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Teatro

Crítica de ‘El barquer’: Julio Manrique firma en el Teatre Lliure una travesía irlandesa en primera clase, gran formato con un reparto excelente

La aclamada epopeya 'El barquer' llega al Teatre Lliure con un gran formato que narra la turbulenta Irlanda del Norte del thatcherismo, con un reparto que incluye a Carles Martínez y Mima Riera

Julio Manrique dirige 'El barquer', una premiada obra de Jez Butterworth sobre el conflicto en Irlanda del Norte

Un momento de 'El barquer'

Un momento de 'El barquer' / Marta Mas Gironès

Manuel Pérez i Muñoz

Manuel Pérez i Muñoz

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La chejoviana 'La gavina' con la que Julio Manrique se estrenó como director artístico del Teatre Lliure no acabó de desprenderse de lo previsible. Para su segunda obra en el cargo, doble salto mortal con la red habitual: regreso a la arcadia dramatúrgica anglosajona y al talismán de Jez Butterworth que brilló con 'Jerusalem' (Romea, 2020). También desde el West End, nos llega ahora 'El barquer' ('The Ferryman'), aclamada epopeya sobre la convulsa Irlanda del Norte del thatcherismo. Gran formato de lujo: casi una veintena de intérpretes marcan el compás durante tres horas de teatro de altísima calidad. Sin duda, uno de los 'hits' de la temporada.

Mima Riera y Roger Casamajor en un momento de 'El barquer'

Mima Riera y Roger Casamajor en un momento de 'El barquer' / Marta Mas Girones

En Cataluña el espejo irlandés y sus fisuras siempre deslumbran de forma particular: autores como Brian Friel o Martin McDonagh han dejado huella. También nos gustan los dramas familiares de la escuela Arthur Miller, del tipo 'Agost' de Tracy Letts, con coordenadas básicas como muerte, familia y una cena que hace explotar la trama. Repite este esquema 'El barquer', que combina altas dosis de costumbrismo idealizado con tintes de thriller policiaco. Aparte de un trío amoroso intrafamiliar, el argumento destaca por su crudo retrato de la retaguardia del IRA. Entre ajustes de cuentas y pasados turbios, la épica oficial se contrapone al barro en el que aparecen los cadáveres de los desaparecidos.

Pocos como Manrique brillan tanto en la dirección de intérpretes, quizá porque él también es actor. Las escenas discurren con una cadencia hiperrealista que engancha y conmueve gracias a secundarios de un nivel sobresaliente, todos en la misma frecuencia: Carles Martínez es el pariente culto que proyecta las metáforas, Imma Colomer la tieta cascarrabias que conecta con el pasado y Norbert Martínez encandila con el singular personaje inglés que despierta odios irracionales. Están de premio los dos protagonistas, Mima Riera y Roger Casamajor, gran contención ante el creciente dramón de esencia griega. Y no menos conseguida resulta la parte de los jóvenes, plantel de niños y adolescentes con Marc Soler como disparador de energía.

Tan bueno es el detalle de las actuaciones que se echa en falta más cercanía física. La escenografía naturalista de Lluc Castells resulta algo distante y sobria. No ayuda un telón translúcido a través del cual se desarrollan algunas escenas. Por contra, llega muy bien el sonido (Damien Bazin y Rai Segura) que, junto con el vestuario (Maria Armengol) y la caracterización (Núria Llunell), consiguen transportarnos al no tan lejano contexto de una granja irlandesa de los ochenta. Un viaje que, pese a su atropellada resolución, merece la pena emprender y encandilará a los amantes del teatro 'comme il faut'.

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