Crítica
Childress y Kozhukhin brillan con Prokófiev con la OBC
Maestra y pianista ofrecen un ‘tour de force’ con el imposible ‘Segundo concierto para piano’ de Prokófiev, contando con una orquesta concentrada y entregada

La maestra Stephanie Childress con el pianista Denis Kozhukhin junto a la OBC / MAY ZIRCUS

Hace unos días se destacaban en estas mismas páginas algunos de los nombres de las nuevas generaciones de la música clásica que vienen pisando fuerte en el panorama internacional. Uno de ellos es la directora Stephanie Childress, que este fin de semana ha regresado al podio del Auditori para dirigir a la OBC con un programa centrado en el siglo XX. Como maestra invitada del conjunto catalán, impresiona la claridad de su gesto y la profundidad de sus lecturas.
Su versión de la descriptiva ‘Obertura Helios’ de Nielsen y de la pasional ‘Sinfonía N.º 2’ de Rajmáninov (1907, y sin cortes) resultaron plenamente convincentes. En ambas se evidenciaba una OBC motivada y activa, tensa, con acertadas intervenciones de los solistas. ¿El nórdico wagneriano o el ruso cosmopolita? ¿cuál le va mejor? Aunque se trataba de obras incomparables por dimensiones y madurez, Childress se movió como pez en el agua por ambas estéticas.
También acierta en su capacidad para equilibrar la entrega de un solista de concierto ante la orquesta, como en el difícil ‘Concierto para piano N.º 2’ de Prokófiev (1913, reconstruido en 1923, con tantas innovaciones que podría clasificarse como su 'Concierto N.°3'), consiguiendo que los distintos planos sonoros –que aquí parecen un enfrentamiento– llegaran al público siempre bien empastados o con un ligero eco efectista, pero con la proyección justa en ambos “bandos” y sin dejar que el arte increíble de Denis Kozhukhin perdiese un ápice de protagonismo. En efecto, este pianista ruso que todavía no cumple 40 años y que se formó en Madrid, es también una de las estrellas de la nueva horneada de la clásica, capaz de mostrarse dueño de una técnica potente y de una sensibilidad a flor de piel, firmando una versión impecable, controlando las aristas de una pieza que es más que un reto. Tras la impresionante cadenza del primer movimiento ametralló el 'Scherzo' sin piedad. La obra de Prokófiev, un autor cercano a de Kozhukhin, contiene los elementos necesarios para el lucimiento del intérprete, y así lo hizo, bien conjuntado con la OBC y con la maestra atenta a las entradas. El ruso aportó una digitación que a ratos parecía ligera y sencilla, como en los 'glissandi' del genial 'Intermezzo', cuando en realidad es todo lo contrario. Brillante su 'finale' dejando, obviamente, ganas de más.
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