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Libros

Teo Camino Rodés evoca en 'Aunque ya no me leas' a su padre, el cineasta Jaime Camino

La novela habla tanto del padre como del hijo desde la experiencia personal, la ausencia y el recuerdo vívido

El director de cine Jaime Camino.

El director de cine Jaime Camino. / RICARD CUGAT / EPC

Quim Casas

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Teo Camino Rodés, hijo del fallecido cineasta Jaime Camino (1936-2015), escribe una novela sobre su padre y sobre él mismo cuyo título, ‘Aunque ya no me leas’ (Funambulista), no deja lugar a dudas. Aunque ya no le lea, quiere escribirle. Necesita hacerlo. En una de las páginas del libro puede leerse: “La principal razón de mi escritura: tu ausencia”. Y en otra: “Había pensado en escribir sobre ti antes de que fuera decoroso hacerlo. La superstición y el miedo frenaban mis impulsos. Supongo que te necesitaba muerto”.

Camino coqueteó con la Escuela de Barcelona –Román Gubern fue el coguionista de sus películas y transitó las calles Tuset y Balmes, donde vivía, y las playas de Port Lligat y Platja d’Aro– pero se convirtió en un cineasta de la memoria histórica tanto en el documental –la imprescindible ‘La vieja memoria’– como en la ficción –‘España otra vez’, ‘Las largas vacaciones del 36’, ‘Dragon Rapide’ – o la dramatización –‘El balcón vacío’, un homenaje a Federico García Lorca.

Jaime Camino en 2009, cuando recibió el Gaudí d'Honor.

Jaime Camino en 2009, cuando recibió el Gaudí d'Honor. / RICARD CUGAT / EPC

Jaimochu, le llama Teo, y recuerda uno de los últimos paseos que dieron juntos escuchando los ‘Preludios’ de Frederic Chopin. En esas palabras escritas reverberan las imágenes de uno de los mejores filmes de Camino, ‘Un invierno en Mallorca’, sobre la relación amorosa entre Chopin y George Sand en la isla. Cineasta de la memoria, pero Teo recibió su nombre del alter ego de Camino en ‘Luces y sombras’, un director de cine interpretado por Jack Shepherd que quiere rodar un filme sobre el cuadro ‘Las Meninas’. Es una película de 1987, el año en el que nació Teo.

En la guarda posterior del libro hay una foto muy bonita de Camino con el pequeño Teo en brazos, en el set de ‘Luces y sombras’. Escribe el hijo sobre el deseo de aquel filme: “En él revives tu sueño de infancia: entrar en el cuadro”. Es lo que desea hacer el protagonista del filme. Es lo que quería hacer el director. El hijo, con ‘Aunque ya no me leas’, quiere entrar de nuevo en la vida del padre.

Pero este es un libro indefinible, entre la ficción, la autoficción y la confesión; entre el recuerdo, la recreación de la memoria –la vieja memoria, pero la personal, la familiar–, la biografía íntima y la compartida. Para ello, Teo Camino presenta una primera parte en la que cuenta, evoca o noveliza sus experiencias de juventud en Londres, desde la búsqueda de una habitación en la que vivir a un restaurante en el que trabajar. En algunos aspectos, esta parte recuerda a lo vertido por Iván Zulueta en su ‘Diario de Nueva York’: el día a día, las escasas relaciones por culpa de no dominar el inglés, los paseos, el refugio en un cine de Leicester Square, la visita de una amiga íntima… “Creo que Londres me gusta tanto porque no se acaba nunca”.

El cine sale a colación, por supuesto. No solo el del padre. También ‘Annie Hall’, ‘El chico’, ‘Candilejas’, Éric Rohmer o “la típica luz color miel de las películas de Víctor Erice que se filtraba a través de las vidrieras aportando un toque melancólico”. Y las “historietas de juventud” que el padre le contaba al hijo: la inauguración del otrora famoso Drugstore de Tuset o los domingos con Juan Marsé, Enrique Vila-Matas y compañía.

En las otras dos partes del libro, Teo recuerda a la vez que reconstruye la figura de su padre, lejos del detalle biográfico, cerca de las impresiones. Se instala en su piso de la calle Balmes en la que ya solo vivía el cineasta, ya que el resto eran oficinas. “Como no puedo estar contigo, he decidido instalarme en tu piso; comer los restos de comida que dejaste en la nevera, dormir en tu cama deshecha, vestirme con tu bata, que me va ancha y corta de mangas, y fumar mis cigarrillos, que son los mismos que te mataron”. Sabe que deberá abandonarlo, pero lo que representan las casas es el espacio de la memoria a través de objetos, muebles, la pintura de las paredes. El recuerdo y también lo que todos nos inventamos.

"Soy de 1987 y mis padres nunca se casaron", escribe el autor, y el amor duró menos de tres años, “pero tenemos un hijo, al que los dos queremos muchísimo, y también queremos que sea lo más feliz posible, por lo que deberemos evitarle los traumas de los padres que se separan mal”. No especifica quien dijo esto, si su padre o su madre, Margot. Pero confirma que no hay cartas de amor, que las únicas que conservó Camino eran cartas de ruptura.

Los hechos confirman los recuerdos. En un pasaje muy bello describe como la entrada de la final de atletismo de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, a la que asistieron juntos, es el punto de libro de la novela de Benedetti ‘La tregua’, una novela “que conservaré”. También lo es la evocación de la infancia de Camino en el pueblo de Gelida, sus tres primeros años de vida que fueron como unas vacaciones. Desde allí veía la familia los bombardeos sobre Barcelona. Es, por supuesto, la historia de ‘Las largas vacaciones del 36’, la película que Camino consagró a su memoria y a la de todo un país. El hijo le ha hecho justicia recordando lo mucho que representó para él.

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