Entrevista | Roman Krznaric Filósofo público
"¿Qué puedo hacer hoy para ser un buen antepasado? Esa es la gran pregunta del siglo XXI"
El filósofo publica ‘Historia para el mañana’, ensayo que busca inspiración en el pasado para intentar imaginar un futuro esperanzador

El filósofo Roman Krznaric, fotografiado en la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona a Barcelona / Sandra Román

En su último libro, 'Historia para el mañana. Mirar el pasado para caminar hacia el futuro', el filósofo público y académico Roman Krznaric (Melbourne, 1971) se presenta como un "intérprete o embajador del pasado" para poner en relación el trabajo de los historiadores y las crisis de las próximas décadas. De aquellos barros, estos lodos, pero al revés. Cafés londinenses del siglo XVIII como antídoto contra la polarización, historia del capitalismo para entender los peligros de la IA y levantamientos de esclavos del siglo XIX para superar la adicción a los combustibles fósiles. El pasado, en fin, como camino más corto para imaginar un futuro esperanzador.
Se suele mirar al pasado para evitar tropezar con la misma piedra, no tanto en busca de ejemplos inspiradores.
Se trata de mirar atrás para ver qué nos espera. Como decía George Santayana, quienes no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo. Ahora los políticos o bien están atrapados en el presente, o miran hacia el futuro y cruzan los dedos, esperando que las nuevas tecnologías, la IA, creen una gran riqueza y resuelvan todos nuestros problemas.
Habla de "la tiranía del presente". ¿Es ‘Historia para el mañana’ un libro contra lo que entendemos hoy en día como progreso?
Por supuesto, porque la idea de progreso que heredamos del siglo XVIII se ha centrado básicamente en el progreso material y la convicción de que nuestras economías deberían estar siempre en crecimiento. Pero no se puede inflar un globo constantemente, en algún momento explotará. Debemos cambiar la forma en que funcionan nuestras economías, especialmente en los países ricos, porque somos quienes más contribuimos a desequilibrar la Tierra. Y esto requiere, creo, repensar el progreso. No digo que no crezcamos, pero hagámoslo siendo ciudadanos, no consumidores.
Yo no soy una persona disruptiva por naturaleza, me gusta sentarme en bibliotecas a leer, pero gracias a lo que he descubierto en las bibliotecas sobre el poder de los movimientos disruptivos, me he encontrado bloqueando la calle frente al Parlamento de Londres con mi hija adolescente"
Habrá quien crea que es una postura un tanto ingenua.
Yo creo lo contrario, que lo ingenuo es pensar que podemos sobrevivir solos. Los oligarcas tecnológicos de Silicon Valley creen que pueden esconderse en un búnker subterráneo, pero no podrán sobrevivir sin los demás. Después del terremoto de San Francisco de 1906, el gobierno no actuó con mucha eficacia, pero las comunidades se unieron para proporcionar vivienda, comida y comedores sociales. Lo mismo ocurrió tras el 11-S. Al investigar para este libro, descubrí a un gran historiador del siglo XIV, Ibn Jaldún, quien dijo que lo que hace que una civilización sobreviva y no muera es la confianza social, o lo que él llamó ‘asabiya’. ¿Cómo lo hacemos? En Oxford tenemos una organización en la que invitamos a desconocidos a sentarse a comer, pero en lugar de darles menús de comida, les damos menús de conversación con preguntas sobre la vida. ¿Te imaginas si cada cafetería de España tuviera un pequeño menú en la mesa y pudieras sentarte con un desconocido y hablar sobre la vida?

