Concertista heterodoxo
James Rhodes: "España es una puta Disneylandia comparada con Inglaterra. He conocido lo bueno y lo malo, pagué una factura brutal, y sigo enamorado y bien, por primera vez en mi vida”
El pianista presenta este martes en el Palau su nuevo álbum, ‘Manía’, en el que recorre su vida desde “el infierno” que vivió en el Reino Unido hasta “la esperanza” que encontró en España, y reflejando el ruido político que propició su iniciativa de impulsar la ‘ley Rhodes’ de protección de la infancia: “Los de Vox intentaron deportarme y me amenazaron de muerte”
Las seis claves de la 'ley Rhodes' contra el maltrato infantil

El pianista James Rhodes. / EPC

El nuevo álbum de James Rhodes se titula ‘Manía’ (con acento, recordándonos es un feliz ciudadano español desde 2020), una palabra que nos transmite significados relativos a la pasión y la intensidad, pero también a la obsesión. Para él, el disco expresa una implicación emocional intensa, dado que sus 13 piezas clásicas seleccionadas hablan muy particularmente de su peripecia personal. “Cuenta mi historia, desde el infierno que viví en Inglaterra, hasta la esperanza que encontré en España, y cada pieza representa un momento”, explica el pianista londinense, afincado en Madrid desde hace nueve años.
El Palau de la Música acoge este martes la presentación del disco, en el que transmite la evolución de su relación con España: las piezas de Rachmaninov expresan primero “el alivio de llegar aquí”, cuando todo le parecía maravilloso (“Ana Rosa era una filósofa y ‘Sálvame’ era como ir a los Oscar”, bromea), y luego la cara B, cuando percibió que sus iniciativas políticas, que condujeron a la llamada ‘Ley Rhodes’, de protección de la infancia (aprobada en 2021), generaron furibundos ataques personales. “Los de Vox intentaron deportarme y me amenazaron de muerte, y dijeron que yo parecía más un violador que una víctima. ‘Deja a nuestros niños en paz’, ‘puto rojo’, ‘vuélvete a tu país’...”, recuerda. “Cosas que para mí eran impensables”.
Un precio a pagar
Pero ni los episodios más funestos han alterado sus sentimientos hacia España. “Pese a todo lo que ocurre, al ruido que sale del Congreso, a las desigualdades..., España es una puta Disneylandia comparada con Inglaterra. He conocido lo bueno y lo malo, pagué una factura brutal, y sigo enamorado y bien, por primera vez en mi vida”, explica. La cita a una pieza de Alberto Ginastera apunta a su matrimonio con la actriz y modelo argentina Micaela Breque. “Es para mi mujer, sí. Tengo una suerte enorme. Cuando llegué a España no sabía nada de Serrat ni de Sabina, y ahora con ella he descubierto a artistas como Charly García. Qué lujo”.
Rhodes, el chico salvado por la música, y por Johann Sebastian Bach, tras arrastrar un traumático historial de abusos sexuales (de los que habló en su libro ‘Instrumental’, 2014), se acoge a estos compositores (y otros como Albéniz, Brahms o Chopin) para exponerlos al auditorio de un modo distanciado de la ortodoxia tradicional. Esa es su constante desde hace años, y así será en el Palau, rompiendo con la actitud de los “pianistas que suben al escenario con cara de no soportar al público”, hace notar. Le gusta “hablar un minuto o dos antes de cada pieza”, sin pretender banalizar la interpretación, sino más bien apuntando a la introspección.
“Ahora estamos todos enfocados hacia fuera, con las redes, y un concierto de música clásica para mí es el último refugio en el que podemos desconectar por completo”, explica. “Solo pongo una luz en el teclado, para poder verlo, apagamos las del local y el público puede cerrar los ojos y escapar durante una hora y media”. Le fascina pensar que estará tocando a autores como Chopin “de la misma manera que se hacía hace 200 años”. No crea música nueva, pero “interpretar es una manera de componer, porque hay muchas voces y melodías escondidas en la pieza y tú debes elegir qué quieres hacer”, observa. “No soy el mejor pianista del mundo, nunca llegaré a los pies de Grigori Sokolov o de Martha Argerich, pero estudio y ensayo mucho para expresar lo que quiero con la música”.
Dos oídos bastan
A James Rhodes se le ha podido ver en contextos muy dispares, llevando su noción de recital de piano más allá de los contornos académicos. “He tocado en escuelas, hospitales, cárceles... También en el Sónar”, apunta, crítico con el modo de hacer de las salas de música clásica. “Eso de que para asistir a un recital tienes que saber cuántos movimientos hay en una sonata de Beethoven... No, ¡solo necesitas dos oídos!”, estima. “He tocado dos veces en el Auditorio Nacional, agotando entradas y trayendo a un público joven. Se han sorprendido: ‘¿Cómo lo has conseguido?’. Pero allí nunca me invitarán a tocar. Fuimos nosotros que alquilamos el recinto, asumiendo los riesgos. Para ellos, tenerme ahí es como una blasfemia”.
Confiesa haberse arrepentido “muchísimas veces” por haberse expuesto tanto personalmente, con sus libros y sus iniciativas, pero “ha valido la pena”, deja claro. “Sé que hemos ayudado a un montón de niños, que son personas invisibles porque no pagan impuestos, ni votan. Es el mundo en el que vivimos”. Su manera de encauzar su defensa de la infancia y atarla en corto es su propia Fundación Rhodes, de apoyo psicológico a niños y adolescentes. “Porque pagando impuestos no puedo saber si ese dinero va a las cosas que realmente importan o al bolsillo del hermano de Ayuso o la caja B de algún partido, y la Fundación la pago yo y soy yo quien decide”.
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