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Teatro

Crítica de 'Camino a la Meca': Lola Herrera y Natalia Dicenta, encuentro íntimo en el Goya

Claudio Tolcachir dirige una obra de Athol Fugard sobre la vejez y la libertad creativa que se ambienta en la opresiva Sudáfrica del 'apartheid'

Lola Herrera y Natalia Dicenta, en 'Camino a la Meca'

Lola Herrera y Natalia Dicenta, en 'Camino a la Meca' / Focus

Manuel Pérez i Muñoz

Manuel Pérez i Muñoz

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La presencia de un tótem teatral como Lola Herrera supone un gran reclamo, y si además comparte escenario con su hija, Natalia Dicenta, el gancho es mayor. Pero 'Camino a la Meca' no se sostiene solo sobre el aura extrateatral. La obra, escrita por el sudafricano Athol Fugard a partir del perfil de la artista Helen Martins, sitúa la acción en pleno 'apartheid', en una pequeña comunidad calvinista blanca marcada por la vigilancia moral. En ese marco, el autor examina cómo la voluntad de amparo puede derivar en control cuando se cuestiona a quien vive al margen. Claudio Tolcachir dirige el texto como un drama íntimo de ideas que gira en torno a la vejez y la libertad individual.

En los últimos años, montajes como 'El pare', de Florian Zeller, han retratado la etapa final de la vida desde diferentes enfoques menos arquetípicos. Fugard no plantea un 'biopic', de hecho el argumento dulcifica la vida del personaje y pasa muy de puntillas sobre la ignominia de la segregación racial. Miss Helen (Herrera) vive sola, convertida en una figura incómoda para el pueblo por su independencia y por sus esculturas que desafían la ortodoxia religiosa. A su lado aparece Elsa (Dicenta), amiga llegada de la ciudad, ariete de sororidad y voz de resistencia frente al pastor Marius (Carlos Olalla), portavoz de una comunidad que hace de la ayuda una forma de preservar su propio orden. Emerge un debate sobre la autonomía de los mayores y la creación artística como espacio de desobediencia.

Sin concesiones a la afectación

Conocido en Barcelona desde 'La omisión de la familia Coleman de Timbre 4', Tolcachir afina su estilo bonaerense sin casi concesiones a la afectación. Depura así un naturalismo atento al matiz y a la escucha. En una escenografía funcional, el montaje arranca con una cadencia algo plana y se despliega poco a poco en una única escena con silencios espesos y vínculos expuestos a fuego lento. Hay pasajes menos dinámicos y otros en los que el pulso se acelera de modo efectista, aunque en conjunto el drama crece sin subrayados evidentes, lo cual se agradece.

En ese terreno, entre la precisión y el detalle, Herrera compone una Miss Helen que viaja desde la vulnerabilidad hasta el empoderamiento. Dicenta evita quedarse en el simple reflejo filial y dota a Elsa de calidez y empatía, aunque también de una convicción algo brusca. Olalla, por su parte, evita el trazo grueso de antagonista y convierte al pastor en una figura ambigua. El trío defiende con solidez un montaje que acaba convenciendo por su factura de calidad. A sus 90 años, Lola Herrera no comparece solo como leyenda, sino como una actriz capaz de sostener la función con una autoridad serena. 

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