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Crítica de 'Tristan und Isolde'

Lise Davidsen enamora en el Liceu con una Isolde histórica

La voz de rayo láser de la soprano noruega se impuso en un montaje que permite concentrarse en una partitura muy bien servida por Susanna Mälkki

La soprano noruega Lise Davidsen en 'Tristan und Isolde' en el Liceu.

La soprano noruega Lise Davidsen en 'Tristan und Isolde' en el Liceu. / Liceu / Sergi Pinazo

Pablo Meléndez-Haddad

Pablo Meléndez-Haddad

Barcelona
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Estrenar un ‘Tristan und Isolde’ en un escenario wagneriano por antonomasia como es el Liceu de Barcelona es para cualquier director de escena, director musical e intérprete, más que un reto, todo un desafío. La obra maestra de Richard Wagner no admite medias tintas. En esta ocasión lo asumían tres mujeres, la soprano noruega Lise Davidsen en su esperado debut del rol de Isolde, la ‘regista’ barcelonesa Bárbara Lluch y la maestra finlandesa Susanna Mälkki. El trío consiguió sus objetivos, cada una en su justa medida.

Lise Davidsen (Isolda) y Clay Hilley (Tristán), en el Liceu.

Lise Davidsen (Isolda) y Clay Hilley (Tristán), en el Liceu. / Liceu / Sergi Pinazo

Susanna Mälkki conocía la obra y había dirigido el segundo acto en concierto y llevó con brío a la Simfònica del Gran Teatre imponiendo sobre todo limpieza, con un buen pulso dramático centrada en las necesidades de los cantantes y sin abusar de claroscuros para acentuar la potencia teatral, salvo en un fantástico tercer acto, lúgubre y oscuro.

Bárbara Lluch apostó por una vuelta a la esencia, con un montaje minimalista, pero nada austero, con una escenografía útil sobre la base de plataformas y paneles móviles, todo muy práctico y con los solistas cantando en la boca del escenario. Su elegante montaje, en todo caso, estuvo lejos de ser aséptico: se aventuró con los fantasmas de Isolde –padre, madre y Morold y su cabeza incluidos–, estrellitas en el dúo (como su abuela en ‘Turandot’), un Tristan casi suicida y que revive recuerdos trágicos en el tercer acto y hasta confeti en el final. Afortunadamente, todo muy bien ‘pintado’ por las luces y atmósferas de Urs Schönebaum. Muy teatral y conseguido el fantasioso vestuario de Clara Peluffo y espléndidas las caracterizaciones.

Una escena de 'Tristan und Isolde' en el Liceu.

Una escena de 'Tristan und Isolde' en el Liceu. / Liceu / Sergi Panizo

Lise Davidsen se aproximó a este papel fundamental desde un talento desorbitante, confirmando que es de las sopranos wagnerianas del momento (y de las próximas décadas), a lo que une la fortaleza de la juventud, una proyección increíble y una técnica completamente consolidada. Su Isolda, con un fraseo de ensueño y una sorprendente madurez, impacta en su viaje emocional ya desde la entrada, dando vida en su voz de rayo láser a los motivos musicales que van desde la ira al Tristan herido o a la exaltación, hasta culminar con una ‘Muerte de amor’ que dejó al público con el corazón encogido. A ello añadió una actuación siempre convincente. Que la cantante haya querido debutar el papel en el Liceu ha sido un regalo y ha vuelto a poner al Gran Teatre en el centro de la actualidad lírica mundial.

Le acompañó como Tristan el tenor estadounidense Clay Hilley, que ya ha cantado el papel en Berlín y en Bayreuth; fue un buen compañero, con una voz penetrante y eficaz, con un tercer acto arrebatador. Sus movimientos, si no fueron los más ágiles, sí se adaptaron a la propuesta. El Marke de Brindley Sherratt, por su parte, aportó nobleza y un timbre bellísimo, aunque algún agudo mejorable en afinación, lo mismo que el sonoro Kurwenal de Tomasz Konieczny, que comenzó algo nervioso, mientras la Brangäne de Ekaterina Gubanova ofrecía un contrapunto ideal, por timbre, colores y ‘vibrato’, a la pareja protagonista; su intervención en el dúo desde un palco resultó muy efectista.

Muy correctos en sus papeles tanto el Melot de Roger Padullés, así como Albert Casals y Milan Perišic en sus intervenciones, redondeando un estreno que dejó satisfecho a gran parte de los liceístas gracias, sobre todo, a una Lise Davidsen simplemente maravillosa.

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