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Literatura catalana

Lea un adelanto de 'La segona vida de Ginebra Vern', la novela con la que Angès Marquès ha ganado el Premi Ramon Llull

El próximo 25 de febrero llega a las librerías 'La segona vida de Ginebra Vern', novela con la que Angès Marquès ha ganado el Premi Ramon Llull y de la que EL PERIÓDICO ofrece un adelanto del primer capítulo

Entrevista con Agnès Marquès: "El periodismo es un buen lugar de conflicto porque recoge la esencia de la humanidad"

Agnès Marquès gana el Ramon Llull con una novela sobre los límites de la verdad y el periodismo viral

La periodista y escritora Agnès Marquès

La periodista y escritora Agnès Marquès / EFE

Agnès Marquès

Agnès Marquès

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La segunda parte de mi vida comenzó el día en que mi jefe me puso delante este anuncio publicado en un periódico de un pueblo de Texas, en Estados Unidos.

Quiero felicitar a Emma Taylor y a Derek Carter...

Están esperando un bebé.

Deseo que estéis realmente enamorados

y que vuestra relación funcione.

Siempre vuestra, la mujer de Derek,

Lila Carter.

Tuve que releerlo para entenderlo del todo: una mujer pone un anuncio en un diario local para felicitar a su marido y a otra mujer por el bebé que esperan juntos. Siempre vuestra, dice la esposa del hombre.

—Tienes que escribir un artículo, Ginebra. Llamativo — dijo—. Con gracia. Que pesque clics.

Quien me lo ordenaba era mi nuevo jefe en el periódico donde he trabajado toda mi vida, una cabecera histórica que vivió una profunda transformación cuando dejó de publicarse en papel y se convirtió en un periódico exclusivamente digital.

La competencia recogió los hechos:

El histórico periódico El Mirador despide

a treinta trabajadores

La publicación se refunda en formato digital a causa

de la crisis del papel, rejuvenece su plantilla y despide

a algunos de los periodistas más veteranos.

Todavía no me he presentado. Me llamo Ginebra Vern, y en aquel momento mi hija Anna tenía doce años, los mismos que hacía que Toni y yo habíamos comenzado a salir formalmente. El caso es que, cuando ya no contaba con ello, yo, Ginebra Vern, madre y periodista bregada en temas de denuncia social, me salvé por los pelos de la quema del papel.

—Hemos pensado que puedes seguir aportando mucho al periódico desde la sección «Cosas dela vida». Será un espacio donde contar historias personales con gancho, y que se alimentará en gran medida de lo que encontréis en las redes sociales.

Llevaba días durmiendo mal. Los rumores de que habría una debacle en el periódico eran cada vez más insistentes, así que acepté la propuesta casi eufórica, ignorando que la forma de hablar y la actitud de mi nuevo jefe no me convencían nada.

Fuera de su despacho, la redacción era un funeral. A los compañeros con los que había trabajado durante años, mi segunda familia, los estaban despidiendo en aquel preciso momento, y ahora me buscaban con la mirada para saber si también me iba a la calle o si me había salvado. No sabía qué cara poner, estaba contenta, pero todo era una mierda. El semblante se me fue recomponiendo a medida que me iba situando y contaba lo que me habían dicho que iba a hacer a partir de aquel momento.

—¿Se han acabado tus reportajes? —Me lo preguntaba Carol, mi compañera y amiga, que todavía llevaba la carta de despido en las manos.

—Me parece que sí.

En casa, Toni quiso celebrar que no me habían echado con la botella de cava que siempre tenía reservada en la nevera por si acaso. Agradecí su buen humor y el mal cuerpo se me pasó un poco. Además, aquella botella llevaba meses esperando su momento, ya era hora de que celebráramos algo. Incluso brindamos. Eso sí, cenamos pan con tomate y tortilla a la francesa, como apuntó Anna con ironía. Cada día se le afinaba tanto la cara como el ingenio; era muy consciente de que estábamos vi viendo los últimos años antes de que se convirtiera en una mujer.

