sanadora a la que sigue abrazando, con el puño en alto y una dulce sonrisa.

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