Entrevista
Llucia Ramis, escritora: “Me flipa que la solución a la vivienda tenga que ser hipotecarte, heredar o irte a casa de tus padres”
La escritora Llucia Ramis reflexiona en 'Un metro cuadrado' sobre la precariedad habitacional en Barcelona a través de sus experiencias personales desde los pisos que ha habitado en los 30 años que lleva en la ciudad

La escritora Llucia Ramis publica un nuevo libro, 'Un metro cuadrado', sobre la vivienda. / Pau Gracià / EPC

“Mis recuerdos se dividen entre las casas en las que he vivido, los trabajos que he tenido y la gente con la que he salido”, explica Llucia Ramis al principio de ‘Un metro cuadrado’ (Premio de Ensayo Libros del Asteroide, en mayo en Anagrama Llibres). De esas tres cosas, pero sobre todo de la primera, de lo que llamamos casa, hogar o vivienda, va su último libro, un recorrido entre lo personal y lo sociológico por los 10 pisos en los que ha vivido esta mallorquina desde que aterrizó en Barcelona hace 30 años, con 18.
El libro, un viaje desde los albores del franquismo hasta hoy sobre cómo de intricadas están la precariedad habitacional, laboral y sentimental, está dedicado “a los que no saben dónde vivirán el año que viene”.
El primer capítulo está dedicado al piso de la calle Manuel de Falla en el que vivió de 1995 a 1996. Costaba 40.000 pesetas al mes y lo compartió con otra mallorquina. ¿Cómo surgió la idea del libro?
Hace tiempo que me apetecía volver a los pisos en los que había vivido para saber si queda algo de nosotros en los lugares que hemos habitado. Los lugares nos marcan mucho, los paisajes y las casas. Pero, ¿hasta qué punto nosotros también los marcamos a ellos? Siempre me ha fascinado las vidas que dan vida a los edificios, las calles, los barrios, a las ciudades. Y no sólo las presentes, también las pasadas.
Vino a Barcelona hace 30 años desde Mallorca. Supongo que también era una manera de responder a la pregunta: ¿de dónde soy?
Claro, yo vengo con 18 años a Barcelona y en la pandemia la gente me decía: ¿Por qué no te vas a casa? Yo pensaba: llevo 25 años viviendo en Barcelona pero, ¿cuál es mi casa? ¿La casa de mis padres? ¿Mallorca, Barcelona? Llevo más de media vida viviendo aquí y sin embargo no dejo de sentirme mallorquina. Y de los pisos en los que he vivido, ¿cuál es mi casa? Porque para mí lo han sido todos, pero al mismo tiempo no lo era ninguno. Entonces me di cuenta de que el inquilino o la inquilina se va sintiendo, sin darse cuenta, cada vez más inseguro.
¿Por qué?
Porque no tiene la sensación de refugio. Cuando tú firmas el contrato de alquiler, empieza una cuenta atrás: no sabes dónde vas a estar al cabo de tres o de cinco años, si te van a renovar el contrato ni a qué precio. Ya no es solo que tengas que buscar otro piso, es que a lo mejor te tendrás que ir de esa calle, del barrio, de la ciudad o de la isla.
Hay mucha gente que no heredará, y no son desconocidos, son mis vecinos. En el fondo, estamos más cerca de vivir en la calle que de ser multimillonarios
Y entonces, ¿qué haces?
Mantienes lo que tienes, aunque todo esté hecho polvo. Aunque no funcione el grifo, no le dices nada al casero para que no te eche. Para ser el inquilino perfecto. Además, en la crisis de la burbuja inmobiliaria me empezaron a recortar colaboraciones, pero no me atreví a pedir una rebaja en la renta por el miedo a que pensaran que no era solvente. Te callas y te vas guardando todo eso. Te buscas la vida.