Al día siguiente, el cava y la emoción me habían dejado dolor de cabeza y apenas quedaba rastro alguno de la euforia de la víspera. Al llegar a la oficina pensé que me había equivocado de planta. Avancé incrédula por la redacción; estaba irreconocible. En mi sitio se estaba instalando una chica rubia que no había visto nunca y alguien había descolgado la fotografía que me había hecho con Nick Cave el día que lo entrevistó Pere, que cubría la información musical en la sección de Cultura. No era nada mitómana, pero ese músico era la excepción y en la redacción lo sabían. Habíamos llenado muchas de las horas del almuerzo en la sala de reuniones discutiendo acerca de si creaba una música depresiva o simplemente era un genio capaz de elevar espiritualmente un estadio entero, lleno de miles de personas. Por eso mis compañeros consiguieron que me hiciera la fotografía y la imprimieron ampliada para colgarla en la redacción. «I love you», le solté a Nick Cave, nerviosa, no porque quisiera decirle que lo amaba, sino porque mi inglés oxidado se atascó y no me salió nada más. Desde su metro noventa, y pasándome el brazo por la espalda, Nick Cave me respondió: «You’re beautiful».

El póster no estaba, y no veía a nadie conocido. Me quedé ensimismada unos segundos y no sé qué habría hecho después si no hubiera intervenido mi nuevo jefe para recibirme efusivamente y llevarme al que sería mi nuevo espacio de trabajo: una mesa diáfana sin teléfonos, ni radios, ni ordenadores, ni cables, ni calendarios ni libros. No salía de mi asombro; la forma en que habían transformado la redacción en poco más de veinticuatro horas impresionaba. «Al parecer ahora tendremos que trabajar con nuestros portátiles», le escribí a Carol. «No parece el mismo sitio, os echo de menos.» Me habría gustado hacerle una videollamada para enseñarle cómo era ahora el espacio donde habíamos trabajado juntas durante veinte años, pero mi nuevo jefe estuvo todo el tiempo pululando a mi alrededor. Cuando terminó de colocar al personal, también a mis nuevos compañeros de sección — todos ellos periodistas jóvenes que se habían incorporado en los últimos meses—, al fin me puso delante aquel anuncio que rezumaba despecho publicado en el periódico Sabine County Reporter. Era una publicación semanal de un pueblo llama- do Hemphill, en Texas, Estados Unidos, a nueve mil kilómetros de distancia, y me pidió que escribiera un artículo para colgarlo en la web aquel mismo mediodía.

—Ahora en Texas están durmiendo, difícilmente encontraré a alguno de los protagonistas para conocer los entresijos del asunto antes de la tarde —dije con convicción.

—No hace falta que contactes con ellos, la historia de fondo nos da igual. Tú escribe la noticia a partir del anuncio y ponle un titular llamativo. Que vaya directo al corazón y la curiosidad de los lectores.

Quise discutirle esa idea tan estúpida. No podía escribir un artículo sin saber nada más. ¿La noticia era el anuncio o la noticia era la historia que había detrás? Ni siquiera tenía tiempo de encontrar a alguien del periódico de Hemphill que me confirmara que el anuncio era real. ¿De dónde había salido aquel texto? ¿Y si todo era falso? Las preguntas se me agolpaban en la garganta, pero como me conozco, me callé. No quería ser vehemente y, además, me sentía frágil. A pesar de todo, debía estar agradecida. Volví a mi sitio, me senté y navegué sin un objetivo concreto por las diferentes ventanas que tenía abiertas en el ordenador. Hasta que volví a escribir a Carol.

10:23

Tengo que escribir un artículo sobre

un anuncio que se ha publicado en

un periódico local de no sé qué

pueblo de Texas y tengo que hacerlo

a saco, sin averiguar nada de la

historia real. ¡Ahora van de este palo!

Le envié una foto del anuncio para que lo viera.

10:25

Amiga... ¡Deberás armarte de

paciencia o ser muy fuerte!

Y al cabo de unos segundos añadió:

¡Sensacional! ¡Una mujer logra que

el periódico local sea más emocionante que Netflix!

10:28

No me jodas, Carol.

Una vez más, mi amiga había puesto en marcha la máquina del sarcasmo.

¿Rebajas de enero? ¡No!

¡Un marido infiel sale a la venta

a precio de saldo!

Percibí que mi humor estaba cambiando.

10:29

Esto es periodismo: mujer publica un

anuncio para decirle a su marido infiel

que lo sabe todo... ¡y que ahora

también lo sabe todo el mundo!

10:29

¡Esa es mi chica!

Carol se reía con emojis. Noté un vacío en el estómago; tan solo había pasado un día desde la reestructuración y ya la echaba mucho de menos.

Prueba con esto otro: «¡No es

broma! Mujer publica un anuncio

para decirle a su marido que el

karma ya está en marcha».

