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Crónica

Abramović y la épica nostálgica del deseo

‘Balkan Erotic Epic’ sacude el Liceu con una puesta en escena de rituales arcaicos, erotismo y memoria balcánica

'Balkan Erotic Epic' de Marina Abramović en el Liceu de Barcelona. | © Marco Anelli

'Balkan Erotic Epic' de Marina Abramović en el Liceu de Barcelona. | © Marco Anelli / EPC_EXTERNAS

Manuel Pérez i Muñoz

Manuel Pérez i Muñoz

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Un correo previo de alerta puritana advierte al público ante “escenas sexuales explícitas”. Algo sobreactuado también es el precinto obligatorio de los teléfonos en una funda, lo que asegura una “inmersión completa” en el ritual, además de largas colas a la entrada. Y es que nadie controla los tempos de la reacción artística como Marina Abramović que, a punto de cumplir ochenta años, se autoconsidera la “abuela de la performance”. Después de su estreno en Manchester en versión extendida, 'Balkan Erotic Epic' sacudió anoche el Liceu con la pompa de las grandes ocasiones. Más de una treintena de artistas, aura de obra de arte total entre teatro, danza, videoarte y música en directo. Reclamos todos para la que Abramović considera su creación más ambiciosa hasta la fecha que, dada su trayectoria, ya es decir.

Con el inicio del espectáculo comparece el trasunto de la madre de la artista presidiendo una especie de funeral del dictador yugoslavo Tito. El plano familiar más íntimo y el político se abrazan para plantar los pilares de una liturgia de liberación que apunta a un pasado mitificado. Se proyectan los rostros de decenas de mujeres ataviadas hasta la cabeza de negro balcánico –entre ellas Abramović– que se golpean el pecho en un llanto ceremonial. A partir de ese momento, las escenas se superponen resucitando rituales arcaicos relacionados con el sexo. La relectura de las tradiciones folklóricas sublima el erotismo hasta el límite y se opone con su atavismo al estereotipado porno de nuestros días. Bailarinas muestran sus vaginas al cielo para ahuyentar la lluvia; más tarde se magrean los pechos sobre tumbas para fertilizar la tierra. En la escena final, la performer y directora se deja ver para un baile redentor. Veinticinco años de investigación se transfiguran en algo tan sencillo e inofensivo como un canto de reconciliación dionisíaco, cuerpos en su naturaleza ancestral y pagana.

El humor se cuela en forma de sortilegios para la virilidad y pócimas de amor que explica una científica a modo de entremeses. El episodio central sucede en una kafana, la taberna tradicional donde la libertad absoluta del arte intenta reescribir el pasado. Abramović hace danzar a su madre y la proyecta casi objetualizada hacia una explosión sexual que nunca disfrutó. Bailan juntos también enemigos históricos, albaneses y serbios, revulsivo para recomponer un país que ya no existe pero al que la artista querría volver como a una arcadia.

Crecen también penes de cinco metros en pleno bosque y una orgía con esqueletos se desarrolla lentamente en un cementerio emergido. No es novedosa la corriente neofolklórica en la escena contemporánea, pero la iconografía telúrica de sexo-muerte en su conjunto es jugosa, aunque no tan provocadora como se quiere vender. En su salto a la escena híbrida, la artista de Belgrado destila esencias discursivas y tempos estirados de discípulos apócrifos suyos como Jan Fabre y Angélica Liddell, corrientes que se retroalimentan.

Después de tres horas de escenas dilatadas al extremo, 'Balkan Erotic Epic' deja una resaca entre el trance y el aturdimiento, como si saliéramos de un after en el que aún resuena la música de Marko Nikodijević, mezcla de electrónica y cantos ceremoniales medievales. Como sacerdotisa suprema, Marina Abramović desborda con una épica que tira más del mito que de la innovación formal.

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