Roman Krznaric, el la Biblioteca Jaume Fuster / Sandra Román / EPC
La pandemia se presentó como una oportunidad de cambio, "Saldremos mejores", nos decíamos. Pero no fue así.
Fue un momento de oportunidad y, en cierto modo, creó nuevas formas de solidaridad, pero también fue una oportunidad perdida, porque la solución para la mayoría de los gobiernos fue el neoliberalismo, ir de compras. Parte del problema fue la falta de modelos económicos alternativos a los que pudiéramos recurrir.
Es difícil creer que nuestra época pueda ser ejemplo de algo en el futuro.
No siempre juzgamos bien nuestro propio momento. En el siglo XVIII, el economista Adam Smith se encontraba en pleno proceso de la Revolución Industrial, y ni siquiera sabía que se estaba produciendo. No podía preverla. No quiero ser demasiado optimista, pero es posible que en el año 2100, al mirar atrás, veamos, por ejemplo, el surgimiento de una política diferente. Por ejemplo, el movimiento de las Asambleas Ciudadanas, que se reunieron por toda Europa para tratar temas como el cambio climático, las amenazas de la inteligencia artificial, el envejecimiento de la población y la crisis de la vivienda. Ahora parece insignificante, pero podría ser el comienzo de una forma de reinventar la democracia.
La idea de progreso que heredamos del siglo XVIII se ha centrado básicamente en el progreso material y la convicción de que nuestras economías deberían estar siempre en crecimiento. Pero no se puede inflar un globo constantemente"
En el libro habla de Al-Ándalus, de la inmigración china en Estados Unidos o de las revueltas de esclavos en Jamaica en el siglo XIX. ¿Hay algún caso histórico que le haya sorprendido especialmente?
Me impactó mucho descubrir que en el siglo XVIII, en la ciudad de Edo, la actual Tokio, tenían lo que hoy llamaríamos una economía circular. No desperdiciaban nada. Reutilizaban, reciclaban y reparaban todo porque tenían escasez. Podríamos hacer algo similar hoy, solo que con regulaciones sensatas. Mientras investigaba para el libro también fui a Valencia a visitar el Tribunal de las Aguas, que se reúne todos los jueves a las 12 del mediodía frente a la Catedral. Son pequeños agricultores elegidos localmente que gestionan el agua de la zona agrícola de Valencia, pero llevan cientos de años reuniéndose en el mismo lugar. Es la institución democrática más antigua de Europa, un modelo de cómo debería ser la democracia hoy en día. En los años 90 yo era profesor universitario de ciencias políticas, impartía clases sobre democracia, y nunca nadie me había hablado nunca del Tribunal de las Aguas.
La glorificación del pasado tiene otra cara, que es la nostalgia, caldo de cultivo de extremismos y autoritarismos.
El pasado también es peligroso, pero la historia no es lo único que se manipula. Debemos ser cuidadosos con todo el conocimiento. Me gusta la idea de crear un nuevo tipo de museo donde encuentres exposiciones e información sobre cómo aprender del pasado, de lo que salió bien y pero también de lo que salió mal. Colonialismo, fascismo, manipulación de la historia... Necesitamos saber todas estas cosas. Necesitamos saber que Trump es un experto en historia, de una manera peculiar, porque es un experto en la manipulación de la nostalgia. La idea de 'Make America Great Again' es una visión mitológica de la América blanca de un pequeño pueblo de los años 50.

Roman Krznaric, filósofo y escritor, en la Biblioteca Jaume Fuster / Sandra Román
Entonces, ¿hace falta una gran crisis para cambiar?
Es posible que la historia cambie lentamente para bien, pero nos encontramos en un momento en el que necesitamos una transformación rápida debido a tres grandes amenazas: la crisis ecológica, los riesgos de la inteligencia artificial y el colapso de la democracia. Si no actuamos con rapidez, perderemos la estabilidad social fundamental y la salud de nuestra civilización. ¿Cómo generamos el cambio en un momento como este? Necesitamos una crisis, modelos de cambio y movimientos disruptivos, gente en las calles para amplificar la sensación de crisis. La historia nos dice que si quieres un cambio transformador rápido, necesitas movilizarte. Yo no soy una persona disruptiva por naturaleza, me gusta sentarme en bibliotecas a leer, pero gracias a lo que he descubierto en las bibliotecas sobre el poder de los movimientos disruptivos, me he encontrado bloqueando la calle frente al Parlamento de Londres con mi hija adolescente, porque el gobierno está actuando con demasiada lentitud ante la crisis ecológica. No se me ocurre una mejor manera de ser un buen antepasado.
¿Buen antepasado?
Vivimos en una era de hipercortoplacismo. Hemos colonizado el futuro, lo hemos tratado como una especie de posición avanzada donde nadie vive. Y hemos depositado ahí todas las consecuencias de la crisis económica y los riesgos tecnológicos. Sin embargo, mucha gente vive en el futuro. Miles de millones. Así que cada mañana, después de cepillarnos los dientes, podemos mirarnos al espejo y preguntarnos: "¿Qué puedo hacer hoy para ser un buen antepasado?" Esa es la gran pregunta existencial del siglo XXI.
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