Retrato de Llucia Ramis, que publica un nuevo libro, 'Un metro cuadrado', sobre la vivienda / Pau Gracià / EPC
¿Cómo?
Buscando más trabajos y conviviendo con personas con las que a lo mejor no convivirías. Yo me iba a vivir con mis novios a veces cuando acabábamos de conocernos, porque era la manera de dividir gastos. Todo eso genera una sensación de inestabilidad e inseguridad que trasciende a todos los aspectos de tu vida. Todo el rato tienes la sensación de que no vales nada. Nos dicen que tenemos que ser propietarios. Y si no tienes nada, es lógico pensar: no valgo nada.
Hay un paralelismo entre la subida salvaje de los pisos, la precariedad laboral y la inestabilidad sentimental.
¿Qué alternativas tenía? Volver a casa de mis padres. Pero eso era irme a Mallorca, a 200 kilómetros por mar. Cambiar de vida. Cuando tienes tu vida aquí, tu amor, tu familia elegida, tus amigos, tu trabajo, cuando has creado tantos vínculos, te preguntas: ¿por qué se me expulsa?
Una cosa es el turismo, y otra, el turismo masificado. Para mantener el monocultivo, siempre hace falta más y más. Eso hace que Mallorca sea insoportable
El libro tiene un final ‘feliz’, con una pareja estable y una hipoteca.
Los finales felices no existen, son finales editados. Nos han vendido que la única manera para conseguir la estabilidad es creando una familia. Yo no he hecho eso, cada uno vive en su casa. No me caso, pero me hipoteco en contra de mi voluntad. Me flipa que la solución a la vivienda tenga que ser hipotecarte, heredar o irte a casa de tus padres. Esa no puede ser la solución.
¿Y por qué no quería hipotecarse?
Porque yo no me quiero casar con un banco. Yo no quiero deberle nada a nadie. Se supone que estoy cobrando lo suficiente como para pagar un lugar en el que estaré un tiempo indefinido. No necesito un ‘para siempre’, no necesito poseer un piso en Barcelona. ¿Por qué deberle 30 años de mi vida a un banco, a una empresa privada? Deberíamos tener derecho a la vivienda sin la necesidad de hipotecarnos. Entonces me di cuenta de que toda la estructura de la sociedad española desde el franquismo ha consistido en crear una sociedad de propietarios.

Retrato de Llucia Ramis. / Pau Gracià / EPC
¿Y cómo ha evolucionado esa estructura?
Hacia una sociedad de inversores. Tú no le puedes decir a la gente que puede hacer negocio con la vivienda pero que no se haga rica. ¿Los fondos de inversión sí pueden enriquecerse y yo no? Al final todo el mundo cree legítimamente que si tiene una propiedad puede ganarse la vida con ella. Personas con salarios inestables y precarios saben que alquilando habitaciones van a ganar más dinero que trabajando, así que compran un piso en el extrarradio, y pagan la hipoteca con lo que obtienen de los alquileres. Al final quieres un valor seguro para la jubilación y la vivienda lo es, porque siempre su precio tiende al alza, nunca va a faltar demanda.
Estamos a las puertas de la mayor transferencia de riqueza de la historia, de los ‘boomers’ a sus hijos. ¿Al final la gente se dividirá entre los que heredan un piso y los que no?
En la misma franja salarial, la realidad es muy diferente para los que han heredado y para los que no, porque estos segundos dedicarán el 40, el 50, el 60% de su salario a pagar el alquiler y no podrán ahorrar nunca para pagar una entrada, si quieren hacerlo. Pero hay mucha gente que no heredará, y no son desconocidos, son mis vecinos. En el fondo, estamos más cerca de vivir en la calle que de ser multimillonarios. Dos mil personas duermen en la calle en Barcelona. Quería hablar de ellos y de amigos míos que están al borde de la precariedad, gente que tiene que convivir con su ex porque no le queda más remedio, por ejemplo. Tenemos muchos amigos periodistas, se supone que con un salario normal, que están de alquiler y viven acojonados. Con el miedo a: ¿y si viene un fondo de inversión y compra el edificio? No se puede aguantar esa incertidumbre durante tanto tiempo. Por eso, en cuanto reuní unos ahorros, me hipotequé. Nunca habría imaginado que haría algo así.
Cuando se habla de vivienda digna, ¿a qué nos referimos?
Creo que se confunde el derecho a tener una vivienda con el derecho a tener una propiedad. El centro está puesto en la propiedad y tiene que ponerse en la vivienda. Todos tenemos derecho a una vivienda digna, sea de propiedad o no.

