Opinión | Óbito

Periodista y escritor
Beatriz de Moura, la editora y una mujer fuera de serie
Muere Beatriz de Moura, fundadora de Tusquets y pieza clave de la historia editorial de España
Beatriz de Moura, el vendaval carioca que revolucionó el panorama cultural desde Barcelona

La editora Beatriz de Moura, fundadora de Tusquets. / Maite Cruz
Fue mucho más que una editora. Estaba al tanto del mundo, como si lo mirara todo desde un agujero con ojos. Reía desde siempre, desde que era una niña, y a veces era niña y mujer a la vez, generosa y sutil, y rabiosa, un ser humano que había vivido la pasión de editar con enorme energía, contra la mala literatura, a favor del placer de leer.
Los grandes de la época, extranjeros y españoles, la quisieron como consejera, y por tanto editora, para explicar mejor sus escrituras. El caso de Luis Landero, que llevó su primer libro por muchos sitios, fue emblemático, singular: ella leyó su edad tardía como si se lo hubiera encargado el subconsciente, y terminó haciéndole un paradigma de su editorial: Beatriz acertaba, sabía por donde debían ir las invenciones.
Escribía, en Césare Cantú, aquella hermosa casa editorial, sentada contra el mundo, estudiando. Por ahí vinieron nombres propios que ella moldeó y quiso, y cuando no acertaba con el tono adecuado le pasaba las obligaciones a su marido, Toni López, con el que paseaba en los días de asueto, en Barcelona, como si fueran dos muchachos buscando más autores o, simplemente, mirando la ciudad que ellos (como Barral, como Castellet, como tantos) hicieron mejores. Almudena grandes fue una siempre, y un árbol, de esa alianza, y tanto sirvió para la vida de la editorial.
Siempre me pregunté cómo pudo conjuntar su pasión por competir con la amistad, por ejemplo, con Jorge Herralde. Esa época de Barcelona la tuvo a ella, con Carmen Balcells, como la mejor de las batalladoras; primero trabajó en una especie de lugar privado, en su casa de casada (con Óscar Tusquets, el arquitecto, precisamente, el que le dio nombre a su mejor legado, Tusquets) y después se hizo del mundo.
Apasionada, la vi discutir en Francfort por este o aquel libro que quería para ella, pero la vi a las carcajadas con los que le habían robado, o no, su presa. Era una lectora fuera de lo común; tenía la tranquilidad de las monjas, y se empeñó en ser ella misma hasta el final, cuando decidió que el futuro de su importante empeño tenía que pasar a manos de quien la quiso: el equipo de Planeta. Es muy difícil irte de tu propio sitio y acertar después con el hueco que encuentras.
Este encuentro de Tusquets con Planeta, que tiene al frente al impar amigo (de todo el mundo) que es Juan Cerezo, es algo que puso en marcha Beatriz como si estuviera cumpliendo un sueño: la identidad de Tusquets, aquella ocurrencia, no debía dejarse jamás de lado. Tusquets es Tusquets y es Tusquets.
Ella ya no tenía que decirlo: aquello iba viento en popa, era fácil ver que las noches de las ferias, sin Beatriz, seguían siendo las de Beatriz; los autores, los que se quedaron para siempre y también los que se fueron y volvieron, o viceversa, tenían de Beatriz de Mauro la opinión que se va con ella: era difícil de explicar tanta energía moral, tanto saber literario, y si eso fue así, y siguió siendo así, porque antes hubo una mujer como esta.
Ahora ya no está Beatriz, está Tusquets, está su gente, está el aliento que la literatura recibe de una mujer fuera de serie cuya muerte ahora pone en alto su figura y es para siempre.
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