Club de Estilo
Ágatha Ruiz de la Prada, moda y chascarrillos en el Círculo Ecuestre: "No me importa no gustar, es más, me excita. A mí tampoco me gusta la gente normal"
La diseñadora 'full color' visita el club privado barcelonés que en 1960 presidió su abuelo, en un animado coloquio junto al modisto nupcial Mariano Moreno

Ágatha Ruiz de la Prada, en el Círculo Ecuestre de Barcelona, este jueves. / CÍRCULO ECUESTRE

Business casual, sin vaqueros ni concesiones a la estridencia, "evitando la ropa deportiva"... al menos sobre el papel. Porque si algo quedó claro en el coloquio 'La indiferencia no existe: Moda, diseño y color’ es que la indiferencia no forma parte del vocabulario de Ágatha Ruiz de la Prada (Madrid, 1960), la famosa diseñadora de moda, empresaria y aristócrata española, 13ª marquesa de Castelldosríus y 'grande' de España. El auditorio del Círculo Ecuestre de Barcelona, lleno y expectante, asistió a una tarde en la que el protocolo convivió con la lentejuela.
La ex del periodista Pedro J, Luismi 'El Chatarrero' y el abogado José Manuel Díaz-Patón -en orden cronológico- apareció con sudadera roja cuajada de destellos dorados, falda plisada con el logo multicolor de la casa, medias fucsias y zapatos a juego. A su vera, su 'ahijado' y querido amigo Mariano Moreno (Murcia, 1984), impecable en 'total black', como si el blanco de sus novias necesitara empezar por la sobriedad. El contraste de los dos tertulianos era, en sí mismo, una declaración estética.
Regreso sentimental
El presidente Enrique Lacalle recordó que Ágatha no llegaba a un club cualquiera: llegaba a un lugar con apellido. Su abuelo, Joaquín de Sentmenat y Sarriera, fue presidente del Círculo Ecuestre en 1960, así que la invitada volvía, literalmente, a un escenario familiar. "Estoy muy contenta de estar aquí. Es un poco como en mi casa", dijo ella, y en cuestión de minutos convirtió el salón en crónica doméstica. Divertida sesión de chascarrillos y anécdotas, donde la moda era lo de menos, y mucho más divertir al personal.
Evocó a su abuela ("mi gran pasión"), las fiestas constantes en Barcelona y al chófer de la familia, Antonio Molina, que durante medio siglo repitió el mismo recorrido por la ciudad. "El pobre estaba hasta los huevos de las indicaciones de mi abuela", bromeó
La diseñadora de los corazones se metió en harina familiar con una franqueza brutal. Unos padres que "se llevaban fatal desde el primer día", porque su padre era "tenía un carácter de mierda"; separaciones intermitentes y un reparto logístico peculiar: "Mis hermanos se quedaron con mi padre, y mis hermanas, con mi madre, y como yo sobraba, pues me mandaron a París". Lo contó sin victimismo, incluso con entusiasmo: "Yo estaba feliz". París fue escape y aprendizaje antes del gran detonante.

De izquierda a derecha, Mariano Moreno, Isabel Estany, Ágatha Ruiz de la Prada y Enrique Lacalle. / CÍRCULO ECUESTRE
La Movida como antídoto
El aterrizaje en Madrid coincidió con la Movida madrileña, el caldo creativo que la empujó definitivamente a diseñar. De su padre, arquitecto brillante y coleccionista, heredó la obsesión estética; de su madre, la constatación de que la inactividad podía ser peligrosa. "Si yo no hacía nada, iba a entrar en una depresión. Y si trabajaba, iba a estar entretenida". Desde entonces, el trabajo, "una especie de enfermedad", ha sido su combustible.
En coherencia con esa energía vital, su relación con la provocación es transparente. "Si me dices que me vas a presentar a una persona muy normal, prefiero no conocerla", soltó, antes de sincerarse con esa soltura que da llevar cuatro décadas de oficio: "No me importa nada no gustar; es más, me excita. A mí tampoco me gusta la gente normal".
Blanco y fucsia
Moreno defendió el blanco como obsesión fundacional, ligado a la luz de su Murcia natal, mientras Ágatha reivindicó el fucsia como herencia emocional y bandera identitaria. "Veo un sitio oscuro y me da mal rollo", explicó, antes de despachar el minimalismo cromático con ironía: "Todos del gris o del beis... ¡qué coñazo!".
La conversación derivó hacia las novias, territorio del diseñador murciano. Él insistió en que el centro es siempre la mujer que se casa; ella, con experiencia y sorna, advirtió del peligro de la épica mal entendida. "No hay nada peor que una novia sosa", dijo, para después caricaturizar el clásico sueño de princesa: "Si tú eres una chavala de Terrassa, ¿qué cojones te vistes de princesa?".
A la pregunta sobre el consejo a las nuevas generaciones, la respuesta tampoco fue complaciente. "Hay que trabajar mucho. Y eso les horroriza", dijo ella. Y Moreno asintió.
Mucho más que vestidos
El cierre lo ocupó el 'universo Ágatha', ese territorio que va mucho más allá de la pasarela. Su primera licencia fue de medias, después llegaron las sábanas del Burrito Blanco, papelería, vajillas, perfumes, mochilas, libretas, toallas, uniformes, vinos, chocolates... "Todo el mundo ha tenido algo mío", deslizó con una mezcla de orgullo y asombro. Durante años, esa expansión fue vista como excentricidad; hoy, las grandes casas replican el modelo, comentó con orgullo.
Recordó cómo en Miami vio a Dolce & Gabbana firmando neveras y panettones, o en Nueva York, a Prada desplegando vajillas y objetos domésticos. "Eso que parecía una tontería, ahora lo hacen todos". Lejos de incomodarle, la constatación la divierte hoy. Por eso, planea fiestas en un precioso local de ultramarinos parisinos donde mezclar aceite, sal, caviar y productos de limpieza ecológicos con su sello inconfundible. Moda como estilo de vida total.
En el Círculo Ecuestre, donde la tradición pesa y el protocolo importa, Ágatha volvió a demostrar que su marca no es solo una silueta reconocible ni un corazón estampado. Es una forma de entender el mundo: expansiva y absolutamente impermeable a la indiferencia.
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