Crítica
Sabine Devieilhe y Jakub Józef Orliński, puro oro barroco en el Palau
La soprano francesa y el contratenor polaco regalaron en el ciclo Palau Òpera sendos insuperables retratos de Cleopatra y Cesar en la popular ópera de Händel

Jakub Józef Orliński y Sabine Devieilhe. / ANTONI BOFILL

La música barroca hace tiempo que se ha ganado un lugar de privilegio en el gusto del público, tanto que incluso los teatros de ópera apuestan, aunque sea en versión de concierto, por este repertorio. Han ayudado en su popularidad una generación de intérpretes nacidos tras el auge de la interpretación históricamente informada, con criterios filológicos que miran con rigor al origen de la obra y no a la tradición romántica. ‘Giulio Cesare’ de Händel es una de las favoritas y el ciclo Palau Òpera la ha programado con un selecto grupo de esa cantera prodigiosa que sabe buscar en el canto y en la orquesta barroca una verdad primigenia. La obra, ofrecida en concierto y de gira por España, debutó en el auditorio modernista antes de trasladarse a Oviedo y de dos audiciones en el Teatro Real de Madrid.
La orquesta Il Pomo d’Oro liderada desde el clave por Francesco Corti sacó músculo con una versión transparente, contrastada y cargada de sentido, casi íntegra y con unos solistas instrumentales acompañando las arias de auténtico lujo, dando total seguridad a este fantástico plantel de cantantes.
Avalaba la interpretación un dúo de oro: el debut barcelonés de la soprano Sabine Devieilhe como Cleopatra y el regreso del contratenor Jakub Józef Orliński en el papel de Cesare. La cantante francesa se erigió como un auténtico animal de escena, de técnica impresionante, virtuosismo extraordinario, belleza vocal inusual y gran expresividad. Su dominio del estilo, de la coloratura y del ornamento le permitió utilizarlo pleno de sentido dramático, aplicando dolientes pianísimos y temerarios ‘forte’, con complejas variaciones en los ‘da capo’ y total control en la emisión y en el ‘fiato’ que dejaron al público extasiado. Su “Da tempeste”, todo virtuosismo; su “V’adoro, pupille...”, inolvidable; su “Piangerò la sorte mia”, pura magia.
Orliński, conocido del público del Palau, volvió a aplicarse con un canto medido al milímetro, con los efectismos precisos, ahora con un centro algo más sordo y opaco, pero exhibiendo poderío, espíritu dramático y un gran poder comunicativo. El Orliński más brillante apareció, por ejemplo, en un “Va tacito e nascosto...” junto a un ‘corno di caccia’ prodigioso.
Les secundaron especialistas en el género, como el espléndido bajo Alex Rosen como un Achilla modélico; el aplaudido Sesto de Rebecca Leggett, una mezzosoprano quizás algo ‘light’ de timbre en los recitativos, no así en las arias; la excelente Cornelia de Beth Taylor, rotunda, expresiva, de voz profunda y excelente manejo de los reguladores; el Tolomeo guerrero de Yuriy Mynenko, contratenor de voz hermosa y bien controlada, con un agudo, gigante; el correcto Niereno de Rémy Brès-Feuillet; y el bien timbrado Curio del barítono Marco Saccardin.
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