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Opinión | La caja de resonancia

Barcelona

Ser fotógrafo de conciertos, un trabajo estresante e ingrato

Resulta bochornoso tener que hacer notar que los fotoperiodistas que cubren los eventos musicales no son pillos que quieren colarse gratis, sino profesionales que tan solo tratan de hacer su trabajo, muy exigente y cada vez peor tratado

Rosalía durante su último concierto en Barcelona.

Rosalía durante su último concierto en Barcelona. / EPC

Pasados los conciertos de Rosalía, la discusión sobre el derecho a la información (gráfica) y el celo protector sobre una carrera musical se va apagando. Cuando nos topemos de nuevo con episodios semejantes (que será pronto, a cuenta de otros artistas), volveremos a señalarlos, los que llevamos años haciéndolo, como en este diario, mientras pasen a otro asunto las tertulias de radio y televisión. “No Rosalía, no news”. Esto es así, pero antes de que la conversación se desvanezca del todo, unas precisiones.

Estos días se ha pintado, incluso en medios públicos, a los fotoperiodistas de conciertos como una tribu de pillos que trata de entrar gratis en los conciertos y de situarse en lugares “de privilegio”. Causa bochorno, para empezar, que se ignore que, a los fotógrafos, en los conciertos en que su presencia es aceptada, se les permite acceder a dos o tres canciones, tras las cuales son invitados a esfumarse a toda velocidad, a veces a empujones, no sea que su presencia moleste al artista o al público.

Su “privilegio”, cuando lo hay, consiste en poder situarse durante cinco, seis u ocho tensos minutos en un lugar en el que figura que pueden tratar de hacer su trabajo. A veces, ni eso: pueden descubrir que no se les coloca en el foso, a pie de escenario, sino en la mesa de sonido, a 40 metros, o en el quinto pino (véase Katy Perry). Las canciones suelen ser las primeras de la noche, pero no siempre. Hace dos años, Rammstein seleccionó las últimas (y los fotógrafos tuvieron que esperar hora y media fuera del Estadi). Por otra parte, en conciertos como los de Rosalía, repitámoslo, aunque hayas pagado tu entrada está prohibido entrar una cámara profesional.

Ser fotógrafo de conciertos es un trabajo tan exigente (que comporta una técnica y un arte muy específicos) como ingrato y estresante. “La sensación hoy es que no haces más que molestar”, me cuenta el maestro Ferran Sendra. Sí, al artista, a la organización, al público. Y, encima, algunos te tratan de parásito.

La falta de reconocimiento no es tan nueva: hace muchos años jugué a ser fotógrafo por una tarde en un festival de rock (Reading ‘92: guardo una bonita colección de fotos movidas de L7 y Henry Rollins) y ya entonces me horrorizó cómo se trataba al gremio en los fosos. Apretujones, órdenes marciales a voz en grito, largas esperas. Nunca más, me dije. Pues sí, la próxima vez que toque remover el debate en las tertulias (¿cuando vuelva a actuar Rosalía?), un poco más de conocimiento y de respeto, tengan la bondad.

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