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Doblete en Montjuïc

Fito y Fitipaldis, valores seguros y calor familiar en el Palau Sant Jordi

El grupo de Fito Cabrales defendió las canciones de su nuevo álbum, ‘El monte de los aullidos’, y recreó sus hitos con generosidad y pulcritud en la primera de sus dos noches en el local olímpico

Concierto de Fito y Fitipaldis en el Palau Sant Jordi.

Concierto de Fito y Fitipaldis en el Palau Sant Jordi. / JORDI COTRINA / EPC

Jordi Bianciotto

Jordi Bianciotto

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Poeta urbano con corazón, cancionista antiheroico con ecos de nobleza rockera, Fito Cabrales ya lleva más de veinte años llenando escenarios como el Sant Jordi (su primera vez fue en 2005), y es noticia que el tirón siga y siga, ahora que todo se mueve, anotándose nuevas noches de comunión. Para muchos, familias enteras, él viene a ser el ‘Tío Fito’, el pariente entrañable, humilde y vivido, que filosofa, se confiesa y suelta guitarrazos como los de antes. El mismo nombre del grupo parece venir de otro tiempo: ¿quién se acuerda hoy de Emerson Fitipaldi y de que hubo un tiempo en que su apellido se aplicaba a quien apretaba el acelerador más de la cuenta?

Pero los materiales de Fito y Fitipaldis son sólidos y resistentes, una invocación del rock’n’roll desde un prisma melódico y maduro, con trazos de épica como el saxo de Javier Alzola, que cabalgó sobre el primer tema, ‘A contraluz’, haciendo pensar en la E Street Band. Es el tema más trotón del nuevo álbum, ‘El monte de los aullidos’, que estuvo bien representado, con seis cortes (destacaron el titular y ‘Volverá el espanto’, inspirado este en las guerras actuales), que junto con tres extraídas del anterior (‘Otra vez cadáver’, 2022), pusieron al día la foto del grupo sin abonarse en el pasado. Material con menos historias de amoríos (fallidos) y más cavilación existencial adulta, pero conservando las constantes sonoras: ese traqueteo heredero de J. J. Cale, la guitarra limpia de Carlos Raya.

Saludos de Bilbao

Fito y Fitipaldis presentan un sonido y un directo muy definido desde tiempo inmemorial. Sabe combinar el medio tiempo con cierto desmelene rocanrolero (‘Whisky barato’, con violín bluegrass y acordeón, el toque fronterizo de ‘Como un ataúd’) y fomenta la camaradería en el ambiente: ese momento en que el Sant Jordi recibió, en las pantallas, el saludo efusivo del público del concierto anterior, en Bilbao, replicado por el que se lanzó a la audiencia del día siguiente, en el mismo Sant Jordi. Implicación ‘in crescendo’ en pista y gradas cuando Fito punteó la introducción de ‘Acabo de llegar’, clásico del álbum ‘Por la boca muere el pez’ (2006), que derivó en una rueda de solos y presentaciones a ritmo ‘funky’ tirando a innecesaria.

La mayoría de los éxitos, en el tramo final: ‘La casa por el tejado’, elevada por el cántico general, la crónica del desengaño plantificada en ‘Soldadito marinero’, con su “invierno malo”, su “mala primavera” y el apetito vital pese a los reveses, y el rescate de ‘Entre dos mares’, de Platero y Tú. Estribillos que seguían resonando, cantados por el público, incluso cuando la banda ya había dejado el escenario. Ese es un don que no tiene cualquiera.

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