Entrevista
Lluís Llach: "Los cantantes catalanes íbamos al Estado español como si fuéramos profetas"
El cantautor será homenajeado el martes y miércoles en el Palau de la Música con el concierto ‘Llach – Gener 76’, en el festival Barnasants, que conmemorará los 50 años de los recitales históricos en el Palau d’Esports, inmortalizados en su día en un álbum en directo y que fueron un punto de referencia en el camino de la Transición
Los conciertos, que cuentan con un grupo de músicos en el que figuran Manel Camp y Santi Arisa, que formaban parte del grupo de Llach en 1976, así como las voces de Gemma Humet y Joan Reig, se grabarán para una futura emisión en TV3 y darán pie a una gira de la que hay por ahora cerradas siete actuaciones, en Viladecans, Cocentaina, Calella, Vic, Manresa, Reus y Terrassa

El cantautor Lluís Llach, el pasado viernes 23 de enero en Barcelona. / Ferran Nadeu

¿Qué le viene a la cabeza al pensar en aquellas tres noches en el Palau d’Esports, el 15, 16 y 17 de enero de 1976?
Hombre, que era un momento de locura entusiasmada y de esperanza. No habíamos comenzado la Transición y había el peligro de un golpe de Estado, pero también fuerzas políticas que hacían de cuña. Mucha gente soñó que otra España era posible. Los catalanes, concretamente, con el movimiento que había aquí, que era de vanguardia. Los cantantes catalanes íbamos al Estado español como si fuéramos profetas. En 1968 o 1969 me invitaron a actuar en Málaga. Fui un poco asustado y me encontré a un teatro entero cantando ‘L’estaca’, que entonces acababa de sacar.
Había un público que no sentía rechazo a la lengua catalana.
Ana Belén siempre me decía “¿cómo es que tú cantas 15 días en Madrid, y Víctor y yo, juntos, no podemos?”. Luego, el progresismo español, que existe, no se impregnó de todo lo que implicó la marcha atrás de la Transición, sobre todo en la izquierda, el PSOE. La autodeterminación de los pueblos de España. Muchos imaginábamos que España fuese una confederación de países. Veíamos que Europa se estaba haciendo y que el Estado español podía ser un ejemplo de convivencia de culturas.
Usted ya vivía en Barcelona, pero todavía no estaba en la plaza Reial.
Estaba en el Pas de l’Ensenyança. Ocaña era amigo mío y luego fui a vivir a su piso. La existencia de Ocaña como símbolo de liberación ya explica lo que era entonces Barcelona. En París, la represión del 68 la convirtió en una ciudad muy apagada. Muy culta, pero de cultura oficial, mientras que en Barcelona había toda una cultura subterránea. Solo había que ir a la Rambla para verlo. El mayo del 68, Barcelona lo mejoró mil veces.

El cantautor Lluís Llach, el pasado viernes 23 de enero en Barcelona. / Ferran Nadeu
¿Se atrevería a definir qué es un cantautor?
Los hay de muchos tipos. El equilibrio perfecto es aquel en el que, a través de un ejercicio vocal, la música ayuda a la racionalidad de la letra, y la dicción ayuda a la irracionalidad de la música. Hay gente que lo ha hecho muy bien: Jacques Brel, cuya dicción es musical, cuando pronuncia “ne me quitte pas”, y Ray Charles. Hay cantantes que notas que están sacrificando algo para decir la letra.
Hoy vemos algunos jóvenes que parecen idealizar el franquismo sin haberlo vivido. A su vez, desde ciertos sectores del independentismo se da a veces a entender que España apenas ha cambiado desde entonces, o incluso que ha ido a peor. ¿Qué dice usted?
Si hablamos seriamente, lo que vemos ahora son las consecuencias de la perversión de la democracia. Esta es una democracia de los 60 que ya no sirve para nada. Tendría que haberse reciclado, ser más participativa. Luego, hay un sector que falló en bloque, la socialdemocracia. Tenemos a Felipe González, ejemplo de socialdemócrata traidor, grosero... Ellos renunciaron a intentar civilizar el capitalismo y se convirtieron en sus gestores. Encima, con el desbocamiento del capitalismo, se han roto las normas de control.
Cuando saltó a la política, con el ‘procés’, es posible que una parte de sus seguidores, no independentistas, se sintieran decepcionados. Luego, su discurso muy crítico, en particular, con ERC, también puede haber generado desconcierto a una parte del público independentista. ¿Nunca ha padecido por verse cancelado por gente a la que ha irritado por razones no artísticas?
No, porque, mira, yo no he vivido para hacer música, y cuando dejé la música me quedé muy tranquilo y sigo haciendo lo que pienso que debo hacer. Sé que hago enfadar a la gente, pero quien me quería ya sabía cómo soy. No quiero ser una pieza de museo del país. Y yo critico a la gente que quiero. Esto quisiera dejarlo muy claro. Yo he sido votante durante muchos años de ERC, y entré en Junts pel Sí por ERC. Tengo muchos amigos allí. Pero, a partir de cierto momento, siento la obligación de criticarlos.
Se retiró de la música en 2007 y se entendieron sus razones para dejar atrás el trajín de los escenarios. Pero lo hemos visto creativo, publicando cuatro novelas. Literatura, sí, y canciones, no. ¿Por qué?
Supongo que son mis raíces ácratas. Yo subo a trenes. Un día, Lluís Danés quiso que hiciera un guion y descubrí, cuando llevaba quince páginas, que aquello me hacía feliz. Con la música, no es que ya no me guste, sencillamente ya no me dedico a ella. Desde que estoy en la ANC, ni una línea. He pasado a otro tren. Tuve una crisis de voz cuando tenía 45 o 50 años. Quizá tuve la menopausia sin saberlo. Y en los casi 60, cuando me retiré, di un recital de tres horas, y al día siguiente otro, y al escuchar la grabación no tuve que repetir nada, ni una frase. Ninguna desafinada. Era casi una cuestión de orgullo retirarme así.
¿Ya ha decidido si el martes y miércoles subirá a cantar al escenario del Palau?
Me parece que sí lo haré. Tengo gente a la que quiero mucho, como Borja (Penalba), que no puedo decir que sea como un hermano, pero sí como un sobrino. Y Manel (Camp) no digamos, y Santi (Arisa)... Sí, saldré a cantar algún número y, si no me veo con la voz, pues haré un recitado (ríe).
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