EXPOSICIÓN
El Prado abre la trastienda del arte: retratos, talleres y secretos de los artistas frente a la cámara
El museo inaugura una muestra que analiza cómo la fotografía cambió en el siglo XIX el modo de documentar los procesos creativos y construir la imagen pública de sus autores

Artistas en el estudio del fotógrafo Estudio de Ángel Alonso Martínez y hermano. / ALBERTO OTERO HERRANZ

El Museo del Prado vuelve a poner el foco sobre la fotografía. La exposición El universo del artista ante la cámara propone una lectura del artista no sólo como autor de obras, sino también como sujeto de representación. La muestra, instalada en la sala 60 dentro del programa Almacén abierto, reúne retratos, escenas de estudio y documentos visuales del proceso creativo para reconstruir el ecosistema en el que pintores y escultores construyeron su imagen pública y dejaron constancia de su trabajo.
El proyecto parte de una constatación decisiva: la irrupción de la fotografía en el siglo XIX no sólo introdujo una nueva técnica, sino una nueva manera de fijar la realidad. Muy pronto, los artistas entendieron el potencial del medio. Posaron solos o en grupo, mostraron sus talleres, dejaron testimonio de obras en marcha y utilizaron la cámara como un instrumento capaz de proyectar prestigio, profesionalidad y pertenencia a un mundo cultural cada vez más visible. Un recorrido que encaja en la trayectoria de la sala 60, activa desde 2009 como espacio dedicado a los fondos del siglo XIX. A lo largo de estos años ha acogido muestras monográficas sobre nombres como Aureliano de Beruete, Antonio María Esquivel, Federico y José de Madrazo, Francisco Pradilla, Eduardo Rosales y Joaquín Sorolla, además de propuestas sobre técnicas, donaciones y enfoques temáticos. En esta ocasión, el Prado desplaza la mirada hacia la fotografía para estudiar cómo el artista empezó a construir, también ante el objetivo, su propia memoria.

Los pintores Jaime Morera y Agustín Lhardy como cocineros Edgardo Debas (1845-1891). / DONADA POR MARIO FERNÁNDEZ ALBARÉS
Uno de los ejes de la muestra es el retrato, uno de los géneros tempranos del nuevo medio. Las poses medidas, los útiles del oficio, la ropa y los fondos ayudaron a elaborar una imagen precisa del creador. Al mismo tiempo, la expansión de los estudios fotográficos en la segunda mitad del XIX (favorecida por el uso de la luz natural en galerías situadas en plantas altas) impulsó formatos como la carte de visite o la tarjeta promenade, muy vinculados al retrato individual, mientras que las imágenes de grupo encontraron mejor acomodo en soportes de mayor tamaño.

Estudio de Mariano Fortuny en Roma. / CEDIDA
La selección combina obras de fotógrafos reconocidos con otras de autoría desconocida y posible carácter amateur, procedentes en su mayoría de archivos de artistas como, entre otros, Luis y Federico de Madrazo, Dióscoro Puebla, Rafael Rocafull, Cecilio Pla, Fernanda Francés y Manuel González Santos. Gracias a ese conjunto, el visitante entra en el estudio como un lugar de trabajo, pero también como ámbito de sociabilidad, aprendizaje, exhibición y prestigio. El taller aparece así como un espacio simbólico, extensible incluso a escenarios alternativos de creación, desde el famoso atelier de Mariano Fortuny en Roma hasta el patio de las Doncellas del Real Alcázar de Sevilla.
Gran presencia femenina
Entre las piezas destacadas figuran la vista del estudio de Federico de Madrazo en Madrid tomada por Alfonso Roswag en 1893, la imagen del modelado del frontón de la Biblioteca Nacional por Agustín Querol, atribuida al conde de Polentinos en 1902, y la fotografía de Mariano Benlliure junto al escritor Federico García Sanchiz en el taller del escultor, firmada por Cristóbal Portillo en 1932. El discurso concede además una atención especial a la presencia femenina en estos espacios, con ejemplos como María Luisa de la Riva en su estudio parisino, la pintora Fernanda Francés o las alumnas de Cecilio Pla, entre ellas Carolina del Castillo.

María Luisa de la Riva, en su estudio de París. / CEDIDA
Otro de los intereses de la exposición es mostrar cómo la fotografía sirvió para seguir la vida de una obra paso a paso. Ese aspecto se aprecia con claridad en la documentación del monumento a Mariano Moreno encargado a Miguel Blay en 1909, cuyas distintas fases quedaron registradas a lo largo de 1910. A ello se suma una lectura material de la propia historia de la fotografía, visible en la convivencia de papeles albuminados, platinotipos, ferrotipos, autocromos y copias a la gelatina. Más que un inventario técnico, la muestra plantea cómo esos procedimientos acompañaron una mutación estética y cultural: la del momento en que los artistas empezaron a pensarse, también, como imagen.
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