El Último de la Fila en Montjuïc
Poesía y bocatas plateados
El Último de la Fila es un delirio de poesía y verbena, de orquesta y punk, de lloro y risa, de salitre y asfalto, de olivo y farola, de Quim y Manolo, genuinamente barcelonés

Manolo GarcÍa y Quimi Portet durante el concierto de El Ultimo de la Fila en el Estadi Olimpic. / FERRAN SENDRA

Si eres de Barcelona es muy probable que no recuerdes la primera vez que escuchaste una canción de El Último de la Fila. “Yo los descubrí desde dentro de la barriga de mi madre”, cuenta Marta, cerveza en mano, subiendo la cuesta hacia la fiesta en Montjuïc.
No sabemos si Marta, como dicen que le sucedió a Napoleón Bonaparte, lloró ya dentro del útero (y escuchando Llanto de pasión). Pero el caso es que desde entonces esa fue la banda sonora en el R5, tres niñas en el asiento trasero, “25 horas” para llegar a Lopera, en Jaén, de donde emigraron sus padres.
El Último de la Fila se expande por esporas en nuestra ciudad. O se transmite genéticamente, como la alopecia o la sonrisa. La nuestra es una ciudad extraña. Su símbolo durante muchos años fue Copito, el único gorila blanco de la historia; la virgen a la que rezarle era la única negra; el ídolo futbolístico era un argentino que, a diferencia del 99% de sus compatriotas, apenas hablaba. Y su grupo, el mejor grupo que ha parido, ese que solo podría haber nacido aquí, es expansivo en una ciudad a menudo discreta. Un delirio de poesía y verbena, de orquesta y punk, de lloro y risa, de salitre y asfalto, de olivo y farola, de Quim y Manolo, genuinamente barcelonés.
Aaron, sin ir más lejos, heredó de su madre la pasión por el grupo. Ella los descubrió gracias a su hermano, 14 años mayor, que le regaló un casete con Astronomía razonable. Bien, su hijo los lleva escuchando desde los cero años (quién sabe si desde su prehistoria uterina), así que es tan fan que incluso hizo un trabajo sobre Aviones plateados para el cole. Sus amigos más bien perrean, pero él se emociona. Aviones plateados le emociona de verdad. Y a David el recuerdo que más le toca ni siquiera lo tiene a él como protagonista: “Fue cuando de repente mis hijas de cinco y nueve años se pusieron a cantar Cuando el mar te tenga”.
Pues bien, no “vuela al viento espuma de sal” pero sí la lluvia menudea y convierte la cuesta en una alfombra acharolada. En los aledaños del Estadi Olímpic, bocatas plateados. Bocatas plateados como aviones plateados. Mucho papel Albal y aún más lata de cerveza. Poesía y alimento. Más que despedidas de soltera, reencuentros de instituto. Una mujer apaga un Winston en una lata de Paté Lapiara y podríamos estar en otra década, porque da igual si los escuchaste por primera vez dentro de la barriga de tu madre o en Studio 54. Caras de gente que parecía que llevaba exactamente 30 años esperándolos. O 300. De pensar: “Me he acordado muchas veces de ti”.
Aunque aún hay clases. Antonio, con su perilla trenzada y su gorra de pana, achina los ojos para enfocar el recuerdo: dice que los vio en la playa de Mataró hace unos mil años. “Pero es que yo lo conocí al Manolo, eh?”. Los hechos acaecieron en la inauguración de una peluquería de Vilassar. Una cuñada de uno de sus hijos le conocía y le pidió a Manolo García que se acercara. “Yo estaba nervioso como una chiquilla delante de Justin Bieber”, dice. “Le dijo gracias 25 veces”, apunta Aitor, su otro hijo. Este, por cierto, también se graduó en Último de la fila. Hay que imaginar a un crío de 11 años con camisa de paramecios y pantalones negro vinilo. Imitó a García interpretando una canción nada obvia, Sin llaves.
Aquí “ya no vienen a merendar, los de la fábrica de gas” y yo ya no vendo latas en los conciertos, sino que escribo sobre lo que pasa antes de este. Y la verdad es que es un mal día para llover, Dios de la lluvia. Pero resulta que abren con Huesos y chispea. Y Manolo García, desde la pasarela, dice: “Su puta madre cómo resbala esto”. Y también dice: “En nombre de todos los del grupo, yo me mojo, como vosotros”. La verdad es que siempre lo han hecho. Son un accidente, un error de medida, los buenos que ganan.
Y luego, claro: “chimenea y tu ropa al sol”. Y también “He visto llorar a los hombres como lloran los niños”, y “Me dices goodbye en tu nota tan ricamente”. Y resulta que Manolo y Quimi, Triana y punk, faralaes y Motown, le cantan a las barras de bar que les ofrecieron “su trocito peor”, pero resulta que son “nuestro trocito mejor”. Y “No hay otros mundos, pero sí hay otros ojos”. Los de las miles de personas, locos de la calle, que bajarán la cuesta en un rato. Que podrían protagonizar la próxima canción de El último.
Y todo, después del festín elevado y popular, tras la lluvia, será más fotogénico. Y la bajada no será tan bajada. El Último siempre, pero siempre siempre, serán los primeros.
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