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Petite Lorena, humorista y actriz: "No soy una diva galáctica, ordeño una cabra escuchando a Billie Holiday"

La actriz Petite Lorena / Pablo Espantaleon
Actúa sin guion y sus referentes son la propia calle y el cabaret. Vive en La Palma, una pequeña isla canaria, y un día decidió dejar de cuidar niños y de servir copas y apostó por su pasión, la comedia de humor. La fama ha llegado despacio, pero la ha envuelto de tal manera que a veces le cuesta creerlo. Aparecer en televisión junto a Andreu Buenafuente supuso su eclosión artística. Su mayor aprendizaje ha sido la auto aceptación sin cortapisas.
-Lo de 'Petite', midiendo usted 1,80, ¿cómo es?
-Ahí está la ironía, además suena afrancesado. Hace 26 años, cuando empecé a hacer comedia, la palabra monólogo no se escuchaba. Eran espectáculos unipersonales, y yo decía que el mío era de un dúo, el técnico y yo. Había desconfianza si el show era de una persona sola y además mujer.
-¿Cómo comenzó todo?
-En mi familia no hay artistas, mi hermano es médico y pensaban que yo sería enfermera. A mí me gustaba actuar pero no me consideraba artista. Y de pronto, los tres que estaban en la movida cultural de La Palma, me vieron y me dijeron que sí, que yo lo era. Fueron Ramón Araujo, Montse Martín y Alicia González. Llevo en esto más de veinte años
-Su universo visual es muy reconocible. ¿Es algo construido con estrategia?
-Llevo con canas un año y tiene una razón de ser. Estrenaba mi obra 'Tremenda' y una semana antes me fui a teñir de moreno, me hizo una reacción alérgica y de repente dejé de ocultar canas y me corté el pelo. No me reconocía, me miraba al espejo y pasaba un duelo. Pero hice lo que suelo hacer, metabolizar lo que me ocurre al actuar.
-¿Cómo define su espectáculo?
-Es mi mirada de perplejidad de la mujer en la que me he convertido. Mi comedia es a mano alzada, es como cocinar, tengo ingredientes, llego y veo qué cocino, sin guion. Me tengo que controlar el tiempo. Al salir a escena me muero de miedo, y eso me pone en alerta máxima. El miedo es mi gasolina, soy como un guepardo, súperconcentrada, y ahí sale mi agudeza. Actúa la adrenalina y entro en trance.
-¿Qué le aterra ahí arriba?
-No conectar con el público; quiero que se rían, su risa es agua para un deshidratado. Alguna vez no he conectado, pero tiene más que ver conmigo, me faltó concentración. A veces con el contexto. No estoy acostumbrada a llenar teatros, soy de plaza de pueblo, de salas pequeñas, pero lo de llenar teatros grandes nunca me había pasado.
-¿Hablamos de amor?
-He tenido muchas parejas, lo he intentado, pero llevo toda una vida soltera. Cada dos años y medio hay una oportunidad. No me da miedo la soledad, todo lo contrario, vivir en pareja es muy complicado, cuidar la libertad y cuidar la del otro. A veces es una sobrecarga.
-¿Mantiene la puerta abierta?
-No pierdo la esperanza. La fama no proporciona aspirantes, soy heterosexual y eso es una discapacidad. Se me acercan muchas mujeres, pero los hombres muy poco ¿Les preguntamos a ellos el por qué? Tengo ganas de que pase algo.
-Ahora, con la fama, ¿qué echa de menos?
-Estar más tiempo en mi casa, cocinar, atender la huerta, poner perejil en la cocina, las gallinas. Soy una diva rural, en Canarias una diva de medianía, porque vivo en medianía, entre el mar y la montaña. No soy una diva galáctica, ordeño una cabra escuchando a Billie Holiday.
-¿La reconocen por la calle?
-Sí, y es muy bonito. En distancias cortas soy tímida y a veces me da corte, pero me gusta mucho, las mujeres me dan las gracias por hablar de las cosas que nos pasan, por reírme de la realidad, porque se sienten identificadas. Me emociona mucho todo ese amor. Los hombres que se dan cuenta de esa realidad también me paran.
-¿Cuál es esa realidad?
Yo era una pipiola llena de colágeno y no me fijaba en las mujeres mayores que yo. De repente soy una de ellas y me doy cuenta de lo mal que me he llegado a sentir con mi cuerpo. Ahora pienso ¿hasta cuándo no me voy a querer? Estoy harta, ya está bien.
-¿Ya se quiere?
-Mucho. Me vi en una foto a los 25 años y era tan guapa, tanto..., y en cambio me sentía fatal. Me avergonzaba mostrarme desnuda, era un sufrimiento interno. Ha llegado el momento de pensar que valgo la pena y de amarme como soy. No quiero ser joven, quiero sentirme a gusto conmigo, estoy contenta.
-¿De qué referentes culturales ha bebido?
-Del cabaret sobre todo. Pavlosky es mi ídolo; Rosa María Sardà, me quería poner un smoking como ella, Manolo Vieira… De las mujeres de mi casa y de mi padre, que es un gran contador de historias. Escribo mis propios textos, pero yo no sé escribir, sé contar, como él. Cada noche me contaba cuentos, o por la tarde en la hamaca a la fresca. Mis tías, las vecinas… alrededor de la mesa de la cocina. Eso me fascinaba. Es la cultura de la oralidad.
-¿Qué le incomoda?
-No poder hartarme de comer tantos hidratos de carbono como quiera. O sea, todo lo que se supone que no hay que comer: pan con mantequilla, papas fritas con huevo, una tableta de chocolate viendo una película… Me gusta más comer que el sexo, aunque la combinación es mejor. Entre Brad Pitt y el 'apple strudel' con dos bolas de helado, gana el dulce.
-¿Huye del sexo?
-Me da mucha pereza. No me pierdo un polvo por no ir depilada, aunque suelo tener sexo con hombres a los que eso les da igual. Lo que me gusta es que un hombre me invite a comer y elija por mí porque sabe lo que me apasiona. Además, el orgasmo palatino dura más que el otro y es más frecuente.
-Siempre queda el sexo de silicona.
-¡Tengo aparatos! Voy a la tienda, observo, me explican… Hasta que lo pruebas no sabes, y no se puede devolver. Tengo un montón abandonados y tengo uno que rezo para que no se estropee. Yo es que soy muy analógica, muy de piel con piel. Y el tamaño cada vez me importa menos, es un complemento, pero hay otras cosas, manos, lengua, conversación, cerebro, contexto…
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