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Opinión | Quemar después de leer

Laura Fernández

Laura Fernández

Escritora y periodista. Su novela 'La señora Potter no es exactamente Santa Claus' (Random House) se alzó con el Ojo Crítico de Narrativa, Mejor Libro de Ficción de 2021 por los libreros y el Premio Finestres 2021.Su último ensayo es 'Hay un monstruo en el lago. El mundo como lugar fantástico'. Crítica literaria y amante de la literatura 'beatnik'

Una librería y un salón de baile en la ciudad de Magritte, que nunca pisó D. H. Lawrence pero donde puedes encontrarte a Lydia Davis

Existió una vez una cafetería en Bruselas que luego fue salón de baile y que acabó convirtiéndose en una librería que funciona como una máquina del tiempo para la ciudad en la que nació y creció el pintor René Magritte. Hoy, en ella, su museo aún puede sorprender a cualquiera que crea conocer su obra, y su vida, marcada por el suicidio de su madre —que se ahogó en el río Sambre— cuando él tenía solo 14 años

La manzana de Magritte

La manzana de Magritte / Laura Monsoriu

En el número 11 de la Galerie des Princes, en Bruselas, hay una librería que antes fue un salón de baile para señoritas. Y después un club de jazz llamado, como el clásico, Blue Note. Pero antes, mucho antes, fue, simplemente, el Prince's Cafe. Abrió sus puertas en 1881, el año en el que se publicaron 'El retrato de una dama' de Henry James, y 'Bouvard y Pécuchet' de Gustave Flaubert. Bouvard y Pécuchet, por cierto, es una novela divertida. Los protagonistas son dos oficinistas ya no tan jóvenes —dos almas gemelas— que, de repente, empiezan a preguntarse por las cosas. ¿Por qué son las cosas como son? ¿Y si fuesen de otra manera? Ambos aborrecen la vida moderna. No entienden absolutamente nada. Es quizá, aún, la farsa filosófica más brillante que existe.

Pero volvamos a Bruselas. El Prince's Cafe fue una 'brasserie' enorme, titánica —en más de un sentido: el interior es tan elegante que recuerda al famoso barco hundido—, que abrió sus puertas, decíamos, en 1881, coincidiendo con —recuerda un cartel hoy en su puerta— el auge de las cervezas checas y alemanas. Es un gigantesco objeto de otra época visitable. El techo está repleto de leones. Y por todas partes hay lámparas —suntuosas, elegantísimas—, metal ¡y espejos! El mismo cartel dice que todo eso era típico de la época. La época es, claro, el siglo XIX. Hoy, en su interior, no quedan mesas de billar, pero sí ejemplares de 'Bouvard y Pécuchet'. La librería Tropismes podría ser una máquina del tiempo que, por cierto, se fundó un año también muy literario: 1984.

Es decir, que René Magritte, el pintor, el artista, el más famoso intelectual de la ciudad, pudo en algún momento visitar ese mismo lugar cuando aún era el Prince's Cafe. Probablemente lo hiciera. Al respecto, el museo dedicado a su figura es íntimo —a la manera en que es íntimo el Museo Munch— y altamente sorprendente. Puede que no reconozcan el 80% de la producción del surrealista que hay en sus salas, y también es probable que no sepan una de las primeras cosas que te cuenta sobre él: que su madre se suicidó cuando él tenía 14 años. Y tampoco la segunda: que a los dos años del suicidio, con 16, ya había conocido a Georgette, la que sería su mujer. Puede que les resulte más familiar el hecho de que pasara el verano de 1929 con Salvador Dalí en Cadaqués.

Una manzana gigante

Esa es otra de las cosas que te cuenta el Museo Magritte, que, por cierto, tiene en su techo una manzana gigante. La manzana es de color verde. Diría que es el exacto verde manzana Magritte. Como es enorme, puede verse desde lejos. La cosa es que, de hecho, parece como si alguien la hubiese dejado caer desde el cielo. Contemplarla es como contemplar un cuadro del propio Magritte aquí fuera. De entre todos los cuadros que se pueden ver en el museo de la manzana en el tejado, la variación de 'El Imperio de la Luz' es, sin duda, el cuadro más imponente. 'El Imperio de las Luces', tal vez lo sepan, no es un solo cuadro. Son un conjunto de 27 variaciones pintadas a lo largo de casi dos décadas —entre 1949 y 1964— que exploran la coexistencia del día y la noche.

Magritte tenía 27 años cuando pintó su cuadro homenaje al cine, 'Cinéma Blue'. No hay duda, después de la visita al museo, de que Magritte dirigió parte del camino de David Lynch. Echen un vistazo a 'La fée ignorante/ Portrait d'Anne-Marie Crowet' si no me creen. Pero volvamos a 'Cinéma Blue'. Magritte lo pintó en 1925. Ese mismo año, D. H. Lawrence, el escritor inglés que jamás pisó Bruselas pero vivió en México y el sur de Francia, y hasta en Australia, publicó 'La mujer que se fue a caballo', una 'nouvelle' que acaba de recuperar Gallo Nero. La protagonista es una mujer de 30 años, infeliz y casada con un tipo que la aburre, que se monta en un caballo y desaparece. La manera en que desaparece también es, en cierto sentido, lynchiana. Perturbadora. Como su viaje.

En La Pharmacie Anglaise, el bar nocturno que hay saliendo del Museo Magritte, al cruzar la calle, alguien está leyendo un ejemplar de 'The Weeds', de Lydia Davis. La Pharmacie Anglaise parece el gabinete de curiosidades de un taxidermista loco. El libro de Lydia Davis es parte de una serie que publica la Universidad de Yale. Pequeños ensayos de escritores que responden a la pregunta de 'Why I Write' (Por qué escribo). Davis dice que en su caso siempre tiene que ver con algo "que viene de fuera y se cuela dentro". Que nunca va en su busca. Que simplemente algo se cruza en su camino y "quiero formularlo de la exacta forma en que creo que debería existir". Magritte hablaría del misterio. "La mente ama lo desconocido", diría, como ya dijo una vez, ¿y no estaría en lo cierto?

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