Teníamos años de entrenamiento a nuestras espaldas. Nos habían contratado justo después de terminar la universidad junto con una decena de otros jóvenes periodistas. Era un momento de vacas gordas para los periódicos, y entrar en aquella redacción era como hacerlo en un templo. Nos dejaron bajo la tutela de De Vicente, un periodista de raza próximo a la jubilación que nos ponía siempre contra las cuerdas para que diéramos lo mejor de nosotros mismos. Cuando llevábamos pocas semanas trabajando en el periódico, nos llevó a comer por el barrio. Al terminar, se pidió un whisky y, arrellanado en la silla, dijo:

—Os veo verdes, chavales. Me han encargadoque os espabile. Sois demasiado escrupulosos y miedosos. —Tenía una larga barba y arrastraba las erres—. Jugaremos al Breaking News, por equipos.

Entonces nos separó por parejas y nos explicó la dinámica del juego.

—Tenéis que demostrar vuestra habilidad para improvisar noticias, ser creativos y generar titulares impactantes en un tiempo récord.

Yo resulté emparejada con Pere, con quien apenas había cruzado unas palabras hasta entonces. Venía de otra facultad y me imponía un poco, me parecía muy seco.

—Cada pareja recibirá un tema con un trasfondo ético y tendréis un minuto para elegir un titular, un subtítulo y una breve declaración de un testigo o un experto. Lo leeréis ante el grupo y votaremos en función de su originalidad, humor o verosimilitud.

A mí estos juegos no me han gustado nunca porque cuanto más rápido me piden que piense, más en blanco me quedo. Aquel día no fue una excepción. Nos pasamos toda la tarde jugando al Breaking News, y en cada ronda las parejas que perdían debían beber un trago de whisky. A medida que avanzaba la tarde me avergonzaba más de la falta de sintonía que demostrábamos Pere y yo. Además, el alcohol me estaba desatando la risa y con el minuto que nos daban apenas podíamos consensuar el titular. La única vez que acabamos, el resto del grupo nos consideró ganadores. El tema era «Clonación de figuras históricas», y decidimos que el titular sería «Albert Einstein vuelve gracias a la clonación», y el subtítulo y la cita: «Un laboratorio clona al genial físico, que ha declarado que “el tiempo es un concepto relativo, pero mi paciencia con la humanidad, no”». Lo había sacado Pere, él solo, porque a aquellas alturas yo apenas vocalizaba, aunque cuando él se levantó lo vi dar algunos tumbos. Nos echaron cuando el restaurante ya había cerrado el turno de cenas, y De Vicente se encargó de meternos a todos en taxis camino de casa.

Al día siguiente teníamos una resaca de mil demonios y nos encontramos con la desintegración del transbordador Columbia al entrar en contacto con la atmósfera encima de Estados Unidos. Murieron los siete tripulantes de la nave, y los restos del aparato cayeron sobre Texas, precisamente.Pere y yo hacíamos el mismo turno, y De Vicente nos encargó buscar teléfonos de la zona y llamar para recoger testimonios. Fue tan difícil como la prueba del día anterior.

Después de hablar con Carol, ya de mejor humor, ensayé unos cuantos titulares, tratando de meterme en la piel de mi nuevo jefe y adaptarme a la psicología clickbait. Que el titular tenga gancho y, dentro, que el artículo lo cuente todo: que una mujer dolida y con un ataque de cuernos estratosférico darienda suelta a su rabia, que nada es capaz de detenerla y que no se le activa ninguna barrera de seguridad, ningún stop.

¡No te lo vas a creer!

Brutal venganza de una mujer contra su marido y su amante

Me imaginé a una mujer frente al escritorio que acaba de enterarse del engaño de su marido, convencida de que esos dos se merecen un buen escarmiento. Y, decidida, da el paso, quiero felicitar a Emma Taylor y Derek Carter, un paso sin vuelta atrás, están esperando un bebé, con toda la ironía del mundo: siempre vuestra, la mujer de Derek, Lila Carter. Que todo lo que has aprendido con los años no sirva para nada, Ginebra. Ahora el trabajo va de esto, de pescar clics. Convenciéndome de que debía trabajar de aquella manera, a mediodía entregué el artículo.

—El tercer titular es perfecto, Ginebra. Esto va a funcionar como un tiro.

'La segunda vida de Ginebra Vern'

Agnès Marqués

Traducción al castellano de Olga García Arrabal

Destino

274 páginas

22.90 euros

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