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La Roses más daliniana

Roses, el origen olvidado de la obsesión azul de Salvador Dalí

La relación de Salvador Dalí con l’Empordà se ha explicado tradicionalmente a través de nombres como Figueres, Cadaqués o Púbol. Pero una investigación impulsada por el periodista Josep Playà propone ampliar este mapa y situar allí Roses como una pieza clave.

La abuela de Salvador Dalí, Teresa Cusí Marcó, posiblemente con el hermano de Salvador Dalí.

La abuela de Salvador Dalí, Teresa Cusí Marcó, posiblemente con el hermano de Salvador Dalí. / ARCHIVO PLAYÀ

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Carles Ayats Aljarilla

Roses
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Hay vidas que no se apagan nunca; solo quedan eclipsadas por el peso del mito. Durante décadas, la geografía daliniana se ha trazado con el rigor de un triángulo: Figueres, Cadaqués y Púbol. ¿Pero qué pasaría si el mapa fuera incompleto? ¿Qué pasaría si el verdadero latido del azul que obsesionó a Salvador Dalí no hubiera nacido en las calas de Portlligat, sino en la arena infinita y la claridad de Roses?

Esta es la historia de una investigación casi detectivesca, de un hilo del que ha tirado Josep Playà, periodista, comisario del 'Any Dalí 2004' y uno de los especialistas más lúcidos en la obra del artista. Gracias al impulso de la 'Associació Rodes' y de los 'Amics dels Museus Dalí', la investigación de Playà ha emergido para reivindicar un legado ignorado: la Roses íntima, familiar y creativa que forjó la mirada del niño que quería ser un genio.

Josep Playà no es un cronista cualquiera. Es un hombre de datos que sabe que detrás de cada extravagancia daliniana hay una raíz profunda. En su intervención, no solo habla del Dalí pintor, sino también del Dalí hijo de una historia silenciada. Su investigación ha servido para corregir errores históricos de biógrafos como Ian Gibson o, incluso, de narraciones poco rigurosas de Josep Pla.

Teresa Cusí y el linaje Dalí

El enigma de Dalí comienza con su abuela, Teresa Cusí Marcó, una mujer de Roses nacida en la actual avinguda de Rhode. Durante años, el relato oficial sugirió un origen irregular, insinuando que Teresa se había unido a Galo Dalí —el abuelo del pintor— mientras todavía estaba casada. Playà, con el rigor que le caracteriza, ha borrado esta mancha: Teresa se casó joven con un pescador de Roses, Pere Berta Riera, pero quedó viuda al cabo de pocos años.

Fue entonces, cuando el destino la llevó a Cadaqués para trabajar de sirvienta en casa de los Dalí, que se forjó el vínculo. Pero su esencia no dejó nunca Roses. Su hermano, el tío Jepic, era pintor en América, un dato que el mismo Dalí evocaba como el primer germen de su vocación. Hoy, el espíritu de la familia Cusí todavía pervive en las paredes del Hotel Risech, propiedad de los descendientes de este linaje rosicler, donde una placa recuerda que el genio, de niño, hacía parada allí en su viaje hacia la inmortalidad.

"He pasado un día colosal"

Playà ha rescatado un fragmento de uno de los libros más fascinantes del artista, 'Un diario 1919-1920. Mis impresiones y recuerdos íntimos'. En este texto, un Dalí de solo dieciséis años describe una estancia en Roses con una sensibilidad sorprendente. El joven Salvador acompañaba a su padre, el notario, a firmar testamentos, pero, mientras él despachaba con su ayudante Cinto Seseras Birba, el hijo se perdía dentro de la bahía.

"El mar era de un azul intenso, luminoso... Qué vitalidad y misterio tiene para mí el mar, y cómo me sugestiona", escribía el joven Dalí el 28 de mayo de 1920. Estas líneas, leídas hoy por Playà, revelan que la obsesión daliniana por el paisaje no era un ejercicio intelectual, sino una emoción primaria nacida bajo el sol abrumador del Castell de la Trinitat. Aquella puesta de sol, que él describió como un "espejo de un cielo agonizante", es el mismo fondo que más tarde inundaría sus telas más célebres.

Roses en el surrealismo

Playà ha identificado diversas referencias a Roses en la obra surrealista de los años treinta. Entre 1933 y 1936, Dalí pintó casi una quincena de cuadros en los que la playa de Roses es la protagonista absoluta, a menudo incluso con el título explícito de 'Platja de Roses'.

Cuadros como 'Aparició de la meva cosina Carolineta a la platja de Roses' (1934) o 'L’instantània de la presència de Lluís II de Baviera, Dalí, Lenin i Wagner a la platja de Roses' (1936) no son escenarios oníricos abstractos. Playà ha demostrado que en estas obras se puede reconocer la silueta nítida de las Illes Medes o la forma del Montgrí, tal como se ven exclusivamente desde Roses. El artista, incluso desde Nueva York o París, continuaba pintando su bahía, el lugar donde las tartanas de su infancia se convertían en objetos fantasmales sobre la arena.

'La Pesca de la tonyina' (1966) es, según Josep Playà, la obra que mejor resume el vínculo de Salvador Dalí con Roses. El cuadro, de grandes dimensiones, nace de los recuerdos familiares sobre la almadraba y de la imagen poderosa de la sangre de los atunes tiñendo de rojo el agua de Canyelles Grosses, una escena que impresionó profundamente al artista.

Amigos, fútbol y playa

Pero Roses no fue solo memoria pictórica: también fue espacio de juegos, amistades y vivencias de juventud. Testimonios como el de Esteve Bech Cusí recuerdan a un Dalí adolescente jugando al fútbol en la playa y compartiendo ratos con amigos como Jaume Miravitlles. Todo ello refuerza la tesis de Playà: Roses no es un escenario secundario en la biografía daliniana, sino un espacio clave para entender tanto su obra como su universo personal.

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