Teatro
Crítica de ‘Permagel’: el gran éxito literario de Eva Baltasar deshiela las relaciones entre narrativa en catalan y teatro
En el Espai Texas, Victoria Szpunberg y Albert Pijuan transforman la novela en un monólogo descarnado al servicio de una Maria Rodríguez Soto de fuerza desarmante
Maria Rodríguez Soto triunfa con 'Permagel' antes de subir el telón en el Espai Texas

La actriz Maria Rodríguez Soto durante el pase de 'Permagel' en el Espai Texas / Nico Tomás / ACN

La relación entre la narrativa en catalán y los escenarios es sucinta: novelistas y dramaturgos locales se reparten un pastel muy pequeño. Adquiere así tintes de acontecimiento el estreno en el Espai Texas de la versión teatral de 'Permagel', fenómeno editorial de Eva Baltasar que ha conseguido reunir dos frentes que necesitan más diálogo. La producción de Barc y Dagoll Dagom (expertos en este tipo de puentes) cuenta con la directora del momento, Victoria Szpunberg, que también adapta la novela a cuatro manos con Albert Pijuan. Transformación profunda de la arquitectura del texto para incorporar un latido preciso que marca la interpretación de Maria Rodríguez Soto. Tienen razón: cuesta imaginar una actriz más idónea para el papel.
“Nacer es una desgracia”, cita de Thomas Bernhard que abre el libro y lo contagia con su pesimismo mordaz y socarrón. La protagonista sin nombre de 'Permagel' mira el mundo desde una intemperie radical: no encaja en el marco social ni tampoco en el sistema más opresivo de todos, su familia. Convertido en zona de liberación, su lesbianismo refuerza la condición de cuerpo disidente. Estamos ante un espécimen arquetípico del universo Baltasar, mujer de fuerte conflicto interior, a ratos monstruosa, otras veces de una fragilidad devastadora que la lleva a coquetear con el suicidio. En su enmienda grotesca a la totalidad, espejo deformado, acaba prevaleciendo un humor esperpéntico que salva al personaje y, de paso, al público.
No resulta fácil desbrozar la estructura arborescente de la novela, sostenida por una voz literaria magnética, oral pero barroca, vibrante en imágenes. Szpunberg y Pijuan centran el foco en las relaciones cercanas, la maternidad y la antítesis acomodaticia que representan madre y hermana, secundarias retratadas sin piedad a través del monólogo sincericida. La protagonista comparece en escena aún más acorralada, menos ensimismada, sin el refugio que le proporciona el arte. Al enfrentarla a sus heridas abiertas, se pierde profundidad, pero se gana emoción.
Para ese vaivén al borde del precipicio, Rodríguez Soto afina su mejor arma: el contraste perfeccionado entre una rudeza áspera, casi marginal, y una vulnerabilidad que desarma con miradas quebradizas. No dulcifica al personaje ni lo vuelve más amable de lo necesario, pero sabe encontrar en sus aristas la humanidad que impide que la función se congele en el hielo permanente. De ahí que cada salida cómica, cada exabrupto y cada repliegue hacia el abismo conjuren el estatismo para mantener la función en un estado de inquietud constante.
El blanco hospital se impone en la escenografía concebida por Paula González Infante, profilaxis visual para representar la asepsia social que llena de pastillas los vacíos existenciales. Como una página desnuda de austeridad aparente, el espacio exterior e interior convergen, incluida una sorpresa plástica final que no se acaba de entender por la inevitable síntesis del montaje. Lenguajes contaminados para bien, el 'Permagel' teatral no cierra el libro, más bien le encuentra otra temperatura más carnal.
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