Retrato de Llucia Ramis, que publica un nuevo libro, 'Un metro cuadrado', sobre la vivienda. / Pau Gracià / EPC
¿Qué es entonces la dignidad?
Nuestra memoria. Nosotros somos la memoria de las ciudades, del barrio, de los espacios que habitamos. No pueden decirte: ya sé que llevas décadas trabajando en Barcelona y tienes a tus hijos escolarizados aquí, pero te tienes que ir a vivir a otra ciudad porque esto ya no puedes permitírtelo. Lo digno es que tu entorno se mantenga aunque vivas de alquiler. No deberían obligarnos a ser nómadas.
Gràcia es casi otro de los protagonistas del libro. Habla de un barrio lleno de bares gluten free y tiendas de CBD. ¿Cómo la ve?
Gràcia es otro más de esos barrios que deja de estar hecha para el vecino, pasa a ser para el que está de paso. Y los pisos también.
También señala la hipocresía. Habla de una mujer de izquierdas, activista, de 55 años, que se compra un piso para alquilarlo y tener una mejor jubilación mientras vive con su madre. Es un perfil que no encaja con el clásico especulador malvado. Y recibe críticas.
Sí, la persona que me contó esta historia decía que hay que acabar con el consenso que acepta que hacer ese tipo de cosas está bien, y que también se dijo en su momento que la esclavitud estaba bien porque era lo normal y todo el mundo lo hacía. Esta persona se dedica a explicarle a todo el mundo por qué especular con la vivienda está mal. Pero bueno, no se le puede pasar la responsabilidad ética a cada individuo. Hay que legislar. Faltan políticas sociales eficaces y que se impida el acaparamiento que concentra la riqueza en un negocio extractivo.
¿Cómo ha cambiado el relato de la vivienda?
En el momento de la PAH que desembocó en una alcaldía tuvo mucho oxígeno. Hoy se ha deshumanizado todo: la información, las ciudades... la vivienda se ha convertido en un producto, y desde que entra en el mercado, tiene que encarecerse para ser rentable. Entonces se desarrolla todo un lenguaje por el que el otro es una amenaza: etiquetas como ‘inquiocupa’ tratan al inquilino como un sospechoso habitual, como si fuera alguien de quien protegerse. ¿Cómo? Aceptando solo inquilinos con un alto poder adquisitivo. Yo he tenido buena relación con la mayoría de mis caseros, pero eso no me quitó la angustia de no poder permitirme la renta.
¿Podría vivir hoy en los pisos de los que habla en el libro?
Ahora todos están a más de 900 euros, y yo estoy pagando de hipoteca menos de 650. ¿Quién puede permitirse el lujo ahora de venir y estudiar a Barcelona? Mi vida habría sido completamente diferente si hubiera nacido treinta años después, no creo que mis padres hubieran podido enviarme aquí a estudiar la carrera. Tampoco me podría haber emancipado al acabar, con 23.
¿Qué sintió cuando volvió a la casa de sus abuelos en Mallorca y vio que habían levantado un muro?
Fue traumático. Por desgracia, mis abuelos vendieron la casa porque era muy difícil de mantener, estaban mayores y tenían que acercarse a Palma. De repente los paisajes de todos tus veranos y todos tus fines de semana hasta los 30 años desaparecen. El libro anterior, ‘Les possesions’, surgió un poco de ahí. La sensación de no poder volver a un lugar es angustiante. Tardé 10 años en reunir fuerzas para hacerlo y al ver que lo han convertido en una especie de Airbnb fortificado… Era como si los propietarios actuales se estuvieran protegiendo de nosotros, los isleños. Esa sensación de vivir hacia adentro, cuando tenías todo a la vista, es incomprensible. En Mallorca está la tristeza de no poder volver a los lugares porque ya no existen, y no somos capaces de decir basta.
¿Por qué?
Porque los hay que están ganando mucho dinero. Una cosa es el turismo, y otra, el turismo masificado. Para mantener el monocultivo, siempre hace falta más y más. Eso hace que Mallorca sea insoportable; más coches, aunque ya haya demasiados; más cruceros; el número de aviones que aterriza y despega por minuto en verano es estresante. Hay mallorquines que se han ido a la España vaciada porque ya no pueden permitirse vivir en la isla. Es muy duro y triste porque, poco a poco, hemos ido vendiendo la isla.
Muchos mallorquines deben haberse hecho ricos.
Claro. Desde pequeños nos han dicho que vivimos del turismo, que sin turismo seríamos pobres. Al final es una profecía autocumplida. Un monocultivo que dificulta el desarrollo de cualquier otra actividad económica. Si no te dedicas a ello, cada vez tendrás menos posibilidades de ganarte la vida. Entonces te acabas dedicando al turismo y si te va bien, te irá súper bien. Y si te va mal, vivirás en una caravana. No sé hasta qué punto vine a Barcelona porque me dolía Mallorca. Y aquí se está replicando su ejemplo a no seguir, el principal motivo de desigualdad social.
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