Crónica de concierto
Rusowsky, un alquimista extraordinario para celebrar el pop divergente en el Sant Jordi Club

Concierto de Rusowsky en el Sant Jordi Club / Manu Mitru / EPC

Reencarnado en una especie de Elvis caído en Fuenlabrada, desubicado y en una escala temporal imprecisa, Rusowsky (Ruslán Mediavilla, 1999), criado en la periférica localidad madrileña, apareció en el Sant Jordi Club: crocs negros, pelucón caoba, gafas enormes y traje blanco con ‘Daisy’, el enorme disco que ha alzado a este extraordinario alquimista en capo del pop -llamémoslo- divergente, grabado en el dorso. Seis coristas y seis músicos, con idéntico look, le acompañaron en el primero de sus dos conciertos (todo vendido) en Barcelona dentro del B•Series, ciclo que se iniciaba ayer a lo grandísimo, y que cerrará Leïti el próximo 17 de abril en Razzmatazz.
Rusowsky enamoró (de eso va el pop aunque sea divergente) y sacó a bailar a ‘Daisy’ de mil maneras, saliéndose del guion que marca el propio disco, transformado las canciones en piezas mutantes y componiendo en directo ese collage gigantesco que es ya su obra. Empezó por la galopante ‘Jhonny Glamour’, con raíz de gasolinera a partir de Las Ketchup, que sí, estuvieron presentes para reivindicar con Rusowsky (músico meticuloso, cantante con voz de alambre y genial productor en el que conviven la flauta travesera, las castañuelas, el piano, las cuerdas o ecos de los dosmil pero también del presente más rabioso) su ‘Aserejé’.

Concierto de Rusowsky en el Sant Jordi Club / Manu Mitru / EPC
Expresó su amor por esa niña de ‘Altagama’ tan solo punteando su guitarra y preguntó después, él que hasta entonces se había paseado como un equilibrista con vértigo por el escenario: “¿Vamos a mover el culo o qué?”. Y entonces mostró su corazón palpitante en ‘Sophia’ con cuerdas bachateras, desgarrado al piano con ‘(ecco)’ e invitó a la verbena con -oh, qué fantasía- ‘pink+pink’.
La recargada cultura meme vive en él, claro, y amenizó pausas a través de las pantallas, como esos vídeos de gatitos jugando que rugieron (como el público) cuando salió su colega Ralphie Choo, miembro como él del brillante colectivo Rusia-IDK (estuvo también Tristán!), con quien lució complicidad en ‘Bby romero’, ‘Gata’ y, más tarde, ‘Dolores’. Encaró el tramo final al piano otra vez, ritmo pausado para ‘mwah :3’, que luego se agitó para encadenar un final con el público levitando al calor de ‘malibU’; luego tan solo quedaba quemar rueda para que el humo denso de ‘Valentino’ no dejara mirar atrás y difuminara todo lo que había pasado antes. Y así mantener a salvo de piratas al pop divergente y a ese extraordinario alquimista de la música llamado Rusowsky.
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