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Arte

La década prodigiosa de Tàpies a través de cuatro exposiciones

'El moviment perpetu del mur' recrea en el Museu Tàpies de Barcelona la forja del artista barcelonés como figura de impacto internacional a través de cuatro fechas señaladas en Barcelona y París

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Obras de Tàpies tal y como se vieron en 1950 en las Galerías Layetanas

Obras de Tàpies tal y como se vieron en 1950 en las Galerías Layetanas / ACN

David Morán

David Morán

Barcelona
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De la habitación a la calle y de ahí a la galería. El 'big bang' matérico de Antoni Tàpies, el momento en que pasó de prometedor artista de la escena barcelonesa a figura de alcance e impacto internacional, capturado en tiempo casi real en cuatro movimientos. Octubre de 1950, mayo de 1954, enero de 1956 y febrero de 1960. Cuatro exposiciones y otras tantas metas volantes en la carrera del artista barcelonés. "Se configura entonces la forma de ver a Tàpies, pero no son las obras lo único que determina cómo mira el público", avanza el jefe de colecciones del Museu Tàpies, Pablo Allepuz, a propósito de esos cuatro puntos cardinales que explican una ascensión meteórica y articulan en el museo barcelonés la exposición 'Antoni Tàpies. El moviment perpetu del mur'. 

"Salimos del interior de Tàpies para ir al exterior, justo cuando empieza a viajar a Nueva York, París o Venecia y sus obras ven la luz de forma individual. Abandona la figuración y se adentra en las materias", detalla la directora del museo, Imma Prieto, mientras conecta la exposición que podrá verse hasta el 6 de septiembre a la cola de 'La imaginación del mundo', muestra centrada en la producción primeriza de Tàpies que echó el cierre el pasado mes de enero. Como música de fondo, apuntalando el despliegue de óleos, lienzos y pinturas-objeto, la idea de que la percepción de una misma obra puede cambiar de forma radical según la forma y el momento de exponerla. "Los espectadores de los años 50 vieron estas obras de una forma diferente", destaca Prieto.

Para reforzar esa idea y poner en valor la importancia de aspectos aparentemente banales como el color de las superficies expositivas, la iluminación, el anclaje de las obras o las estrategias comunicativas, 'El moviment perpetu del mur' reproduce las cuatro exposiciones que Tàpies realizó en Barcelona y París entre 1950 y 1960: dos en las Galerías Layetanas, en 1950 y 1954; una en la Galerie Stadler de la capital francesa en 1956; y la cuarta en la Sala Gaspar en 1960. "La secuencia de las cuatro exposiciones yuxtapuestas en un mismo proyecto genera un anacronismo que evidencia las abruptas transformaciones de la obra de Tàpies", reflexiona Allepuz.

Exposició 'El moviment perpetu del mur, aquest dimecres al Museu Tàpies

Exposición 'El moviment perpetu del mur' en el Museu Tàpies / ACN

Oscuridad terrorífica

En el Museu Tàpies, esto se traduce en cuatro espacios diferenciados que reexponen algunas de las obras que se pudieron ver hace medio siglo -conseguirlas todas, matiza Prieto, es prácticamente imposible- y subrayan el tránsito de las llamadas 'pinturas de checa' a las innovaciones técnicas de los cartones y papeles. La onda expansiva de este Tàpies de puertas abiertas arranca en las Galerías Layetanas en 1950. Miró había pasado por ahí pocos meses antes y, ante la insistencia de Josep Gudiol, Tàpies accedió a abandonar el hermetismo de Dau al Set para mostrar por primera vez toda la dimensión de su mundo plástico. Paisajes geométricos, oscuridad terrorífica según la hora del día y visiones del abismo desde casi todos los ángulos posibles. "Parece que viva aún en ese día de mi primera inauguración. Veo la galería oscura después de cruzar la librería, donde a menudo saludaba a la viuda de Salvat-Papasseit que trabajaba allí", escribiría el propio Tàpies en 1977. 

Para la segunda exposición, también en las Galerías Layetanas pero en 1954, a Tàpies le tocó compartir espacio con una muestra sobre industria y arquitectura organizada por Grup R, un aparente fastidio que, sin embargo, reforzó la conexión del artista con la abstracción geométrica y el realismo socialista. En las paredes, con cables tensados, cobran protagonismo experimentaciones con colores puros y superposiciones. "En aquel momento ya había ido a París y había descubierto las tensiones de la Guerra Fría", destaca Allepuz. En 1956, en la Galerie Stadler, desaparece el color e irrumpe la materia, lo industrial. Llegan los grises y negros, las persianas metálicas y los barnices. Las pinturas matéricas colgadas del techo. "Son obras que se entienden como un objeto estético distinto a cualquier otro", matiza el comisario. 

De vuelta a Barcelona en 1960, Tàpies culmina su transformación con un montaje generoso en ladrillos blancos, madera, enmarcados dobles o triples de las obras y habitaciones cubiertas del suelo al techo por una cortina. Una presentación de impacto que tuvo su recompensa, ya que el Ayuntamiento de Barcelona desembolsó 500.000 pesetas de la época para comprar tres obras, entre ellas 'Quatre quadrats grisos sobre fons marró'. "Hoy nos parecería un precio ridículo. Seguramente fue una gran inversión", concede Allepuz.

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